Heráclito 36

Atravesar el espejo, ir y venir del mundo de la conciencia al otro, experimento que las letras consienten y la realidad prohíbe (¡ay!). Es el experimento de la niña de este relato.

Caperucita Amarilla

Eduardo Dermardirossian


Nació en una muy modesta casita de paredes de adobe con techo de paja y fue su primera cuna un canasto, de los llamados Moisés, que antes de ella otros niños habían ocupado. Su padre, leñador, hachaba los troncos durante el día entero para procurar el sustento de su familia. Su madre, adorable como lo son siempre ellas, realizaba las tareas hogareñas, atendía el huerto que había al lado de la casa y se ocupaba de ordeñar las pocas cabras que tenían consigo. Esforzados y laboriosos, sin tregua en los quehaceres diarios, sí, pero felices de amarse y de tener por hija a Caperucita, los padres y la niña se reunían cada noche frente al fuego que ardía en el hogar y contaban historias. Aquí relataré una de ellas. Que no le ocurrió a esta Caperucita, sino a otra. Porque ha de saberse que son varias las niñas que así se llaman por usar capucha. La historia que relataré le ocurrió a otra niña que, al igual que ésta, usaba capucha amarilla “Me contarás mi historia, papá”, se apresuró la niña. Y el padre: “Has de saber ,hijita, que en la vida hay un gran espejo. Que como todos los espejos refleja lo que ocurre frente a él. Y bien, ignoro yo de qué lado del espejo ocurrió lo que ahora voy a relatarte, pero es preciso que si después de oírlo tú llegaras a saberlo, guardes silencio a su respecto y ese será tu secreto que no revelarás a nadie”. Y a ti, lector, niño o adulto, te hago parecida advertencia: cuanto relate de ahora en más será para ti y a nadie lo contarás. Ni siquiera a mí mismo, porque al fin de la historia yo la habré olvidado.

Es asunto serio el del espejo. Y misterioso también. Frente a él ocurren los aconteceres y en él se reproducen fielmente, tal que no sabes en verdad cuál territorio es el de la realidad y cuál está duplicado. No hay modo de averiguarlo. Es más: los pensamientos, los sentimientos, las emociones y tantas otras cosas por el estilo, no se sabe de qué lado ocurren. Ignoro si importa saber ésto pero es verdad que Caperucita Amarilla sentía una enorme curiosidad. Tanta, que con sus abundantes inquisiciones sobre el asunto le impedía al padre continuar con el relato. “Mira hija, ese es un misterio que no podrás esclarecer en las conversaciones, porque siendo uno de los grandes secretos de la vida es inconveniente que si algo descubres anoticies de ello a tu interlocutor, aún cuando ahora lo somos tus padres. Dios así lo ha querido. De modo que sola develarás ese misterio si es que esa gracia te ha sido concedida”. Pero la pequeña no podía dejar de preguntarse acerca del asunto y cuanto más hurgaba en su entendimiento tanto más le inquietaba el misterio. “¿Cuál seré yo en el relato que oiré de mi padre? ¿La Caperucita de cuál lado del espejo será la relatada? Una de ellas seré yo, la real, y la otra solamente un reflejo y no podré discernir una de otra porque ambas somos iguales, las dos usamos capucha amarilla y mi propio padre ignora la verdad”. No salía la niña de sus cavilaciones cuando su padre inició el relato.

Caperucita Amarilla gustaba llevar a pastar sus cabras. Y mientras comían ella contaba el número de aves que atravesaban el cielo en dirección al norte. Eran tantas, pero tantas aves que la pequeña solía perder su cuentra al cabo del día y regresaba a casa sin poder informar a su mamá al respecto. Sabía la mamá a qué era debida esa dificultad: Caperucita aún no sabía contar más allá de un número dado, diez, o quizás cien. Pero qué podía reprochársele a la niña que apenas excedía los dos años y medio de edad... Ya aprendería ella a contar sin límites. Y cuando transcurrió un año más aprendió a contar hasta mil, que era más que las aves que volaban diariamente de sur a norte. Entonces sí, cada día decía el número de pájaros que habían surcado el cielo en esa dirección.

Todo esto –ya lo sabemos- era relatado por su padre a Caperucita, que escuchaba este cuento con particular atención. Porque de acuerdo a lo que le había sido advertido, dudaba la niña si la que contaba las aves del cielo era la Caperucita real o la del espejo que en medio de la vida duplica todo lo que acontece. Aguardaba una señal, un dato, un fallo en el relato para establecer la verdad. “Porque –se decía- ha de saberse quién es quién en cada momento. ¿Cómo puedo dudar si yo soy la que ahora escucha lo narrado o si soy, siendo lo narrado, la del espejo o la espejada? ¡Qué lío! ¿Porqué a mi padre se le habrá ocurrido relatarme este cuento precisamente? ¿Porqué así, papá?”

Y un día -continuó el padre- ocurrió que el prado donde la niña pastaba sus cabras estaba enteramente cubierto de niebla, tal que si extendías la mano apenas podías divisar tus dedos. “Deténte, deténte ahí papá y por un momento no sigas con el relato. Deténte porque siendo que la niebla lo cubría todo, el espejo que está en medio de la vida no podrá reflejar a la verdadera Caperucita del cuento. Ahora mismo viajaré hasta el cuento y podré saber la verdad. Pero tú, papito, no sigas relatando la historia porque si avanzas en ella luego no sabré cómo regresar contigo. Detén la historia hasta que vuelva. Adiós... Y desapareció la niña.

En medio de la pradera, rodeada de blanca y apretada niebla, se encontró Caperucita con su capucha amarilla rodeada de unas pocas cabras. Miró aquí y allá. Tanteó en la blancura del aire y no vió a nadie. “A quien buscas –se dijo a sí- eres tú misma, Caperucita Amarilla, la del cuento, la del espejo y también la que escucha el relato”. Y encontróse con que el sol aún débil de la mañana despejaba la niebla y progresivamente se hacían visibles las cabras y los árboles, el prado y las montañas. Miró con sus ojos y también con todo su entendimiento y con su corazón y creyó que todo cuanto veía era el reflejo de un gran espejo. Eso vió Caperucita. Que un gran espejo le mostraba cuanto era su derredor. Recordando lo dicho por su padre miró y miró, buscó y buscó dentro del espejo en procura de hallar su imagen. Y no la encontró. Presa ya de cierto desencanto caminó la pequeña con sus brazos extendidos hacia delante en procura de tocar el espejo. Y cuando hubo andado un breve trecho vió a su mamá y a su papá y a sus cosas que había dejado y se sentó junto a ellos. Papá continuó el relato a partir del punto mismo en que se había detenido, mas lo que le fue dicho a la niña ya no recuerdo, lector. Si tú quieres, cuando la hallemos en otro cuento, le preguntaremos a Caperucita el final.

¿Cómo puedo dudar si soy yo la que escucha lo narrado o si soy, siendo lo narrado, la del espejo o la espejada? Sólo una niña o el sabio Platón pueden inquirir de este modo acerca del ahora y del yo. Porque quienes no siendo sabios estamos distantes de las dudas, quienes en busca de certezas para suplir nuestra ignorancia hemos edificado códigos y diccionarios, tenemos por virtud lo que no es tal. Fue la conciencia de su ignorancia lo que arrojó a la niña en busca de la verdad. Y a su regreso fue buena, más aún de lo que había sido hasta entonces, que en eso hay virtud y no en la presuntuosa postura del que cree que sabe. Mas es preciso decir que, aún cuando virtuosa, en su viaje osado no halló la niña la verdad, no pudo tocar el espejo. No sabía Caperucita que antes que ella ya Sócrates sabía que no sabía.

En premio a su osadía un mendrugo, sólo un mendrugo le había sido dado en el banquete de la verdad: a quien buscas eres tú misma, Caperucita Amarilla, la del cuento, la del espejo y también la que escucha el relato.

H 57 – 20.06.2001


De Dios y del Diablo

A semejanza de Dios

S. Melchior-Bonnet, La historia del Espejo, Herder, Barcelona 1996, págs. 119/120.

A pesar de sus irregularidades e imperfecciones, el espejo fue considerado por nuestros antepasados un instrumento prodigioso, gracias al cual el hombre podía no sólo descubrir su imagen y conocerse mejor, sino también acceder, más allá de lo visible, a una perspectiva de lo invisible. En el sistema conceptual de la Edad media, fuertemente influido por el platonismo, la visión ocupa un lugar privilegiado como forma de conocimiento –a través de la visión se entra en contacto con la belleza-, y el espejo asumió una excepcional carga simbólica debido a su poder para aumentar la agudeza ocular e irradiar la luz, fuente de toda belleza.

Sin embargo, este objeto prodigioso era también un objeto inquietante. Puesto que el espejo no respeta exactamente a su modelo –en él, una mano derecha se convierte en una mano izquierda-, el reflejo empieza a cuestionar las nociones de imagen y parecido: el espejo imita y refleja un original, del que ofrece una proximidad exacta e imperfecta. ¿Y dónde se sitúa la imagen? El objeto reflejado está al mismo tiempo allí y en otra parte, y se percibe en una posición y en una profundidad inquietantes, a una distancia incierta: nos vemos en un espejo o, más bien, la imagen parece asomar tras la pantalla material, de manera que quien se contempla en él puede preguntarse si lo que ve es la propia superficie o si ve a través de ella. El reflejo provoca la sensación de un trasmundo inmaterial más allá del espejo, e invita a la mirada a trascender las apariencias. Finalmente, como un prisma, el espejo puede desorganizar el campo de visión, puesto que oculta tanto como muestra.

Estas preguntas, o este asombro que provoca, sugieren que el espejo proporciona un tipo de conocimiento enigmático, diferido. Antes de situar el mundo en perspectiva y sustentar el cogito reflexivo, la especularidad incita a la mirada a realizar un recorrido directo que actúa por medio de reflejos y analogías, y que parece dar testimonio, en el seno de lo visible, de un invisible que se sitúa “en otra parte”. Forma sin materia, sutil e impalpable, el reflejo manifiesta entonces la pureza diáfana, epifánica, del modelo divino, del que emana cualquier parecido.

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Las muecas del Diablo

S. Melchior-Bonnet, ibidem, págs. 201/202.

“Considerando que se han encontrado ciertos objetos entre sus pertenencias que se sospecha que poseía para hacer maleficios y que ella ha reconocido como de su propiedad: dos cordones humbilicales de recién nacidos, sábanas manchadas de sangre menstrual, granos de incienso, un espejo y un pequeño cuchillo envueltos en una sábana de lino, recetas escritas...” (1).

Así comienza, a principios del año 1321, el juicio a Beatrice de Planissoles, encarcelada por herejía y adulterio y acusada de brujería. La posesión de un espejo, instrumento del diablo, es uno de los cargos que se presentan contra ella; la joven comparece ante el obispo de Pamiers y es condenada a prisión de por vida.

