Heráclito 18

Cicerón editorializa para Heráclito[i]
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De los cuatro principios en que hemos dividido la naturaleza y esencia de lo honesto, el primero, que consiste en el conocimiento de la verdad, es el más natural al hombre. Porque a todos nos arrebata y nos dejamos llevar todos del deseo de saber, en lo cual tenemos por honroso sobresalir; y al contrario, tropezar, no saber, errar y ser engañados, lo tenemos por vergonzoso y malo. Pero en esta curiosidad, tan natural y noble, se han de evitar dos escollos: uno, el tener lo incierto por averiguado y asentir a ello temerariamente; vicio que para evitarle el que lo desee (aunque todos deben tener este deseo) es necesario que gaste tiempo y cuidado en considerar las cosas.
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El otro defecto es, que muchos emplean demasiado estudio y trabajo en cosas difíciles, de mucha oscuridad y de poca importancia. Huidos estos dos vicios, toda la diligencia y cuidado que se dediquen a cosas honestas y dignas de saberse, merece con razón alabanza; como hemos oído de la aplicación de Cayo Sulpicio
[ii] a la astrología, y vimos a Sexto Pompeyo[iii] en la geometría, a otros en la dialéctica, y más en el derecho civil; artes todas que tienen por objeto la averiguación de la verdad. Mas no se cumple con la obligación, si por el estudio de ellas nos apartamos de nuestros negocios o los públicos, o los abandonamos. Porque toda la alabanza de la virtud consiste en la acción, la cual, no obstante, se interrumpe muchas veces, y hay sus tiempos de volvernos a los estudios; fuera de que, sin trabajo exterior, podemos estar ocupados en estudios de conocimientos útiles sólo con la agitación y contemplación del ánimo, cuyos movimientos están empleados siempre o en deliberaciones sobre asuntos honestos pertenecientes a la bondad y felicidad de la vida, o en estudios de ciencias y conocimientos. Mas baste lo dicho acerca de la primera fuente de las obligaciones.
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[i] “Los oficios”, Libro primero, capítulo VI, pags. 168 y 169. Océano, Barcelona, 1999.
[ii] Cayo Sulpicio Galo, cónsul en el año 167 a. de J. C. Conocido porque predijo un eclipse antes de la batalla de Pidna.
[iii] Tío de Pompeyo el Grande.
H 38 – 16.02.2001
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El perjurio de Galileo (1564 – 1642)
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Yo, Galileo, hijo de Vincenzo Galilei de Florencia, de setenta años de edad, compareciendo personalmente en el juicio y arrodillado ante Vosotros, Eminentísimos y Reverendísimos Cardenales, Inquisidores generales contra la perversidad herética en toda la República Cristiana, teniendo ante mis ojos los sacrosantos Evangelios que toco con mis propias manos, juro que siempre he creído, creo ahora y con la ayuda de Dios creeré en el futuro, todo aquello que considera, predica y enseña la Santa, Católica y Apostólica Iglesia. Mas como por este Santo Oficio, tras haber sido jurídicamente intimado mediante precepto a que de cualquier modo debía abandonar totalmente la falsa opinión de que el Sol es el centro del universo y que no se mueve, y que la Tierra no es el centro del universo y que se mueve, y que no podía sostener, defender ni enseñar en modo alguno, ni de palabra ni por escrito, la mencionada falsa doctrina, y después de haberme sido notificado que la citada doctrina es contraria a las Sagradas Escrituras, por haber yo escrito y publicado un libro en el que trato de dicha doctrina y aporto razones muy eficaces a favor suyo sin aportar solución alguna, he sido juzgado vehementemente como sospechoso de herejía, esto es, de haber creído y sostenido que el Sol es el centro del universo y que es móvil, y que la tierra no es el centro y que se mueve. Por todo ello, quiero apartar de la mente de Vuestras Eminencias y de todo fiel cristiano esta vehemente sospecha, justamente concebida a propósito mío, con sinceridad de corazón y no fingida fe abjuro, maldigo y aborrezco los mencionados errores y herejías, y en general cualquier otro error, herejía o secta contraria a la Santa Iglesia; y juro que en el futuro no oiré nunca más ni afirmaré, por escrito o de palabra, cosas por las cuales pueda ser objeto de semejantes sospechas; y si conociera algún hereje o a alguno que fuera sospechoso de herejía lo denunciaré a este Santo Oficio, o ante el Inquisidor u Ordinario del lugar donde me halle.