A partir del momento en que aparece el espejo, surge un mundo de fantasmas, temores y deseos. Para el predicador, el espejo forma parte del conjunto de enseres de las brujas, que encierran en ellos a los demonios; pero también es un objeto peligroso para todos los cristianos porque atrae “las miradas dementes”. Cuando no refleja en su superficie sin mancha el modelo divino, es el lugar de la mentira y la seducción, que el cauto Satán utiliza para engañar a los hombres. Simulacro y concupiscencia: el espejo alimenta las ilusiones del espíritu y la codicia de la carne, y está vinculado a numerosas imágenes alegóricas del pecado.

Cuando los avances de la ciencia óptica consiguen explicar los efectos deformadores o mágicos del espejo, las proyecciones arcaicas del diablo en el espejo son sustituidas por la realidad psíquica y el reflejo libera entonces otros temores. El bávaro Hartlieb, autor del Libro de las artes prohibidas (1456), ya menciona su poder embrujador, mediador del deseo: “He visto maestros que pretenden preparar espejos de modo tal que cualquiera, hombre o mujer, pueda ver en ellos lo que desee” (2). Tras simbolizar el espanto producido por los poderes sobrenaturales, refleja la imagen de los demonios interiores y de una alteridad amenazadora que trastorna la identidad.

(1) Citado por J. Duvernoy, Le Registre d’inquisition de Jacques Fournier, Mouton, 1978, pág. 283.
(2) Citado por J. Baltrusaïtis, Le Miroir, Elmayan-Seuil, 1978, pág. 194.
H 57 – 20.06.2001


El país de las maravillas

Atravesar el espejo

S. Melchior-Bonnet, ibidem, págs. 275/277.

La relación con el espejo puede revelarse vacía y mortal, aunque, en un principio, seduce porque extrae su destello de ese reverso del paraíso platónico que es el mundo de la simetría y las correspondencias. La simetría misteriosa nos impulsa a creer que existe, detrás, una contrapartida invisible y mejorada de nuestra realidad cotidiana; el sueño de atravesar el espejo responde a esta necesidad de renacer en el otro lado; hace resplandecer la esperanza fascinante de reconciliar interior y exterior, y de vivir definitivamente del lado de lo fantástico, de lo imaginario, en un universo desembarazado de la pesadez de lo real y de las presiones de la culpabilidad. Otra lógica, liberada de la rivalidad mimética, regenta esa vertiente trasera, la lógica del sueño y los deseos. Pero la travesía es también una transgresión, una aventura prohibida en la que creen el niño y el poeta, un recorrido que ya no está acotado por los límites de la realidad (1).

Es así como la pequeña Alicia de Lewis Carroll inaugura este tránsito al país de las maravillas. Como el niño Retif de la Bretonne, que descubre a través del espejo roto una brecha en la compacidad del mundo de los adultos, Alicia se mueve en la libertad de su sueño y plantea, desde la primera frase, el poder ilimitado de la imaginación y las palabras: “Let’s pretend”. Supongamos, dice Alicia al pequeño gato, “que hay un camino para atravesar el espejo y pasar a la casa del otro lado” (2). Y el juego comienza, el juego de los “como si”, mediante el cual, Alicia, encaramada a la chimenea, inventa un universo más allá de las apariencias, más hermoso que el universo cotidiano pero que, no obstante, se le parece: “Sus libros son, más o menos, como los nuestros, sólo que las palabras están al revés”.

Sin embargo, aunque Alicia se alegra de abandonarlo todo, ese salto a lo desconocido tiene su lado peligroso. Es preciso que Alicia aprenda otro lenguaje y que descubra otros comportamientos. Como cuando aterriza en el centro de una partida de ajedrez que se juega según unas reglas que no conoce; extraña partida: el espacio bidimensional, que se ha convertido en el suyo, obedece a una geometría inversa; el jardín que pretende alcanzar retrocede a medida que Alicia se aproxima, y sólo los rodeos y las regresiones permiten avanzar. Alicia se pierde en este dédalo. Vive en forma de discontinuidad, de inestabilidad, y, cuando sus dos interlocutores –Tweedledum y Tweedledee- la interpelan, Alicia descubre que ella misma sólo existe en tanto reflejo de espejo, como proyección del otro: “Él sueña contigo, y si dejara de soñar contigo, ¿dónde crees que estarías? -¡Donde estoy, naturalmente!- En absoluto, no estarías en ninguna parte, pues tú eres únicamente una especie de idea de su sueño” (3). En ese otro lado del espejo, la identidad es una de las cosas más inconsistentes, y la extravagancia casi se convierte en delirio.

El espejo es esa no man’s land entre la vida concreta de todos los días y la parte del sueño. El poeta la franquea cuando quiere y, puesto que no está loco, une sin cesar mediante la magia de las palabras los dos lados del espejo. Cocteau, que inventa unos guantes capaces de “licuar” los espejos, sugiere que son “las puertas a través de las cuales la muerte va y viene”, no la muerte de la aniquilación, sino la promesa del más allá, de una noche luminosa en el otro lado de la realidad, la cual permite acceder al universo poético. La libertad del ángel Heurtebise, disfrazado de cristalero (4), proviene de que pasa sin dificultad de un lado a otro. Pero quien se instala a vivir en el otro lado se arriesga a la locura (5). Renuncia a esa distancia separadora de la mirada que discierne el interior del exterior, y ya no consigue establecer relaciones sino en el seno de su universo fantasmagórico. Señor de los símbolos, el espejo es también el espacio laberíntico que se niega a la comunicación y amenaza al autista.

(1) Ver Caperucita Amarilla, de E. Dermardirossian, en esta misma entrega (N del E).
(2) Lewis Carroll, De l’Autre Coté du miroir, Pléiade, 1990, pág. 262.
(3) Ibidem, pág. 296.
(4) J. Cocteau, Orphée, escena 7.
(5) El poeta belga G. Rodenbach nos describe una experiencia patética: “el amigo de los espejos” se inclina incansablemente “sobre su misterioso fluído”, pero ocurre que un día, los espejos renuncian a la reciprocidad y se vuelven ávidos y voraces. Las imágenes de los espejos, que se comunican como unas calles y forman un laberinto por el que pasan una y otra vez mujeres seductoras, invitan al poeta a entrar: “Se debe de estar bien dentro del espejo”. El soñador se abalanza en el mundo irreal de sus alucinaciones; al alba, es encontrado al pie del espejo, ensangrentado y delirando (Rodenbach, Le Rouet des brumes, Flammarion, s.d., págs. 32/38).

H 57 – 20.06.2001


Espejos 1, 2, 3

Uno

Puedes tomar un espejo y hacerlo girar hacia todos lados: pronto crearás el sol y los astros del cielo, tú y los demás animales, y los muebles y las plantas, y todos los objetos que acabo de mencionar. Sí, unos objetos aparentes, sin ninguna realidad.

(J.-P. Vernant, Image et transparence dans la theorie platonicienne de la mimesis, “Journal de psychologie”, N° 2, 1975).

Dos

En aquel tiempo, el mundo de los espejos y el mundo de los hombres no estaban, como ahora, incomunicados. Eran, además, muy diversos; no coincidían ni los seres ni los colores ni las formas. Ambos reinos, el especular y el humano, vivían en paz; se entraba y se salía por los espejos.

(Jorge Luis Borges y Margarita Guerrero, Animales de los espejos, en Manual de Zoología Fantástica, Fondo de Cultura Económica, México, 1957).

Tres

Verás, los acontecimientos recientes me han confundido tanto... que la mayor parte de mis sentimientos funcionan al revés, como regla general. Así, cada vez que recuerdo haber recibido esa foto tuya, me siento agradecido: ¡y una vez que la haya conseguido, bueno, entonces me abandonaré a la esperanza.

(Lewis Carroll, en carta a Alexandra Kitchin, 15 de febrero de 1880).

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A través del espejo y lo que Alicia encontró allí

Lewis Carroll, Los libros de Alicia, Ediciones De la Flor, Buenos Aires, 1998, págs. 160/161. Traducción de Eduardo Stillman (Fragmento).

El Rey tenía puesto un gran gorro de dormir rojo, con una borla, y yacía acurrucado, hecho una especie de montón informe, roncando estrepitosamente... “Como si estuviera por despedir la cabeza en un ronquido”, según observó Tweedledum.

- Temo que se va a pescar un resfrío, echado sobre la hierba húmeda –dijo Alicia, que era una niñita muy previsora.

- Ahora está soñando –dijo Twedledee-. ¿Y con qué crees que sueña?

- Eso nadie puede saberlo –dijo Alicia.

- ¡Claro que sí! ¡Sueña contigo! –exclamó Tweedledee, palmoteando triunfalmente-. Y si dejara de soñar contigo, ¿dónde supones que estarías?

- Donde estoy ahora, por supuesto –dijo Alicia.

- ¡No! –replicó desdeñosamente Tweedledee-. No estarías en ningún lado. ¡Sólo eres algo en su sueño!

- Si este Rey que está aquí llehara a despertarse –añadió Tweedledum-, te esfumarías... ¡bang!... ¡como la llama de una vela!

- ¡No me esfumaría! –exclamó Alicia indignada-. Además, si yo sólo soy algo en su sueño, ¿qué son ustedes, me gustaría saber?

- Ídem –dijo Twedledum.

- ¡Ídem, ídem! –gritó Tweedledee.

Tan fuerte gritó que Alicia no pudo evitar decir:

- ¡Chist! Lo despertarán si hacen tanto ruido.

- No tiene pies ni cabeza que tú hables de despertarlo –dijo Tweedledum- cuando no eres más que una de tantas cosas en su sueño. Sabes muy bien que no eres real.

H 57 – 20.06.2001


Eduardo Stilman

Nota al anterior fragmento de L. Carroll. Ibidem, págs. 560/561.

“No ser un hombre, ser la proyección del sueño de otro hombre ¡qué humillación incomparable, qué vértigo!” Las ruinas circulares de Jorge Luis Borges es la consecuencia literaria más hermosa del sueño del Rey Rojo, y por consiguiente de las opiniones del obispo George Berkeley, cuyo Esse is percipi (ser es ser percibido, la misma existencia de todo objeto de los sentidos depende de su percepción por dichos sentidos) alimenta la angustia de Alicia, porque el Rey Rojo –de cuya atención o desatención ella depende- es un simulacro que remeda al Dios de Berkeley. Vale la pena anotar que la definitiva edición de A. C. Fraser de las Obras de Berkeley, tras la cual la doctrina del obispo anglicano se volvió materia regular en las universidades inglesas, es de 1871, el mismo año en que Lewis Carroll terminó A Través del Espejo.

Borges atribuye a Hume la observación de que los argumentos de Berkeley no admiten la menor réplica y no producen la menor convicción. Pero inquietan a Alicia. Lewis Carroll añade una posibilidad asombrosa: el Rey Rojo es a su vez parte del sueño de Alicia: ¿qué sería de él si ella despertara? ¿Se atreverá Alicia a arrancarlo de su sueño, para ver qué pasa?

La idea de que la vigilia es parte de un sueño, o puro sueño, es previa a Berkeley. La conversaron Teetetes y Sócrates, y la declaró Calderón de la Barca; según Shakespeare “estamos hechos de la materia de nuestros sueños”. En la obra de Lewis Carroll sueño y vigilia se entrecruzan constantemente: los Libros de Alicia son sueños que contienen sueños, Sylvia y Bruno un enredo de sueños que el autor llama trances. En el último capítulo de las Aventuras de Alicia en el País de las Maravillas, Alicia despierta y desaparece de escena para ir a tomar el té; en el acto comienza a soñar su mermana mayor, que sueña el sueño de Alicia. La última línea del poema final de A Través del Espejo pregunta: “¿Qué es la vida, si no un sueño?”, anticipando la primera línea del primer verso de Sylvia y Bruno.

¿Es nuestra vida, entonces, sólo un sueño,
tenuemente percibido en un dorado destello
a través de la corriente oscura del tiempo?

Y todavía: “He estado soñando con Sylvia, y ésto es la realidad, ¡o he estado realmente con Sylvia y esto es un sueño! ¿Es la Vida misma un sueño, me pregunto?”

Es una cuestión que acuciaba a Dodgson (apellido del autor de Alicia... N. de la R.) desde su juventud. El 9 de febrero de 1856 ya había anotado en su Diario: “Interrogante: cuando estamos soñando y, como tan frecuentemente ocurre, tenemos oscura conciencia del hecho y tratamos de despertar ¿no decimos y hacemos cosas que en la vida de la vigilia serían insanas? ¿No podemos entonces a veces definir la insania como una incapacidad de distinguir cuál es la vida de la vigilia y cuál la del sueño? A menudo soñamos sin la menor sospecha de irrealidad. ‘El sueño tiene su propio mundo’, frecuentemente tan irreal como el otro.

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Heráclito 35

Testamento ético de

Albert Einstein

Textos recogidos de Sobre la teoría de la relatividad y otras aportaciones científicas, Mis ideas y opiniones, Sarpe, Madrid 1985. Traducción de José M. Álvarez Flores y Ana Goldar.

El mundo tal como yo lo veo *


¡Qué extraña suerte la de nosotros los mortales! Estamos aquí por un breve período; no sabemos con qué propósito, aunque a veces creemos percibirlo. Pero no hace falta reflexionar mucho para saber, en contacto con la realidad cotidiana, que uno existe para otras personas: en primer lugar para aquellos de cuyas sonrisas y de cuyo bienestar depende totalmente nuestra propia felicidad, y luego, para los muchos, para nuestros desconocidos, a cuyos destinos estamos ligados por lazos de afinidad. Me recuerdo a mí mismo cien veces al día que mi vida interior y mi vida exterior se apoyan en los trabajos de otros hombres, vivos y muertos, y que debo esforzarme para dar en la misma medida en que he recibido y aún sigo recibiendo. Me atrae profundamente la vida frugal y suelo tener la agobiante certeza de que acaparo una cuantía indebida del trabajo de mis semejantes. Las diferencias de clase me parecen injustificadas y, en último término, basadas en la fuerza. Creo también que es bueno para todos, física y mentalmente, llevar una vida sencilla y modesta.

No creo en absoluto en la libertad humana en el sentido filosófico. Todos actuamos no sólo bajo presión externa, sino también en función de la necesidad interna. La frase de Schopenhauer: “Un hombre puede hacer lo que quiera, pero no puede querer lo que quiera”, ha sido para mí, desde mi juventud, una auténtica inspiración. Ha sido un constante consuelo en las penalidades de la vida, de la mía y de las de los demás, y un manantial inagotable de tolerancia. El comprender esto mitiga, por suerte, este sentido de la responsabilidad que fácilmente puede llegar a ser paralizante, y nos impide tomarnos a nosotros y tomar a los demás exclusivamente en serio; conduce a un enfoque de la vida que, en concreto, da al humor el puesto que se merece.

Siempre me ha parecido absurdo, desde un punto de vista objetivo, buscar el significado o el objeto de nuestra propia existencia o de la de todas las criaturas. Y, sin embargo, todos tenemos ciertos ideales que determinan la dirección de nuestros esfuerzos y nuestros juicios. En tal sentido, nunca he perseguido la comodidad y la felicidad como fines en sí mismos..., llamo a este planteamiento ético el ideal de la pocilga. Los ideales que han iluminado mi camino y me han proporcionado una y otra vez nuevo valor para afrontar la vida alegremente, han sido: Belleza, Bondad y Verdad. Sin un sentimiento de comunidad con hombres de mentalidad similar, sin ocuparme del mundo objetivo, sin el eterno inalcanzable de las tareas del arte y de la ciencia, la vida me habría parecido vacía. Los objetivos triviales de los esfuerzos humanos (posesiones, éxito público, lujo) me han parecido despreciables.

Mi profundo sentido de la justicia social y de la responsabilidad social han contrastado siempre, curiosamente, con mi notoria falta de necesidad de un contacto directo con otros seres humanos y otras comunidades humanas. Soy en verdad un “viajero solitario” y jamás he pertenecido a mi casa, a mi país, a mis amigos, ni siquiera a mi familia inmediata con todo mi corazón. Frente a todos estos lazos, jamás he perdido el sentido de la distancia y una cierta necesidad de estar solo... sentimientos que crecen con los años. Uno toma clara conciencia, aunque sin lamentarlo, de los límites del entendimiento y la armonía con otras personas. No hay duda de que con esto uno pierde parte de su inocencia y de su tranquilidad; por otra parte, gana una gran independencia respecto de las opiniones, los hábitos y los juicios de sus semejantes y evita la tentación de apoyar su equilibrio interno en tan inseguros cimientos.

Mi ideal político es la democracia. Que se respete a cada hombre como individuo y que no se convierta a ninguno de ellos en ídolo. Es una ironía del destino que yo mismo haya sido objeto de excesiva admiración y reverencia por parte de mis semejantes, sin culpa ni mérito míos. La causa de esto quizá sea el deseo, inalcanzable para muchos, de comprender las pocas ideas a las que he llegado con mis débiles fuerzas gracias a una lucha incesante. Tengo plena conciencia de que para que una sociedad pueda lograr sus objetivos es necesario que haya alguien que piense y dirija y asuma, en términos generales, la responsabilidad. Pero el dirigente no debe imponerse mediante la fuerza, sino que los hombres deben poder elegir a su dirigente. Soy de la opinión de que un sistema autocrático de coerción degenera muy pronto. La fuerza atrae siempre a hombres de escasa moralidad, y considero regla invariable el que a los tiranos de talento suceden siempre pícaros y truhanes. Por esta razón, me he opuesto siempre apasionadamente a sistemas como los hay hoy en Italia y en Rusia. Las causas del descrédito de la forma de democracia que existe hoy en Europa no deben atribuirse al principio democrático en cuanto tal, sino a la falta de estabilidad de los gobiernos y al carácter impersonal del sistema electoral.

Creo, a este respecto, que los Estados Unidos han encontrado el camino justo. Tienen un presidente a quien se elige por un período lo bastante largo y con poder suficiente para ejercer adecuadamente su cargo. Por otra parte, lo que yo valoro en el sistema político alemán es que ampara mucho más ampliamente al individuo en caso de necesidad o enfermedad. Lo que es realmente valioso en el espectáculo de la vida humana no es, en mi opinión, el estado político, sino el individuo sensible y creador, la personalidad; sólo eso crea lo noble y lo sublime, mientras que el rebaño en cuanto tal, se mantiene torpe en el pensamiento y torpe en el sentimiento.

Este tema me lleva al peor producto de la vida de rebaño, al sistema militar, el cual detesto. Que un hombre pueda disfrutar desfilando a los compases de una banda es suficiente para que me resulte despreciable. Le habrán dado su gran cerebro sólo por error; le habría bastado con médula espinal desprotegida. Esta plaga de la civilización debería abolirse lo más rápidamente posible. Ese culto al héroe, esa violencia insensata y todo ese repugnante absurdo que se conoce con el nombre de patriotismo. ¡Con qué pasión los odio! ¡Qué vil y despreciable me parece la guerra! Preferiría que me descuartizasen antes de tomar parte en una actividad tan abominable. Tengo tan alta opinión del género humano que creo que este espantajo habría desaparecido hace mucho si los intereses políticos y comerciales, que actúan a través de los centros de enseñanza y de prensa, no corrompiesen sistemáticamente el sentido común de las gentes.

La experiencia más hermosa qure tenemos a nuestro alcance es el misterio. Es la emoción fundamental que está en la cuna del verdadero arte y de la verdadera ciencia. El que no la conozca y no pueda ya admirarse, y no pueda ya asombrarse ni maravillarse**, está como muerto y tiene los ojos nublados. Fue la experiencia del misterio (aunque mezclada con el miedo) la que engendró la religión. La certeza de que existe algo que podemos alcanzar, nuestra percepción de la razón más profunda y la belleza más deslumbradora, a las que nuestras mentes sólo pueden acceder en sus formas más toscas..., son esta certeza y esta emoción las que constituyen la auténtica religiosidad. En este sentido, y sólo en éste, es en el que soy un hombre profundamente religioso. No puedo imaginar a un dios que recompense y castigue a sus criaturas, o que tenga una voluntad parecida a la que experimentamos dentro de nosotros mismos. Ni puedo ni querría imaginar que el individuo sobreviva a su muerte física; dejemos que las almas débiles, por miedo o por absurdo egoísmo, se complazcan en estas ideas. Yo me doy por satisfecho con el misterio de la eternidad de la vida y con la conciencia de un vislumbre de la estructura maravillosa del mundo real, junto con el esfuerzo decidido por abarcar una parte, aunque sea muy pequeña, de la Razón que se manifiesta en la naturaleza.

(*) Ibidem, págs. 195/197. Publicado por primera vez en 1934 en Forum and Century, vol. 84, págs. 193/194.
(**) En un discurso pronunciado en la Sociedad de Física de Berlín, dijo Einstein: “El hombre intenta crear para sí mismo, del modo que más le convenga, una imagen del mundo simplificada e inteligible; después, hasta cierto punto, intenta que su cosmos reemplace al mundo de la experiencia, porque cree que así se hará dueño de éste”.

H 53 – 01.06.2001


El Estado y la conciencia individual *

Carta abierta de Albert Einstein a la Society for Social Responsability in Science, vol. 112, 22 de diciembre de 1950, pág 760.

Queridos colegas:

El problema de cómo ha de actuar el hombre si su gobierno prescribe acciones o la sociedad espera un comportamiento que su propia conciencia considera erróneo es, sin duda alguna, muy antiguo. Es fácil decir que no puede considerarse responsable el individuo por actos ejecutados bajo una presión irresistible, porque el individuo depende plenamente de la sociedad en la que vive y ha de aceptar, en consecuencia, sus normas. Pero la misma formulación de esta idea deja bien patente hasta qué punto tal concepción contradice nuestro sentido de la justicia.