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Juro también y prometo cumplir y observar enteramente todas las penitencias que me han sido o me serán impuestas por este Santo Oficio, y si contravengo alguna de estas promesas y juramentos, cosa que no quiera Dios, me someto a todas las penas y castigos que los sagrados cánones y otras constituciones generales y particulares imponen y promulgan contra semejantes delitos. Que Dios me ayude, y estos sus Santos Evangelios que toco con mis propias manos.
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Yo, Galileo Galilei, he abjurado, jurado, prometido y me he obligado del modo que figura más arriba. En testimonio de la verdad he escrito la presente cédula de abjuración y la he recitado palabra por palabra en Roma, en el convento de Minerva, el 22 de junio de 1633. Yo, Galileo Galilei, he abjurado y firmado con mi puño y letra.
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¿Qué sabor deja en tu boca, lector, este texto que el padre de la física moderna fue obligado a escribir de su puño y letra y a leerlo después? Johannes Hemleben cuya biografía de Galileo Salvat editó en Barcelona, 1985, con traducción de Víctor Navarro Brotons, y de donde tomamos la abjuración del sabio, dijo a propósito del proceso: “Un juicio tan vergonzoso como aquel, cuya sentencia fue además ejecutada, no puede ser anulado al cabo de varios siglos. La sentencia absolutoria de una institución que es culpable de haber llevado a cabo un juicio falso carecería de sentido y, además, sería irreal. Por ello, vale la pena analizar en profundidad un proceso como el “caso Galilei” para poder averiguar las verdaderas causas del error y aprender de ellas para el futuro".
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H 38 – 16.02.2001
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De Gandhi
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Mis experiencias con la verdad
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El juicio comenzó. El fiscal del gobierno, el magistrado y los otros funcionarios se encontraban entre la espada y la pared. No atinaban a saber qué hacer. El fiscal insistía ante el magistrado para que se pospusiera el juicio. Pero yo solicité al juez que no se pospusiera, ya que quería declararme culpable de haber desobedecido la orden de salir de Champaran, y leí la breve presentación que sigue:
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“Con el permiso de la Corte, quisiera hacer esta presentación, explicando por qué asumí la responsabilidad de, aparentemente, desobedecer la orden pasada bajo la Sec. 144 de Cr. P. C. En mi humilde opinión, se trata de una diferencia de concepto entre la administración local y mi persona. Llegué al lugar con el objeto de cumplir un servicio nacional y humanitario. Lo hice en respuesta a una insistente invitación que se me hacía para que ayudara a los campesinos, quienes consideran que no son tratados con justicia por los plantadores de índigo. No puedo brindar mi ayuda sin estudiar antes el problema. Por lo tanto, llegué hasta aquí para estudiarlo con la colaboración, si es posible, de la administración local y de los plantadores. No tengo otro motivo, y no es posible creer que mi llegada aquí puede en forma alguna provocar disturbios, alterar la tranquilidad pública y determinar la pérdida de vidas. Creo que tengo suficiente experiencia en estos asuntos. La administración, sin embargo, pensó de manera diferente. Comprendo perfectamente sus dificultades, y admito también que sólo pueden proceder de acuerdo con las informaciones que reciben. Como un ciudadano respetuoso de las leyes, mi primer actitud debe ser, como lo fue realmente, obedecer la orden que se me daba. Pero no podría obedecerla sin violentar mi sentido del deber hacia quienes me han llamado y por quienes he venido. Siento que sólo puedo servirlos permaneciendo junto a ellos. Por lo tanto, no puedo retirarme voluntariamente. Y en este conflicto de deberes, sólo puedo echar la responsabilidad de apartarme de ellos sobre la administración. Soy plenamente consciente de que una persona que ocupa una posición en la vida pública de la India como la que yo ocupo, debe ser sumamente cuidadosa en sentar un ejemplo con mis actitudes. Es mi firme convicción que bajo la compleja constitución que estamos viviendo, la única actitud sana y honesta para un hombre que se respeta es, en las circunstancias en que yo me encuentro, hacer lo que he decidido hacer, es decir, someterme sin protesta a la acusación de desobediencia.