La presión externa puede, en cierta medida, reducir la responsabilidad del individuo, pero eliminarla, nunca. En los juicios de Nuremberg se dio por supuesto este principio. Todo lo moralmente importante de nuestras instituciones, leyes y costumbres puede deducirse de la interpretación del sentido de la justicia de innumerables individuos. Las instituciones son importantes, en un sentido moral, a menos que las apoye el sentido de la responsabilidad de individuos vivos. Todo esfuerzo por elevar y fortalecer este sentido de la responsabilidad del individuo es un importante servicio a la humanidad **.

En nuestra época, los científicos y los ingenieros tienen una responsabilidad moral muy especial, porque la creación y perfeccionamiento de instrumentos militares de destrucción generalizada cae dentro de su campo concreto de actividad. Considero, por tanto, que la creación de la Society for Social Responsability in Science satisface una verdadera necesidad. Esta asociación, mediante la discusión de los problemas de su competencia, permitirá al individuo aclarar mejor sus ideas y llegar a una postura definida en cuanto a su propia situación; además, la ayuda mutua es esencial para quienes afrontan dificultades por obrar según su conciencia.

(*) Ibidem, pág. 213.
(**) Las normas exculpatorias de diferente clase que con frecuencia se han sancionado en diferentes países del mundo, tal como aconteció en Argentina respecto de los crímenes cometidos durante el proceso militar de los años 1976 a 1982, no encuentran justificación a la luz de estos conceptos de Einstein (N. de la R.).

H 53 – 01.06.2001


Einstein

Mensaje que dirigió a los colegiales de Japón durante su visita en 1922.*

Al enviaros este saludo a vosotros, colegiales japoneses, puedo alegar un derecho especial a hacerlo. He visitado vuestro hermoso país, he visto sus ciudades y casas, sus montañas y bosques, y a los muchachos japoneses que han aprendido a amar a su país por su belleza. Tengo siempre en mi mesa un libro grande llenos de dibujos en color de niños japoneses.

Si recibís mi mensaje desde tan lejos, recordad que la nuestra es la primera época de la historia que establece una relación comprensiva y amistosa entre pueblos de distintas nacionalidades *; en épocas anteriores, las naciones se ignoraban entre sí, y de hecho se temían y odiaban. Ojalá el espíritu de comprensión fraternal sea cada vez más fuerte entre ellas. Teniendo esto en cuenta, yo, un viejo, os saludo a vosotros, colegiales japoneses, desde muy lejos, y espero que los triunfos y méritos de vuestra generación puedan algún día avergonzar a la mía.

(*) Publicado en 1934 en Mein Weltbild, Amsterdam. No es sobreabundante decir que una década después de esta publicación, cuando la Segunda Gran Guerra llegaba inexorablemente a su fin, Estados Unidos arrojó sendas bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki (N del E).
H 53 – 01.06.2001


Albert Einstein y la libertad

De Freedom, ist meaning, recopilado por Ruth Nanda Anshen, Nueva York: Harcourt, Brace, and Company, 1940.*

Sé que es empresa inútil discutIr sobre juicios de valor fundamentales. Si alguien aprueba, por ejemplo, como objetivo, la erradicación del género humano de la Tierra, nadie puede refutar tal punto de vista sobre bases racionales. Pero si hay acuerdo sobre ciertos objetivos y valores, uno puede discutir racionalmente sobre los medios por los que pueden alcanzarse estos objetivos. Indiquemos, pues, dos objetivos sobre los que quizá estén de acuerdo casi todos los que lean estas líneas.

1.- Los bienes instrumentales destinados a sustentar la vida y la salud de todos los seres humanos deberían producirse con el mínimo trabajo posible.

2.- La satisfacción de las necesidades físicas es, sin duda, la condición previa indispensable para una existencia satisfactoria, pero no es suficiente por sí sola. Para que los hombres estén satisfechos deben tener también la posibilidad de desarrollar su capacidad intelectual y artística de acuerdo con sus características y posibilidades personales.

El primero de estos dos objetivos exige la difusión de todos los conocimientos relacionados con las leyes de la naturaleza y de los procesos sociales, es decir, el estímulo de todas las investigaciones científicas. Pues la tarea científica es un conjunto natural, cuyas partes se apoyan mutuamente de forma que nadie puede, en realidad, prever. Sin embargo, el progreso de la ciencia exige que sea posible la difusión sin restricciones de opiniones y resultados: libertad de expresión y de enseñanza en todos los campos de la actividad intelectual. Por libertad entiendo condiciones sociales de tal género que el individuo que exponga opiniones y afirmaciones sobre cuestiones científicas e intelectuales, de carácter general y particular, no corra por ello peligros o riesgos graves. Esta libertad de comunicación es indispensable para el desarrollo y crecimiento de los conocimientos científicos, una consideración de gran importancia práctica. En primer lugar, debe garantizarla la ley. Pero las leyes solas no pueden asegurar la libertad de expresión; para que un hombre pueda exponer sus puntos de vista sin sufrir castigo, debe haber espíritu de tolerancia en toda la sociedad. Un ideal de libertad externa como éste jamás se logrará de modo pleno, pero debe perseguirse con denuedo si queremos que avance lo más posible el pensamiento científico, y el pensamiento filosófico y creador en general.

Para alcanzar el segundo objetivo, es decir, que sea posible el desarrollo espiritual de todos los individuos, hace falta un segundo género de libertad exterior. El individuo no ha de tener que trabajar tanto para cubrir sus necesidades vitales que no le queden fuerzas ni tiempo para actividades personales. Sin este segundo tipo de libertad externa, de nada le servirá la libertad de expresión. El progreso tecnológico haría posible este tipo de libertad si se lograse una división nacional del trabajo.

La evolución de la ciencia y de las actividades creadoras del espíritu en general exige otro tipo de libertad que puede calificarse de libertad interna. Es esa libertad de espíritu que consiste en pensar con independencia de las limitaciones de los prejuicios autoritarios y sociales así como frente a la rutina antifilosófica y al hábito embrutecedor en general. Esta libertad interna es un raro don de la naturaleza y un objetivo digno para el individuo. Sin embargo, la comunidad puede hacer también mucha labor de estímulo en este sentido, como mínimo no poniendo trabas. Las escuelas y los sistemas de enseñanza pueden obstaculizar el desarrollo de la libertad interna con influencias autoritarias o imponiendo a los jóvenes cargas espirituales excesivas; las instituciones de enseñanza pueden, por otra parte, favorecer la libertad fomentando el pensamiento independiente. Sólo si se persiguen constante y conscientemente la libertad interna y la libertad externa existe posiblidad de progreso espiritual y de conocimiento y con ello de mejorar la vida externa e interna del hombre.
(*) Ibidem, págs. 217/219.
H 53 – 01.06.2001

Heráclito 34

Breve anotación sobre historia política argentina

Eduardo Dermardirossian

Alguna vez calificada como atípica, Argentina es una nación que desde el primer día del siglo XIX vivió de cara a aquellos países de Europa de quienes no era tributaria todavía. Desde entonces abrigó la esperanza de correr a la zaga de potencias como Gran Bretaña, que alguna vez intentó plantar sus reales en estas tierras del Plata. Un tanto indiferente a la suerte de sus hermanas del Sur, despegada de los proyectos bolivarianos y sin sentir el peso de sus pobladores indígenas, unos diezmados por las campañas militares de las pampas fértiles, otros relegados en las regiones del norte, quiso Argentina buscar su destino en alianzas mercantiles con la vieja Europa, de espaldas a su realidad sudamericana.

Argentina promisoria

Culminaba el siglo XIX y comenzaba el XX y el país se mostraba al mundo como tierra de promisión. Aquí era el sitio adonde los hombres que debían o querían abandonar sus países de origen encontrarían paz y trabajo y también un horizonte hacia el cual mirar con esperanzas ciertas. Italianos y españoles, polacos y judíos, árabes y armenios, eslavos y otros de tantas naciones vinieron a poblar estas tierras, radicándose unos en las grandes urbes y otros en las zonas rurales. Y hay que decir que aquellos inmigrantes no vieron frustradas sus esperanzas. La movilidad social que permitían las condiciones económicas imperantes impulsaron hacia arriba a aquellos inmigrantes que desembarcaban en estas tierras sin otros medios que su fuerza de trabajo. He ahí el origen de la clase media que pronto penetraría a la sociedad de entonces, sirviendo de morigerador de diferencias y de resistencia a las ideas socialistas que llegaban en los equipajes de esos mismos inmigrantes.

País agroganadero por excelencia, activo exportador de sus productos primarios e importador de bienes manufacturados y de cultura europeos, vivió tiempos de bonanza económica merced a los favores de unos precios relativos que favorecían a su producción vernácula.

Argentina crítica

Durante y después de la Primera Gran Guerra, Argentina sigue acogiendo a inmigrantes de las distintas regiones del globo, particularmente de los países europeos beligerantes, para arroparlos en un medio social benévolo, una legislación de extranjería favorecedora y un orden económico que favorecía los emprendimientos a que eran afectos aquellos desarraigados.

Pero las condiciones habían de cambiar. Unas repentinamente, como la política e institucional a partir de 1930; otras gradualmente, como los precios relativos de los bienes de capital y los productos manufacturados que llegaban desde el exterior. El país, advertido de que este último proceso no tendría retorno, al menos en el corto plazo, acomete un tímido proceso de industrialización alentando primero a las manufacturas para, más tarde, incursionar en industrias de mediana complejidad. Sin embargo, el desajuste de precios en detrimento de los productos agroganaderos había de ir más aprisa que la industrialización, y es así como la balanza comercial del país acusa unos déficit cada vez más gravosos.

En este punto, las diferencias entre los estudiosos de la historia económica argentina son señaladas. Desde aquí la historia del país se entronca con los aconteceres más recientes y aún con el presente. Por eso, depongo mi propósito de ser objetivo para mirar desde ahora los asuntos argentinos desde mi personal óptica y desde el sitio de quien se ve involucrado en el proceso social, político y económico. Y por eso, también cultural.

Argentina a secas

Promediaba el siglo pasado cuando el país ve inclinarse su balanza de pagos de manera francamente desfavorable y su proceso de industrialización todavía insuficiente obliga a cerrar la economía nacional para defenderla del embate de los productos extranjeros. La política social más o menos distributiva que había practicado el populismo de los primeros tiempos, debe ajustar sus variables y lo hace en detrimento de los sectores menos favorecidos. Una asonada militar logra derrocar a las autoridades legalmente instituidas y Argentina comienza, desde entonces, un proceso de redistribución de sus riquezas y del producido del trabajo humano, en beneficio de unos sectores cada vez menos numerosos y más ricos y en el correspondiente empobrecimiento de los más. Las clases medias resistirán todavía dos décadas, para finalmente rendirse a la evidencia de que en lo sucesivo revistarán entre los sectores pauperizados. Todavía hoy existen restos de ese sector socioeconómico que se debate en la lucha por no caer definitivamente.

Las experiencias democráticas de los 60 y 70 fueron efímeras y carecieron del apoyo de los sectores dominantes. 1976 inauguró un tiempo argentino caracterizado por la creciente concentración de la riqueza en pocas manos, por la pauperización extendiéndose como epidemia incontrolable, y por la consiguiente y feroz represión con que los sucesivos gobiernos militares posibilitaron el desguace institucional de la nación otrora organizada.

Argentina democrática

Ciertamente, la derrota militar en la guerra por las Islas Malvinas precipitó el repliegue de las fuerzas armadas de la gestión de los negocios públicos. En 1982 los generales argentinos aprontan sus pertrechos para recluirse en los cuarteles; pero, a decir verdad, ese repliegue ya estaba previsto antes del acto beligerante, porque los amos del poder real –vernáculo y foráneo- ya contaban con medios más que bastantes para controlar sus negocios y los del Estado sin necesidad de la soldadesca. En efecto, los tiempos habían de mostrar que estos detentadores del poder económico podían contar con legitimación republicana y democrática sin desmedro de sus intereses. Es más: mediante el empleo de los medios de comunicación y propaganda llamarían a los ciudadanos a votar por los partidos y por los candidatos que mejor convenían a sus negocios.

Y es así como la tarea predatoria del patrimonio público, otrora realizada en la penumbra y desde la ilegalidad, ahora va a realizarse con legitimidad democrática y favorecida ora por un Congreso Nacional complaciente, ora por un Poder Ejecutivo que sin mirar maneras se consagrará a legislar lisa y llanamente en beneficio de los menos. Es significativo el hecho de que en lo sucesivo los mandamases que disponían golpes militares, ahora recurrirán a los golpes económicos, también llamados golpes de mercado, para señalar por qué rumbos han de transitar las políticas de Estado. El retiro anticipado del gobierno de Raúl Alfonsín fue, precisamente, el resultado de un golpe de estas características.

Argentina ahora*

Regresando a los grandes cauces y omitiendo consideraciones de orden particular, se trata, ahora, de mirar a Argentina desde aquí, desde el sitio mismo que ocupamos los argentinos. Y decir, entonces, que estas conductas políticas condujeron al país a la extranjerización de su economía, a la reconcentración de los recursos y de los medios en poquísimas manos, a un desgobierno económico tal que ya no rigen normas que resguarden el interés argentino, a la legitimación de la ganancia espuria y expoliativa, a la evasión tributaria en los más grandes negocios, a la monstruosa deuda externa de cuatro mil dólares per cápita, moderna herramienta de coloniaje que ahora reemplaza a los otrora poderosos ejércitos de ocupación. Y por eso mismo esas políticas produjeron la contrapartida de esos desaguisados: pauperización, desempleo creciente, subempleo y subsalario, desatención de la salud pública y de la educación, abandono de las provincias a su suerte.

En este punto, es preciso señalar una diferencia que distingue a los países centrales de los que pueblan sus periferias. Una diferencia entre las muchas que pueden señalarse: mientras aquellos resguardan y protegen sus actividades productivas, defienden sus recursos, estimulan la cultura y la educación de sus nacionales, ofrecen bienestar cuanto les es posible de fronteras hacia adentro, los otros, los arrabales del mundo, desde antaño proveedores de materias primas, sumidos en el oprobio de una pobreza que no tiene justificación en las condiciones actuales del desarrollo, son obligados a abrir sus mercados, a desprotegerlos liquidando su patrimonio, a endeudarse en beneficio exclusivo del acreedor. Son obligados, también, a extranjerizar su esperanza; y entonces migrar hacia regiones más promisorias. Y ahí, precisamente, comienza el otro gran drama del hombre de nuestro tiempo.

* Este artículo fue escrito a principios de 2001 y el matutino La Nación lo publicó el 2 de mayo de ese año.
H 54 – 08.06.2001


El espejo y la imaginación

Según Sabine Melchior-Bonnet, Historia del espejo, Ed. Herder, Barcelona 1996, págs. 209 a 211. Versión castellana de Maite Solana e Isabel Ferrer.

Los hombres del Renacimiento convirtieron el espejo en el prisma metafórico de la imaginación. La vanidad sólo es un reflejo en el espejo, una ilusión provocada por la imaginación, con la que comparte pompas y quimeras: “Pero, ¿hasta cuándo, alma mía, contemplarás las cosas en el espejo sumido en la vanidad?”, pregunta Jean de Sponde (1). Los humanistas presentan la imaginación como “un espejo cóncavo”, con efectos deformantes que, más que una facultad del sujeto que le da a conocer su identidad es una exigencia exterior, un fermento extraño que se aprovecha de la debilidad de los sentidos y la fragilidad de la razón. Sin duda, la imaginación-espejo puede alimentar la intuición creadora y la inspiración de los poetas presentando al alma “las mejores, las más graciosas y bellas imágenes y apariencias de las cosas de acuerdo con su verdad”, pero, a menudo también crea “imágenes repugnantes”, que turban los pensamientos y falsean el curso de la vida (2).

Asociada al pensamiento saturnino que a menudo caracteriza al hombre de genio, la imaginación combinada con el orgullo se convierte en esa amarga y dulce locura del pensamiento melancólico que se refleja a sí mismo. Es sabido que en la Edad Media, la acedia –el pensamiento melancólico- se simbolizaba a veces por medio de una mujer que sostenía un espejo. En un tapiz de Hampton Court (ca. 1500) que representa los siete pecados capitales, la mujer cabalga sobre un puerco –los apetitos animales-, mientras se mira en el espejo (3). La mirada melancólica está convencida de su lucidez, pero vive carcomida por la duda o por la ironía diabólica de la negación frente a un saber que se le escapa. Al volcarse sobre sí misma, descubre precisamente lo que debía conjurar, el anverso de la prudencia, su temor a lo que se halla delante, su fe vacilante. El médico Du Laurens describe al melancólico como una persona “que lo teme todo, que se teme a sí misma como una bestia que se mira”, aludiendo al unicornio que vuelve su cuerno hacia sí mismo: “De mí me espanto” (4). Esa mirada al revés, desafiante, a menudo parece asociada a la temática del orgullo.

La magia, la imagen y la imaginación están confabuladas. Uno de los textos consultados por los adivinos es De Operatione daemonorum, traducido por Marsilio Ficino en 1497. Los diablos adoptan diversas formas y los “aéreos” imitan toda clase de “imágenes, colores y parecidos dignos de agradar a nuestros fantásticos espíritus”, semejantes al aire o a las nubes que reciben su forma de los rayos del sol, “del mismo modo que podemos ver y experimentar con los espejos” (5). El diablo, para actuar, utiliza la imaginación y manipula a sus víctimas mostrándoles fantasmas o imágenes, o asustándolas por medio de sueños y alucinaciones. El sueño y el espejo –que los antiguos ya asociaban como parte de un mismo poder adivinatorio- comparten su capacidad de provocar visiones.

El poeta Jean Molinet convierte el tema medieval del espejo moral en un verdadero drama vinculado con el corazón del hombre, cuyo espíritu inquieto cede a las fantasmagorías de la imaginación. Con “el ojo turbado con la angustiosa vigilia”, el poeta se ve inmerso en una pesadilla en la que se descubre ante un espejo de muerte, temblando de dolor:

Oh tenebroso horrible espejo
Poseído de orgullo para desagradar a los mundanos
Espectáculo horrible, imagen detestable
Visión orgullosa, objeto temible
Mortal espectáculo, ejemplar tan vivo
Eres un monstruo imposible y enemigo (6).

El sueño narra la aventura del hombre después de la Creación, cuando, en el Paraíso, Adán y Eva poseían un espejo glorioso en el que resplandecía el retrato de Dios, hasta el momento en el que probaron el fruto prohibido y, “al mirarse ellos, el espejo se quebró”. Desde entonces, el espejo maculado sólo ha reflejado dolor, envidia, celos, codicia, rencor, lujuria y curiosidad, suciedad, todos los malos deseos. No obstante, Dios no ha abandonado a los suyos, a los que el buen ángel les tiende el espejo de los santos.

(1) Van Marle, Iconographie de l’art profane, La Haya 1932, t. 2, Pág. 54.
(2) Puttenham, The Arte of English Poesie, 1589, pág. 19. La asociación entre el espejo y la imaginación es corriente en el siglo XVI, ambas engendran monstruos y quimeras. Cf. también Dampmartin, De la Connaisance des merveilles du monde et de l’homme, 1585, f 126.
(3) M. M. Martinet, Le Miroir de l’esprit dans le theatre Elisabetain, Didier, 1981, págs. 82 y sgts.
(4) Du Laurens, Discours sur la conversation de la veue, des maladies melancholiques, des catharres, de la vieillesse, París 1597, pág. 110 y M. Scéve, La Délie, emblema 26. Cf. J. Starobinski, La Mélancolie au miroir, Julliard, 1989.
(5) Psellos, Traité par dialogue de l’energie ouoperation des diables, trad. P. Morineau, 1576, págs. 26 y sigts.
(6) J. Molinet, Le Miroir de vie en “Faicts et dictz de Jean Molinet”, Societé des anciens textes français, 1937, II, pág. 673.

H 55 – 16.06.2001



El calendario

Subcomandante Marcos

Había una vez un hombre que siempre llegaba tarde a todo. Y no era que tuviera pereza o que fuera lento, ni que el reloj le retrasara o que fuera su costumbre. Lo que ocurría era que este hombre vivía en otro tiempo antes del tiempo. No mucho, es cierto, pero siempre algo. Por ejemplo, cuando el calendario marcaba el mes de septiembre, este hombre se caminaba una madrugada de abril. Por eso su primavera nunca coincidía con la improbable de ella. La muerte, en cambio, seguía obediente el paso del tiempo e iba repartiendo ausencias según se iban cumpliendo los días y las noches de cada cual. Pero como este hombre siempre le iba detrás al tiempo, pues siempre llegaba tarde a la hora de su muerte y ya no la encontraba, porque la muerte tenía que seguir el calendario. La muerte sabía que dejaba ese pendiente, ese hombre que ya debería estar muerto y, sin embargo y debido a su retraso, seguía vivo. El hombre se cansó de vivir y de caminar, que para el caso es lo mismo, y se dio en buscar a la muerte para morirse. Así se pasan el tiempo y el destiempo. La muerte esperando que llegue el hombre para matarlo. El hombre esperando encontrar a la muerte para morirse. No hay día en el calendario para que estas dos esperas se encuentren.