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“Hago esta presentación no para obtener una reducción de la pena que puede ser pronunciada contra mí, sino para señalar que he desobedecido la orden que se me hizo llegar no por querer faltar al respeto a la autoridad legal, sino en obediencia a la ley más importante de nuestra vida, la voz de la conciencia”.
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* Fragmento de la sexta edición, Madrid 1977, págs. 389/390. Traducción del inglés Manuel Gurrea.
H 36 – 02.02.2001
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Dice Paramahansa Yogananda acerca del Mahatma Gandhi y de su autobiografía


Gandhi ha escrito su vida con un candor sorprendente en la “Historia de mis experiencias con la Verdad”.
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Muchas autobiografías repletas de nombres famosos y acontecimientos coloridos han sido evidentemente silenciadas en cada fase de su análisis interno o desarrollo. Uno pone de lado muchos de estos libros con cierta decepción, como diciendo: “Aquí tenemos un hombre que conoció muchas personas notables, pero que jamás se conoció a sí mismo”. Pero esta reacción es imposible con la autobiografía de Gandhi; él expuso sus faltas y subterfugios con una devoción impersonal hacia la Verdad, rara en los anales de cualquier época.
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Ningún otro lider en el mundo ha logrado un lugar tan seguro en el corazón de su pueblo como el que Gandhi ha ocupado en millones de iletrados de la India. Éstos, en espontáneo tributo, le han asignado su famoso título: “Mahatma” (alma grande). Por ellos únicamente Gandhi limita su vestidura al conocido taparrabo, símbolo de su unidad con las pisadas masas que no pueden proveerse de otra cosa.
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La época de Gandhi se ha extendido, con la hermosa precisión de la edad cósmica, en un siglo ya desolado y arruinado por dos guerras mundiales.

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Un manuscrito divino aparece en la pared de granito de su vida: una advertencia contra más derramamientos de sangre entre hermanos.
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H 36 – 02.02.2001
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Serie Creencias del mundo
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El Camino del Tao
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José Carlos García Fajardo*
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Descalzarse y encender varillas de incienso, juntar las manos y postrarse en silencio, desde el vacío, porque "llegamos arrastrando nubes de gloria", dice Wordsworth, mientras Hopkins señala que "la más cara frescura vive en lo hondo de las cosas".
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Pretender escribir sobre el Tao es desconocer el Tao y, sin embargo, no hay realidad fuera del Tao, por eso "quien sabe, no habla y quien habla, no sabe". Sin límites ni sustancia, sin adjetivos ni definición, sin arriba ni abajo, sin adentro ni afuera, sin bueno ni malo, justo o injusto, yang o ying, la mayor felicidad consiste en no hacer nada para obtener la felicidad porque "el gozo perfecto es carecer de él". Si uno está en armonía con el Tao –el Tao cósmico, el que no puede nombrarse-, la respuesta llegará cuando llegue el momento de actuar pues uno actuará con arreglo al modo espontáneo del wu wei que, según Merton, es el modo de acción propio del Tao y es la fuente de todo bien, "hacer sin hacer" y plegarse a la naturaleza de las cosas sabiéndose uno con ellas.
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Acercarse a los textos sagrados del I Ching, o libro de las mutaciones; al Tao Te King, de Lao Tsé; a El Camino, de Chuang Tzú; o a las obras de Li Chi o de LieTzu, es abismarse en la esencia del pensamiento taoísta que, como el sabor del té, no puede explicarse pero puede alcanzarse. Y "saber cuando detenerse".
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Algo pueden ayudar los poetas tang, Li Po, Tu Fu, Po Chu Li o adecuar la respiración ante los paisajistas chinos en su anhelo de captar los ritmos vitales porque la estética china es animista y busca medios de unión con la naturaleza.
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El Taoísmo adquiere una enorme relevancia en nuestro tiempo porque puede resolver la crisis ecológica creada por la visión de antagonismo a la naturaleza del pensamiento judeo-cristiano que pretendió "dominarla", y ayudarnos a recuperar el contacto con los ritmos de la naturaleza y con el fluir de las energías en el cuerpo. Lo que el Zen denominará "recuperar el rostro originario", la identidad perdida.