H 55 – 16.06.2001


Borges, siempre Borges

La trama *

Para que su horror sea perfecto, César, acosado al pie de una estatua por los impacientes puñales de sus amigos, descubre entre las caras y los aceros la de Marco Junio Bruto, su protegido, acaso su hijo, y ya no se defiende y exclama: ¡Tú también, hijo mío! Shakespeare y Quevedo recogen el patético grito.

Al destino le agradan las repeticiones, las variantes, las simetrías; diecinueve siglos después, en el sur de la provincia de Buenos Aires, un gaucho es agredido por otros gauchos y, al caer, reconoce a un ahijado suyo y le dice con mansa reconvención y lenta sorpresa (estas palabras hay que oírlas, no leerlas): ¡Pero che! Lo matan y no sabe que muere para que se repita una escena.

* Antología personal, Barcelona 2001, pág. 17.

Borges y yo

Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVIII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de liberarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido o del otro.

No sé cuál de los dos escribe esta página.

* Ibidem, pág. 168.
H 55 – 16.06.2001


Correo

Sabe el lector de Heráclito que no solemos publicar los mensajes laudatorios de nuestro trabajo. Los recibimos con gratitud, pero también con cierto pudor. Recogemos de ellos el aliento que necesitamos para persistir en la faena y para enderezar rumbos. Una pertinaz lectora que suele decirnos sus opiniones nos ha escrito el 15 de junio de 2001. Dado que el elogio que contiene su nota es para Borges, cuyos textos frecuentemente ornan las páginas de este medio, lo compartimos con los lectores (N del E).

Señor Director:

Gracias por continuar su paciente labor. Gracias por publicar esa página de Borges (o del "otro", como dice él mismo). Recordarla es mostrar la lucha de Borges con su Ser. El reconocimiento de su naturaleza dual, la lucha por reflotar su Ser esencial, el desapego trabajoso al Borges conocido, nos dan la imagen de esa lucha interna que habiendo sabido de la trascendencia del Ser, quiere rescatarla pese a la cotidianeidad.

Y el reconocer ese ser interno y el "saber" que además se es otra u otras personas, ¿no es, acaso, reconocer que algo superior anida en él, que es ese El, que busca superarse? Entonces... ¿donde está el ateismo de Borges? ¿Era él verdaderamente ateo? ¿Podemos imaginarlo tal? ¿Ser ateo significa solamente negar el teismo o conlleva también la negación de un algo superior que nos impele a la superación, de un algo ideal al cual aspiramos?

Esta página hace que una vez más me pregunte cuál era el pensamiento interno de Borges; y creo que su búsqueda interior, su meta y su afán lo ubican lejos tanto del ateismo como del materialismo.

Amy Estevez

H 56 – 22.06.2001


Federico García Lorca

Reyerta *

En la mitad del barranco
las navajas de Albacete,
bellas de sangre contraria,
relucen como los peces.
Una dura luz de naipes
recorta en el agrio verde
caballos enfurecidos
y perfiles de jinetes.
En la copa de un olivo
lloran dos viejas mujeres.
El toro de la reyerta
se sube por las paredes.
Ángeles negros traían
pañuelos y agua de nieve.
Ángeles con grandes alas
de navajas de Albacete,
Juan Antonio el de Montilla
rueda muerto la pendiente,
su cuerpo lleno de lirios
y una granada en las sienes.
Ahora monta cruz de fuego
carretera de la muerte.

El juez, con guardia civil,
por los olivares viene.
Sangre resbalada gime
muda canción de serpiente.
-Señores guardias civiles;
aquí pasó lo de siempre.
han muerto cuatro romanos
y cinco cartagineses.

La tarde loca de higueras
y de rumores calientes
cae desmayada en los muslos
heridos de los jinetes.
Y ángeles negros volaban
por el aire del poniente.
Ángeles de largas trenzas
y corazones de aceite.

* El poema corresponde al Romancero gitano.
H 55 – 16.06.2001

Heráclito 33

Este artículo culmina una serie de reflexiones sobre el hombre y la globalización. El trabajo, el dinero, el poder, la cultura, y ahora el amor, han sido considerados hasta este día. Otros capítulos pueden ser objeto de análisis y discusión en el marco de la mundialización. Y los lectores pueden abordarlos y encontrar un espacio en estas columnas. El Director.
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Globalización y amor
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Eduardo Dermardirossian

eduardodermar@gmail.com

I

¿Qué tienen que ver la mundialización de la producción y del mercado, de las ahora llamadas ingenierías financieras y del dinero, del poder mundial y de las demandas sociales, de la cultura y de tantas otras áreas del quehacer humano, con el amor? ¿Es atinado el tratamiento de uno y otro asunto en un mismo texto? ¿Cuál es su interrelación, su mutua acción, su concordia o su discordia? ¿Has errado, Dermardirossian, al dar semejante título al último de tus artículos sobre el hombre y la globalización? Veamos.

La relación del hombre con los otros hombres y con las cosas que lo rodean es una relación de necesidad, de conveniencia y, si se me permite decirlo así, de deseo. Biología, seguridad y anhelo conforman el territorio tangible por el que el hombre transita. Estos no son asuntos que necesiten mayor explicación porque son visibles cotidianamente, en cada instante de la vida, en todos los hombres, en todas las relaciones, en todos los tiempos y lugares. Pero lo dicho, por sí solo, no explica toda la conducta humana, compleja desde luego, imprevisible casi siempre, anhelante hasta el infinito. No hay, es impensable una conducta humana que no esté signada por la afectividad. El hombre es un ser afectivo en todas las circunstancias de su vida, en cada acción que acomete, en cada frustración que padece, en cada esperanza que alimenta.

Y a la hora de explicar esa afectividad, esa pasión que le imprime a sus realizaciones, a la hora de nombrar esa particular manera que tiene de relacionarse con los otros hombres y con el universo que lo rodea, decimos que el hombre ama. Ama la vida, su vida, ama la seguridad, su perduración, ama su cuerpo, teme al dolor y aborrece la fealdad, ama a su compañero o compañera. Ama, ama y ama el hombre. Es su manera de sentir que es él y que dura, que puede durar todavía poblando el mundo de los vivos.

II

Conviene revisar en qué medio y rodeado de cuáles circunstancias el hombre de nuestro tiempo ejercita su afectividad, y en qué medida esas circunstancias condicionan su vida.

No creo que el amor deba servir a los afanes dinerarios o de poder de los hombres, ni creo que sea un sentir subalterno respecto de los deseos materiales. Pero para el examen de la conducta del hombre globalizado prescindo por un momento de las connotaciones pasionales del amor para mirarlo como un concepto extenso, abarcativo de todas las conductas. En tal sentido es que hablo de globalización y amor. Para que advierta el lector que la transculturación de que somos objeto arrasa con los patrones afectivos que son los pilares de nuestras conductas. Que la fuerza arrolladora del capital reconcentrado y especulador, presente y omnipresente en nuestro universo humano, no mira en su acción las necesidades del hombre concreto que trabaja, que viste, que enferma, que ríe y que llora, que ama y que odia, no atiende a las necesidades reproductivas de la especie ni pregunta si los hombres siguen alumbrando arte o escribiendo poesía. Ese capital impersonal tiene otros propósitos. Y si para alcanzarlos debe aniquilar sensibilidades y culturas, lo hará; lo hace de hecho, no importa bajo cuáles justificaciones.

III

¿Podemos, entonces, hablar de globalización y amor y decir que en este sentido el hombre está padeciendo el embate de fuerzas que lo deshumanizan? Podemos, sin duda. Porque es en el área del amor donde mejor se ven los efectos perniciosos de una mundialización hecha para dilatar mercados, para extender dominios, para lucrar sin límites, cuando el propósito de los hombres bienhechores ha sido, siempre, difuminar las fronteras políticas de los estados hasta abarcar en una sola geografía a toda la familia humana. Porque así lo quieran los hombres. Y para que la libre, espontánea y amorosa fusión de sus culturas los conduzca blandamente en esa dirección, para que un interés prime sobre todos los otros: el de la paz y la solidaridad humanas.

Y a quien diga que esto es una utopía, le contesto que sí. Y le pregunto: ¿no han sido utopías los más altos anhelos de los hombres?, ¿cuál de las realidades de hoy no ha sido una utopía ayer mismo?
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H 51 – 18.05.2001
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El derecho a la felicidad

José Carlos García Fajardo*

Desde que los seres humanos fueron dominando la naturaleza hostil para servirse de ella avanzaron en la convivencia social y entablaron relaciones de cooperación y de amistad con otras comunidades y con otros pueblos. La superación de la confrontación y, en su modo más inhumano, de la guerra, hicieron comprender a los responsables de las diferentes culturas y civilizaciones que el progreso iba acompañado del crecimiento económico y que lo que hoy denominamos desarrollo social no estaba al margen de las estructuras políticas que los gobernaban. De ahí que los más espléndidos períodos de creación cultural, de profundidad filosófica, de avance en las ciencias y en las técnicas correspondan a largos períodos de paz como fruto de la justicia. Las civilizaciones más importantes que jalonan los grandes compases de la Historia se apoyan en ordenamientos jurídicos de acuerdo con las concepciones de la vida que inspiraban su convivencia, de forma que es inconcebible un pueblo sin ley ya que la conciencia de "pueblo" es un largo período que emerge de la horda para convertirse en tribus que reconocen raíces comunes en clanes determinados. Más tarde vinieron otras formas de convivencia en torno a un jefe en el que delegaban los ancianos y se inventaron familias de notables, repúblicas, reinos, dinastías y, en su culmen, los imperios que necesitaban de la explotación de sus vecinos para mantenerse en el inestable vértice del poder como fuente de su legitimidad. La fuerza y el triunfo sobre los enemigos exteriores y los opositores internos fueron la causa de la legitimidad de su ejercicio con independencia de su intrínseca justicia.

Las grandes revoluciones que atraviesan la historia de la humanidad en marcha son los hitos que, como piedras maestras, sostienen las columnas fundamentales de las estructuras de las diferentes culturas y civilizaciones que como edificios emergen, se vienen abajo y, sobre sus ruinas, se vuelven a construir otras edificaciones. Así, la más reciente revolución industrial está en el origen del dominio de unos pueblos sobre otros a escala universal con el solo criterio del desarrollo económico y del poder de la fuerza sobre la razón y la justicia.

Todo ello había de dar lugar al nacimiento de unas clases sociales explotadas y marginadas que un día tomaron conciencia de su condición y se erigieron en protagonistas de una revolución de marcado carácter social a diferencia de las del pasado que se apoyaron en conceptos como el grupo, la etnia, el pueblo, el territorio, el dominio de las técnicas, la religión cercana al poder, la civilización, la lengua, la nación, el estado, el imperio o teorías tan peregrinas y sin fundamento como el "espacio vital" o las "fronteras naturales".