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El Taoísmo es el sistema filosófico y religioso fundamental en China. Su fundación se suele atribuir al maestro Lao Tsé que vivió hacia el siglo V antes de Cristo y fue contemporáneo de Confucio y de Chiang Tsé. En realidad, el Tao Te King es una recopilación de aforismos de épocas diversas atribuidos a un bibliotecario de la corte imperial de los Cheu que, hastiado de la decadencia de las costumbres, se alejó hacia Occidente montado sobre un carabao azul. Cuenta la tradición que al guardián de la frontera, seguidor suyo, le dejó como recuerdo el famoso tratado, en 5.000 caracteres, Tao Te King o Tratado sobre el Tao y el Te, o sobre el Supremo Ser inefable y sobre la virtud que hace al hombre prudente para andar el Camino.
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Algunos de sus seguidores aventuraron que el Maestro, o más bien su doctrina, se dirigió hacia la India y que su doctrina habría influido en el Budismo. Como posteriormente este llegará desde la India y, en contacto con el Taoísmo, dará lugar al Chang que, más adelante, en contacto con el Sintoísmo, dará lugar al Zen en el Japón.
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Pocas lecturas habrá superiores al Tao Te King y a El Camino de Chuang Tzú. Podría eliminarse gran parte de la literatura universal sin que la echáramos de menos si podemos gustar con la punta de la lengua la sabiduría del Tao, nada digamos si acertamos a tragarla.
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El Taoísmo, como otras profundas sabidurías, admite que lo real es, en el fondo, uno: hay un principio de orden y de unidad que es misterioso e inefable, trascendente e inmanente, al que "por no saber su auténtico nombre, sólo lo llamamos Tao", o el Camino. "Hay algo que lo contiene todo. Es antes que el cielo y la tierra, es inmóvil, incorpóreo, en sí, inalterable, lo penetra todo, por siempre moviéndose. De modo que puede actuar como Madre de todas las cosas. Si ha de ser nombrado, que su nombre sea grande. La grandeza significa seguir adelante, seguir adelante significa llegar lejos, y llegar lejos significa regresar". El Taoísmo es la realidad suprema que reabsorbe todas las contradicciones, es principio de liberación para quien lo capta. El hombre del Tao escapa al mundo ilusorio y alcanza la plenitud. Después de la época de los emperadores Han, se constituyó el Taoísmo religioso. Por desgracia, posteriormente se mezclaron prácticas mágicas y supersticiones populares que lo desvirtuaron.
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Pero su esencia está ahí, aquí, en el silencio, en el vacío, en el ritmo y en el caminante que se sabe Camino, Verdad y Vida. Como dirá el shivaísmo de Cachemira, "el secreto es que no hay secreto" por eso, saberse Krishna, Buda, Tao, Cristo es saberse necesario como el hueco vacío del eje en donde confluyen los radios de la rueda, o el vacío que da su ser a la olla de arcilla, o el de las puertas y ventanas que se lo dan a la casa.
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El Taoísmo excluye el concepto de Ley, tan querido para Confucio y no digamos para el Judaísmo, y prefiere el de Orden, como ritmo que armoniza una infinidad de ritmos menores. Su concepto clave es el de Estructura. Es un "pensamiento asociativo o coordinativo" que reemplaza a la idea de causalidad, como señalan Granet y Wilheim, recogidos por Needham en su monumental obra Ciencia y Civilización en China. Las cosas están relacionadas, más que causadas, "el pensamiento chino desarrolló el aspecto orgánico, visualizando el universo como una jerarquía de partes y todos, infundidos por una armonía de voluntades".
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El sabio ve todas las cosas a la luz de la intuición. Está en el centro del círculo y ahí se mantiene mientras el “si” y el “no” se persiguen en torno a la circunferencia. “Los hombres verdaderos no tenían miedo cuando se encontraban solos en sus puntos de vista... respiraban profundamente desde los talones”.
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* Profesor de Pensamiento Político y Social de la Universidad Complutense de Madrid y Presidente de la ONG Solidarios para el Desarrollo.
H 36 – 02.02.2001

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Tao Te Ching
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Lao Tse
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En el mundo todos saben que lo bello es bello, y de ahí conocen qué es lo feo, que lo bueno es bueno, y de ahí qué no es bueno. El ser y no ser mutuamente se engendran. Lo fácil y lo difícil mutuamente se hacen. Lo largo y lo corto mutuamente se perfilan. Lo alto y lo bajo mutuamente se desnivelan. El sonido y su tono mutuamente se armonizan. Delante y detrás se suceden.