Cuando la tecnología transformó a sus poseedores y se erigió en tecnocracia se consumó la trágica separación entre sabiduría, ciencia y técnica con el absurdo e irracional dominio de ésta sobre las otras dos. Ya el dominio de la ciencia sobre la sabiduría y las más profundas instancias del ser humano como la intuición, los sentimientos expresados por las convicciones que inspiraban sus tradiciones y sus formas religiosas, junto con el anhelo de armonía y de unidad, de eternidad y de trascendencia, de justicia y de sosiego, de búsqueda de la felicidad y de la verdad, en su forma más excelsa concretada en el concepto de Bien supremo o divinidad, supusieron un desarraigo, tan radical y profundo, que condujo a los hombres y a los pueblos a un vagar sin sentido con el único norte de la seguridad a cualquier precio y a la pérdida de los valores que expresaban su conciencia de personas a cambio de degradarse en individuos objeto de transacción, de especulación o de enfrentamientos inhumanos con el único criterio de la utilidad. Esa idea del bienestar a cualquier precio llevó a la pérdida de la identidad basada en las más profundas raíces que reflejaban el rostro originario de los seres humanos como personas, de la naturaleza como medio amable y nutricio, y del cosmos como parte integrante de ese ser total en el que vivimos, nos movemos y somos.

En el último siglo se sucedieron las más terribles guerras de la historia de la humanidad, las catástrofes en forma de agresiones contra el medio, las degradaciones de los seres humanos tratados como jamás lo habían sido los animales en forma sistemática de exterminio con sufrimientos indecibles, la erradicación de la conciencia y de los sentimientos, de las tradiciones y de las señas de identidad de las personas y de los pueblos, de los valores en suma, que erigieron la competitividad como estilo, el ansia de bienes como norma y la alienación de los sentidos como único criterio de supervivencia en un mundo que se considera hostil y carente de otro sentido que el de instrumento para apagar el aullido de la soledad y del aislamiento que se han enraizado en los seres humanos como recursos para ahogar sus miedos.

Con el triunfo de la informática, más aún que con el poder ilimitado de la energía nuclear y de los artefactos destructivos al servicio de los intereses de las potencias por medio de la guerra, con la proximidad y la instantaneidad de la información de lo que sucede en cualquier región del planeta tierra, con la agresión de los medios que nos bombardean con imperativos publicitarios aún en la más íntima estancia de nuestros hogares, con la tiranía del tener sobre la evidencia connatural del ser... las mujeres y los hombres del planeta, los ancianos y los niños, los sanos y los enfermos, los pobres y aún los que se consideran ricos en bienes materiales, sobrevivimos desarraigados en un ambiente de angustia. El miedo es causa del expandido dolor que nace, una vez más, de la ira producto del temor, de la concupiscencia de los sentidos, del apego al deseo de las cosas, de la codicia de reconocimientos efímeros y, en definitiva, de la desorientación producida por la pérdida del sentido para un vivir con dignidad, en armonía con todo lo que existe, en solidaridad con todos los demás seres y con una trascendencia nacida de la contemplación, de la auténtica experiencia (no de los experimentos) que se adapta a las leyes internas del universo y nos lleva a la plenitud del ser y de la existencia que es la perfecta felicidad a la que todo ser anhela aún sin saberlo.

Nunca el planeta estuvo en una situación tan próxima a la destrucción del ecosistema, a la extinción de millones de personas y a un cambio de paradigma que podría destrozar todos los logros de la humanidad en lugar de abrirse a nuevos modelos que antepongan lo social a lo estatal, lo humano a la tiranía de la tecnocracia y la felicidad al éxito de un crecimiento descontrolado. En el mundo en que nos tocó vivir impera la desigualdad injusta entre los estados, entre los pueblos y aún entre los seres humanos. El medio ambiente no puede resistir por largo tiempo la agresión sistemática y continua que nos lleva al exterminio de las especies, de la vida en los ríos y en los mares, de los bosques y de la tierra con una galopante erosión y desertización, con situaciones de pobreza, de hambre, de enfermedades infecciosas, de falta de hogar, de incultura y falta de educación básica para más de mil millones de personas, de desarraigo para decenas de millones de emigrantes, de trabajo inhumano para millones de niños, de explotación de centenares de pueblos del Sur por unas decenas de pueblos del Norte, de muertes atroces por guerras en las que el número de víctimas civiles ya supera con creces al de los combatientes, de segregación y discriminación para centenares de millones de seres humanos en un mundo en el que es posible remediar todas estas plagas porque son producto de la injusticia de los hombres y porque el planeta es capaz de alimentar a sus habitantes con tal de que se actúe con justicia, con sabiduría, con inteligencia y con solidaridad. Y con sentido común, porque en ello nos va la vida.

Por todo esto, corremos el indudable riesgo de institucionalizar los efectos al silenciar las causas de estas injusticias, de estas discriminaciones y de tanto dolor y marginación de seres humanos con idéntico derecho a una vida digna como cualquier otra persona, ya que somos ciudadanos del mundo convertido en comunidad global y con un destino solidario.

* Profesor de Pensamiento Político y Social de la Universidad Complutense de Madrid y Presidente de la ONG Solidarios.
H 55 – 16.06.2001
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“Sin comprender la violencia ni el miedo, ¿cómo puede haber amor?”
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Jiddu Krishnamurti. De una disertación pronunciada en Londres el 27 de mayo de 1970, publicada en Más allá de la violencia, Sudamericana, Buenos Aires 1979, págs. 108/109.

Se han escrito volúmenes sobre las causas de la agresividad del hombre. Los antropólogos dan explicaciones y cada experto lo presenta a su manera, contradiciendo y ampliando lo que la mayoría de nosotros conocemos racionalmente: que los seres humanos son violentos. Creemos que la violencia es un mero acto físico, ir a la guerra y matar a otros. Hemos aceptado la guerra como un modo de vida, y como la aceptamos así, no hacemos nada al respecto. Casual o devotamente podemos convertirnos en pacifistas en una parte de nuestra propia vida, pero, en lo demás, estamos en conflicto; somos ambiciosos, somos competidores, hacemos esfuerzos tremendos; tales esfuerzos implican conflictos y, por lo tanto, violencia. Cualquier forma de conformidad, cualquier forma de distorsión –intencional o inconsciente- es violencia. Disciplinarse uno mismo conforme a un patrón, a un ideal, a un principio, es una forma de violencia. Cualquier distorsión sin comprender realmente “lo que es” e ir más allá de ello, constituye una forma de violencia. ¿Y es del todo posible, sin embargo, terminar con la violencia en uno mismo sin ningún conflicto, sin oposición alguna?
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Estamos acostumbrados a una sociedad, a una moralidad, que se apoya en la violencia. Todos sabemos ésto. Desde la niñez somos criados para ser violentos, para imitar, para acatar –consciente o inconscientemente. No sabemos cómo evitarlo. Nos decimos a nosotros mismos que ello es imposible, que el hombre tiene que ser violento, pero que la violencia se puede practicar con los guantes puestos, cortésmente, etc. De manera que tenemos que investigar esta cuestión de la violencia, porque sin comprender la violencia ni el miedo, ¿cómo puede haber amor? ¿Puede la mente, que ha aceptado ajustarse a una sociedad, a un principio, a una moralidad que no es moral en absoluto, una mente que ha sido condicionada por las religiones para creer –para aceptar la idea de Dios, o para rechazarla- puede ella liberarse a sí misma, sin lucha de clase alguna, sin ninguna resistencia? La violencia engendra más violencia; la resistencia sólo crea otras formas de distorsión.
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H 51 – 18.05.2001
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El síndrome renacentista

Osvaldo Mitchell

Los viajeros y turistas que recorren Grecia y sus islas no tienen palabras para elogiar los paisajes y el arte de ese país. Las bellezas panorámicas de la tierra helénica justifican esas apreciaciones pero, en cuanto al arte, algunas reservas son necesarias. La nívea nitidez del mármol de sus templos y estatuas, que tanto impresionan a los visitantes, reflejan las proporciones formales de la concepción de sus artistas pero hacen olvidar que, en su tiempo, la arquitectura y las esculturas griegas tenían un aspecto distinto ya que estaban pintadas de colores que hoy no hay manera de reproducir, ni siquiera aproximadamente. No sabemos, pues, cómo eran los más importantes edificios de Grecia ni tampoco sus famosas estatuas, ya se conserven íntegras o fragmentadas (1). En cuanto a la pintura, nuestro desconocimiento es todavía mayor ya que no se conservan cuadros de la época y sí solamente ciertos escasos frescos arcaicos.

A pesar de ello, nos han llegado los nombres de algunos de sus más celebrados pintores, como Zeuxis (siglo V a. de J. C.) y Apeles (siglo IV a. de J. C.), este último, considerado el más famoso de la Antigüedad. El historiador latino Plinio el Viejo (23 – 79 d. de J. C.) recoge en su Naturalis historia una anécdota de Apeles, a menudo citada en la actualidad. El artista valoraba la opinión del público por lo que axhibía sus obras en la calle y a veces se ocultaba detrás de ellas para oír los comentarios de los transeúntes. En una ocasión, un zapatero observó que la sandalia de un personaje era demasiado grande. Apeles lo oyó, salió de su escondite y agradeció el comentario. El zapatero acertó a pasar nuevamente por el lugar y, al ver corregido el error, se sintió halagado y extendió sus críticas a otros aspectos de la pintura. El artista, entonces, pronunció la famosa frase que Plinio reprodujo en latín: Ne, sutor, ultra crepidam, o sea, zapatero, no más allá del calzado o, en la versión más difundida, zapatero, a tus zapatos. Desde hace veinte siglos, si no antes, esa frase ha perdurado como un consejo de prudencia para quienes intentan, de hecho o de palabra, exceder los límites de su especialidad.

En la Edad Media, el sistema de gremios contribuyó a la especialización profesional pero el Renacimiento y, particularmente, el Humanismo, al centrar su interés en el hombre, tendieron a revalorar, y aún exagerar, sus diversas facultades y surgió un arquetipo cuyo ideal fue el pintor, escultor, arquitecto, ingeniero y científico Leonardo da Vinci (1452-1519), a man of many trades, como diría después Charles Dickens en su personaje Traddles. Al igual que los antiguos sofistas griegos, los filósofos renacentistas se gloriaban de poder discurrir y discutir sobre todas las ramas del arte y la ciencia, de omni re scibili (de todas las cosas que pueden saberse), conforme a la divisa del famoso Juan Pico della Mirandola (1465-1494) (2).

En tiempos más cercanos, ciertos personajes han mantenido esa pretensión de cuasi omnisapiencia o, cuando menos, de amplitud de habilidades, pretensión que se podría bautizar como síndrome renacentista. Entre otros, los dictadores y líderes del siglo XX, como conductores y legisladores de sus respectivos pueblos, necesitaron generar máxima confianza mediante una imagen de múltiples destrezas que permitiera creer en su amplitud de recursos y la infalibilidad de sus previsiones. Quizá el ejemplo más típico de este género de personalidad sería el político fascista italiano Benito Mussolini (188 –1945) que, simple maestro de escuela y autodidacta, se presentaba como capaz de dirigir con clarividencia los asuntos de su patria por su habilidad y conocimiento multifacético.

Aquí en la Argentina, Bernardino Rivadavia presenta algunos perfiles similares, si no necesariamente en la amplitud de sus pretensiones, al menos en su inclinación de profundizar todos los ramos del gobierno de modo de transformar nuestra sociedad esencialmente colonial en un Estado moderno. Pero el personaje argentino que mejor representa el síndrome renacentista es, sin duda, Bartolomé Mitre. Militar, político, estadista, erudito intelectual, escritor y poeta, su muy compleja personalidad albergaba inquietudes encaminadas hacia casi todas las actividades humanas. Sus contemporáneos percibieron esa imagen y, con motivo de su octogésimo aniversario, el 26 de junio de 1901 la revista Caras y Caretas le dedicó una edición extraordinaria en la que los distintos aspectos de la actividad del prócer aparecían resaltados con títulos como Mitre numismático, Mitre político, Mitre popular, Mitre social, Mitre íntimo, Mitre militar, Mitre bibliófilo... Tiempo más tarde, esos títulos y algunos otros como Mitre poeta, encabezaron sendas producciones bibliográficas debidas a las plumas de sus muchos admiradores.

La mayor especialización que requirió el siglo XX por la creciente complejidad de las distintas profesiones han hecho más difícil la aparición de individuos de genuina multiplicidad de destrezas. En todo caso, es más frecuente el técnico o erudito o investigador que descansa de sus absorbentes tareas cotidianas con algún hobby, como la filatelia, el ajedrez o el deporte. Tales limitaciones, a las que nos ciñe el plexo socioeconómico del presente, no debe hacernos olvidar aquello de Terencio: hombre soy y nada de lo humano me es extraño (siglo I a. de J. C.).

(1) Incluso, parece que los antiguos no distinguían bien algunos colores. La voz griega glaukós indica tanto el verde como el azul.
(2) Se dice que la divisa De omni re scibili fue completada por un bromista con el aditamento de et quibusdam aliis (y muchas otras también).
© 2001 Especial para HERÁCLITO
H 54 – 08.06.2001
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Con sobrado humor y dudoso decoro, damos de seguido el capítulo que Francisco Giménez Gracia consagró a nuestro patrono, en su libro La leyenda dorada de la filosofía, Madrid, 1998, págs. 31 a 34.*

Heráclito y la retención de orina

Heráclito de Éfeso murió a comienzos del siglo V a.C. a causa de un exceso de líquidos en el cuerpo, o sea, justo lo contrario de lo que le pasó a Tales. A dicho exceso de líquidos lo llaman los antiguos hidropesía y viene a ser una retención de orina, las más de las veces provocada por la inflamación de la próstata, que es una bomba de relojería que llevamos ahí instalada todos los varones.

- Mira, rico, nosotras nos pasamos la vida menstruando, así que algo teníais que tener vosotros.

Les presento a Cristina, mi compañera. Y la figura que se desprende de su discurso es lo que en las clases de ética se denomina “resentimiento”. Espero que el resto de mis lectoras sepan ponerse en el lugar de Heráclito: un varón ilustre, que alguna vez también fue un niño y, como tal, participaría en esos simpáticos concursos de meadas que alegran la infancia de todos los chiquillos del mundo; que, a la edad adulta, disfrutaría de las filigranas dibujadas con el chisporroteante y viril caño de sus orines; hasta que una mañana notaría el chorro menos cantarín; al poco, el caño se convertiría en hilo, y éste en goteo agonioso... En fin, una humillación constante y progresiva, que por nadie pase, pero que a Heráclito le tuvo que escocer en lo más hondo de su alma. Piensen que si Tales murió de sed después de haber dicho durante toda su vida que el agua era el origen del mundo, Heráclito se murió sobrado de líquidos después de haber defendido que el mundo era un fuego siempre vivo. Tan es así que para curarse se intrudujo en un montón de estiércol, porque pensaba que la porquería de los animales sería rica en el fuego que alienta el mundo, y eso le podría secar el cuerpo. Así que imagínense el cuadro: el pobre Heráclito con la próstata como una piña tropical, el genio emberrenchinado, la bosta que le llegaba al cuello y gritando al mundo que todo es fuego. Para no perdérselo.

Poco más sabemos de su vida. En lo que se conserva de sus escritos se le nota a la legua la mala uva, que ya le afectaba desde mucho antes de que se le desgraciara la próstata. Esto del carácter agrio estimula notablemente la inteligencia; ahí están Quevedo, Schopenhauer, Nietzsche, Cioran y tantos otros para demostrar lo bien que se escribe desde el desprecio. Lamentablemente, a Heráclito la mala uva le inspiró un estilo retorcido, como si el entretenerse en explicaciones y razonamientos pacientes hubiera supuesto una concesión que no se merecían sus semejantes. Además, decía, “la naturaleza ama el ocultamiento”; para desvelar los misterios del cosmos convendrá “ni decir, ni ocultarse del todo, sino manifestarse por indicios.” Con todo y eso, Heráclito nos ha revelado un montón de cosas interesantes sobre la naturaleza. Los griegos también debieron de pensar lo mismo, pues lo llamaron “El Oscuro”, pero siempre lo situaron entre los grandes del pensamiento.

Decía, por ejemplo, que “la guerra es el padre y el rey de todas las cosas; a unos los muestra como dioses, y a otros como hombres; a unos los hace libres, y a otros, esclavos”. Ya hemos visto cómo los filósofos habían buscado la permanencia y la estabilidad por debajo de las apariencias que presenta el mundo. Heráclito fue el primero en decir que nuestros sentidos nos engañan, porque nos muestran un mundo más o menos estable; sin embargo, si atendemos a la razón, que es común a todos, encontraremos que la realidad es esa guerra continua entre contrarios, una lucha que no deja que nada se detenga, que mueve el mundo constante y eternamente. No nos podemos bañar dos veces en el mismo río, porque ni el río es el mismo, ni nosotros tampoco. Todo fluye, porque todo está en permanente tensión consigo mismo, como el arco y su cuerda, que, aparentemente, están quietos, pero que esconden la fuerza que lanza la flecha.

Además, encontramos en Heráclito una concepción interesante de la razón, del logos, que es un término griego en el que se combinan varios significados: “discurso”, “razón”, “pensamiento”, “definición” serían algunos de los más importantes. Pues bien, Heráclito escupe sus peores insultos sobre nuestras idioteces particulares, nuestras opiniones mostrencas, nuestros prejuicios; la gente parece dormida, dirá, y es preciso que despierten y escuchen el logos común que late en nuestro interior. Los sentidos nos muestran un mundo distinto a cada uno de nosotros, pero el logos es universal y nos revela que el mundo es uno: una guerra eterna que se simboliza en el fuego siempre vivo. Si supusiéramos que Heráclito creía como los milesios en una materia primordial única a partir de la cual había surgido el mundo, tal materia primordial sería el fuego. Sin embargo, Heráclito no creía que las cosas hubiesen transcurrido de ese modo tan simple. El mundo es y ha sido siempre lucha, tensión, guerra, corrupción, muerte, vida. El fuego, ardiente, temible y bailón, sería la mayor expresión material de ese mundo que no para de guerrear.

Como no podía ser menos, ese logos que habla por boca de Heráclito se nos muestra, en ocasiones, tan paradójico como es el propio mundo: “Lo mismo es vida y muerte, velar y dormir, juventud y vejez”, nos dejó dicho el pensador de Éfeso, para quien lo sepa entender. Otras veces, nos ofrece unas imágenes alucinadas, bajo cuya extraña belleza, podemos adivinar el fulgor del genio: “El rayo y el sol gobiernan todo; y son nuevos cada día.” O esta otra: “El tiempo es un niño que juega y arroja sus piedrecitas sobre el reino del niño, que es el tablero.” No se preocupen si no lo entienden. Antes que nosotros, una legión de sesudos profesores ha dedicado la mitad de su vida a la comprensión de estos fragmentos con muy pobres resultados. De hecho, no es posible encontrar dos libros que concuerden en la interpretación. A nosotros nos debe bastar con apreciar que, a estas alturas, la filosofía no podía admitir las simples cosmogonías de Tales, Anaximandro y Anaxímenes, ni se podía comprimir el mundo en los límites sencillos de un elemento material. Ya vimos cómo Pitágoras había reclamado más atención sobre las estructuras. Heráclito nos ha invitado a escuchar el logos, para comprender que no hay más forma, ni más realidad que la guerra y el devenir. Dice Nietzsche que en eso Heráclito tendrá eternamente razón. Lástima el mal rato que pasó el pobre con lo de la próstata. “Para las almas es muerte convertirse en agua.” Eso dicen que dijo mientras agonizaba.

* En efecto, se afirma que la causa de la muerte del efesino fue la que narra este autor, como así también los procedimientos curativos a los que se sometió (N del E).
H 54 – 08.06.2001
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La transformación

Novela interior de Felisa Kuyumdjian, Plus Ultra, Buenos Aires 1997. Fragmentos de págs. 57 y 114.

El invisible tiempo

Al principio él la miraba como se mira el aire, el viento o la nube.
Ahora ella está en el deseo de él.
Al principio ella lo miraba como se mira la niebla, la llovizna, el vacío.
Ahora él está en el deseo de ella.

En el camino del otoño ha habido un paulatino acercamiento. Pausado. Quedo. Casi imperceptible.

La noche entra en la casa y los encuentra enfrentados. Ella enciende la lámpara. Le pide que toque la Marcha Fúnebre de Chopin.
Las miradas se encuentran en el temblor de las luces de las velas.
El sonido del reloj se funde con el sonido del piano.
La muerte también es bella, piensa ella.
El tiempo se va fundiendo en el vacío de la casa. Toca las paredes, los muebles, las cortinas, todos los objetos. Los está borrando... Se los está llevando.
El tiempo es el pasado sin retorno. El tiempo parece fijo. Fijo en el lugar de siempre. Inamovible.
El tiempo es un fantasma.
El sonido del piano se va esfumando.
Ella vislumbra la grandiosidad y belleza de la muerte.

Artilugios

La combinación de los sonidos, la combinación de las palabras, la combinación de los movimientos crea arte o anti-arte. Según el orden. Según el ritmo. Hasta el mismo pensar ordena musicalmente el mundo... Combinar la realidad y los sueños es esencial. El secreto reside en el signo más inverosímil e insignificante. Si pudiéramos encontrar el detalle, ese punto de la combinación perfecta. Algo así como un poema haiku.
“Somos como el verso perdido de un poema que siente que debe encontrar otro verso con el que rime, o de lo contrario perder la oportunidad de cumplir su función...” No lo digo yo. Lo dijo Tagore.
Sí. Somos como versos perdidos que el viento lleva de aquí para allá.

H 54 – 08.06.2001