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Por eso, el hombre perfecto se aplica a la tarea de no hacer nada y de enseñar callando.
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Hace los diez mil seres. Nada rehúsa. Los engendra sin adueñarse de ellos. Los hace y no se apoya en ellos.
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Hecha su obra, no se queda con ella. No se queda con ella, pero tampoco se ausenta de ella.
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[…]
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Treinta radios lleva el cubo de una rueda; lo útil para el carro es su nada (su hueco).
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Con arcilla se fabrican las vasijas; en ellas lo útil es la nada (de su oquedad).
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Se agujerean puertas y ventanas para hacer la casa, y la nada de ellas es lo más útil para ella.
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Así, pues, en lo que tiene ser está el interés. Pero en el no ser está está la utilidad.
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H 40 – 02.03.2001
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A Mao Tse Tung se lo conoce como revolucionario, estadista, el comunista que inspiró la cuestionada Revolución Cultural. Aquí mostramos al otro hombre, al poeta, cuyos textos recogemos de la primera edición de “Poemas”, librillo editado en Pekín en 1978.
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Mao Tse Tung, poeta
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Kunlun
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Irguiéndote en la tierra, dominando el espacio,
salvaje Kunlun,
has presenciado todo lo bello de la primavera en este mundo.
Cuando tus tres millones de daragones de jade blanco vuelan,*
paralizan el cielo entero con penetrante frío.
Con los deshielos tuyos del verano,
se desbordan los ríos
convirtiendo a hombres en peces y tortugas.
Sobre el bien y el mal que has causado en millares de otoños,
¿quién a emitido juicio alguno?
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Mas hoy, Kunlun, te digo:
no seas tan alto,
no tengas tanta nieve.
Si pudiera sacar la espada que contra el cielo se reclina,
Te cortaría en tres pedazos:
uno para Europa,
para América, otro,
y dejaría uno en Oriente.
Así, paz reinaría en el mundo,
calor y frío por igual a través del globo.
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“Cuando los tres millones de dragones de jade blanco luchan, las escamas desprendidas de sus cuerpos vuelan llenando el cielo”, evocando así la nieve que cae. He echado mano de esta imagen para describir las montañas nevadas. En efecto, cuando se asciende a lo alto del Minshan en un día de verano y se mira a lo lejos, la multitud de montañas parece danzar en blanco torbellino. Al decir de la leyenda popular, cuando el Rey Mono pasó por allí, todas estas montañas llameaban; fue él quien tomó prestado el mágico abanico de hoja de palma y apagó el fuego; por eso aquellas montañas se volvieron blancas.
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Tres poemas breves
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I
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Montañas!
Al galope fustigo mi caballo, sin desmontar jamás.
Vuelvo la cabeza y me asombro:
estoy a tres pies y tres pulgadas del cielo.*
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II
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Montañas!
Mares y ríos que se vuelcan reventando en olas gigantescas.
Carrera enloquecida,
tropel de caballos, ebrios de combate.
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III
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Montañas!
Pincháis el azul del firmamento sin mellaros las puntas.
El cielo caería
si vuestra fuerza no lo sostuviera.
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Y el autor agrega esta canción popular:
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Arriba, el Monte de la Calavera,
abajo, el Monte de los Tesoros,
el cielo está a tres pies y tres pulgadas.
Tienes que bajar la cabeza si pasas caminando,
tienes que desmontar si pasas a caballo.
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Diálogo de poetas
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Liu Ya Tsi le expone sus pensamientos en verso a Mao Tse Tung.
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Cuán fuerte eres tú al crear cielo y tierra!
Difícil fue para mi inducir a Siang a someterse a Liu.
En materia de cánones yo no soy un Wu Lu,
no soy como Feng Juan, quien por un carro
se lamentaba ante su espada.
Qué remordimiento, mi vida malgastada,
aunque el corazón lo tendré leal hasta el postrer instante.
¡Ojalá de la expedición al Sur lleguen alegres nuevas!
El lago Fenju será entonces mi refugio de hermitaño.
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Mao Tse Tung responde en verso al pensamiento-poema de Liu Ya Tsi.
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Tomamos té en Kuangchou, aún no he olvidado;
en Chungching me reclamó versos, amarillecían las hojas.
Después de treinta y un años, heme de nuevo en la vieja ciudad;
aquí, en el tiempo en que caen los pétalos, leo sus hermosas líneas.
¡Cuide de no romper su corazón de tantas quejas!
Convendría siempre una visión más amplia de las cosas.
No diga que el lago Kunming es poco profundo;
es mejor que el río Fuchun para contemplar los peces.
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Despedida al dios de la peste[i]
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Dos lushi
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1° de julio de 1958. El 30 de junio, Renmin Ribao informó que en el distrito de Yuchiang
[ii] se había acabado con la esquistosomiasis. Luego que leí la noticia, tantos pensamientos acudieron a mi mente, que no pude conciliar el sueño. En la tibia brisa matinal, mientras el sol naciente roza mi ventana, dirigiendo las miradas hacia el lejano cielo del sur, en mi alegría escribo estos versos.
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I
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En vano estaban tantas verdes aguas, tantos montes verdes,
¡ni el mismo Jua Tuo
[iii] habría podido con el diminuto bicho!
Mil aldeas en malezas, los hombres languidecían,
diez mil hogares desiertos, canto de fantasmas.
En la tierra, sentado, uno recorre ochenta mil li
[iv] por día,
se le ofrecen a la vista, en esa ronda celeste, un millar de galaxias
[v].
Si el Vaquero
[vi] pregunta por el Dios de la Peste,
le diré que el duelo y la alegría se extinguieron por igual en el río del tiempo.
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II
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Los sauces mecen sus miríadas de ramas al viento de primavera,
todos Yao, todos Shun
[vii], los seiscientos millones de esta tierra.
La lluvia roja se arremolina en olas a voluntad del hombre,
las verdes montañas le sirven, solícitas, a modo de puentes.
Sobre las cinco Cordilleras
[viii], vecinas al cielo, caen relucientes las azadas de plata,
Los Tres Ríos
[ix] se someten, temblando, a los brazos de hierro.
¿Adónde quieres irte, oh Dios de la Peste?
Barcas de papel en llamas y cirios encendidos
[x] iluminan el cielo.
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[i] Yao y Shun fueron, según la leyenda, dos Emperadores sabios de la antigüedad china.
[ii] Distrito situado en el este de la provincia de Chiangsí, que había sido seriamente azotado por dicha enfermedad.
[iii] Célebre médico del período de los Tres Reinos (220-265).
[iv] Longitud de la línea ecuatorial.
[v] La Vía Láctea y otros sistemas estelares.
[vi] Se refiere al astro d de la Constelación del Águila de la Vía Láctea, astro que es conocido como el Vaquero. Según la mitología china, este astro es la personificación del campesino.
[vii] Según la mitología china, la peste era producida por él. Aquí personifica la esquistosomiasis.
[viii] Se refiere al sur de China.
[ix] Designa el valle del curso medio del río Amarillo, en la parte central de China.
[x] Alusión a la antigua costumbre de quemar barcas de papel y encender cirios para despedir a los dioses y ahuyentar a los demonios.
H 37 - 09.02.2001

Heráclito 17

La resurrección del tiempo *
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Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com
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“Años más tarde me tocó andar peligrosamente en la noche de Año Nuevo por las calles de Nápoles. De cada ventana, de cada una de las ventanas de cada casa napolitana, brotaban los fuegos artificiales, las bengalas y los cohetes. ¡Que competencia sin igual en la locura fosfórica! Lo grave para mí, transeúnte perdido en aquellas calles, fue que después de reconstituido el silencio y apagados los estallidos de la luz, comenzaron a caer a mi alrededor toda clase de objetos indescriptibles. Mesas cojas, librotes y botellas, desvencijados sofás, marcos desdorados con fotografías bigotarias, cacerolas agujereadas. Los napolitanos tiran por el balcón sus pobrezas del año. Se desprenden con alegría de los trastos inútiles y asumen en cada resurrección del tiempo el deber de la limpieza sin concesiones” (Pablo Neruda, “Por las costas del mundo”, Ed. Andrés Bello 1999).
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Las gentes miran el cambio del milenio como un hecho de inusual importancia. Algunos lo ven como un privilegio deparado a estas generaciones. Otros, como un episodio decisivo en la vida de la humanidad, más aún de lo que han sido los sucesivos reemplazos de calendarios que hicieron cada 365 días. No faltan quienes buscan significados mágicos o misteriosos en el advenimiento del 2001, que es cuando de verdad cambia el milenio cristiano. Y quienes preanuncian catástrofes nunca antes ocurridas.
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No pocos asumen el año que vendrá como todo otro advenimiento del tiempo, y se esperanzan, como lo hicieron tantas veces como años cuentan en sus vidas, con un porvenir mejor.
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Finalmente los hay que miran el hecho como el simple devenir de un nuevo amanecer, tal como acontece con cada día de cada mes de cada año de sus vidas. Éstos últimos son quienes gozan de mi simpatía.
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Cierto es que el hombre necesita señales, hitos, referencias para marcar el tiempo ido y el por venir. Un compás, un péndulo, un tic tac que le marque alguna clase de ritmo en su transcurrir por el mundo. La vida –que de eso se trata- no parece posible en un devenir llano, continuo, sin pulsiones que la conmuevan de cuando en cuando, de modo que sea la acumulación de todos esos cuandos lo que deje en cada quien la sensación de haber vivido. Cada día de año nuevo es también una pulsión, y en mayor medida lo es cada día de una nueva década. Y qué decir del día primero de un siglo. Pero el día uno de un milenio -¡de un milenio!-, ese día tiene, para tantos, un significado que escapa a toda medida. Entonces se disponen para asistir a lo extraordinario, inimaginado por quienes ya partieron e inimaginable para quienes estamos todavía poblando de pié el planeta. Y no tan sólo el planeta. Porque siendo el tiempo una categoría universal, el cambio, si es tal, es para todo el Universo. Entonces ¿cómo no ver el tránsito como un devenir desmesurado y, por tanto, alojo de episodios o de esperanzas sin medida?
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Los hay (lo dije antes) que no ven en ello nada extraordinario, salvo lo que de extraordinario tiene el despertar cada día para ver la luz y amanecer a la certeza de estar vivos. Ellos (nosotros) no alzan fetiches para conmemorar los hechos que los tiempos ya borraron. No buscan en la vida otra justificación que la vida misma. Son, ignoro cuántos, los que cumplen días en vez de años y por eso celebran cada amanecer. Los que, en definitiva, tienen un poeta, ignoto quizá, alojado en sus adentros. No mejores, no peores, tampoco diferentes. Son, no otra cosa, los que ven en cada instante la resurrección del tiempo. Y miran (miramos) con alguna indiferencia los episodios infrecuentes, celebrando cada jornada de la propia vida para decir con Heráclito que el sol es nuevo cada día.
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Con el alba de cada jornada, entonces, ser napolitano, acompañar a la luna en su travesía, celebrar la vida.
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* Un apunte inicial de esta nota fue publicado en La Nación de Buenos Aires, el 14 de diciembre de 1999.
H 31 – 29.12.2000
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La utopía como esperanza y anhelo de felicidad
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Rogelio Blanco Martinez
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Desde que tenemos conocimiento de los comportamientos del hombre, sabemos que éste viaja incesantemente con una fuerza inevitable y, a la vez, esperanzadora, hasta un punto de deseo que le haga feliz; esta capacidad anhelante es anticipadora y, con frecuencia, se llama utopía. (Aquí, el concepto de utopía, “no-lugar”, no debe confundirse con el de utopía, “el buen-lugar”).
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Esa imaginación anhelante de futuro, más o menos próximo, es una forma primigenia de empezar a construír desde el momento en el que se sueña. Ya, en el Antiguo Testamento los profetas, hombres despiertos y de gran lucidez, discurrían y enseñaban a sus conciudadanos acerca de futuros fenómenos que, posteriormente, se verificarían y que, potencialmente, serían salutíferos. Tales sueños o fantasías de anticipación fueron adaptándose reiteradamente en cada momento histórico. Cada desarrollo anhelante de felicidad, cada proyección utópica devenían en favorecer un aspecto de esa imparable capacidad de imaginación del hombre. Capacidad que, las más de las veces, se presentaba anticipadora, (fórmula bien conocida en la filosofía griega). Estos anhelos y esperanzas del hombre históricamente, se han plasmado en sociedades concretas, se han perfilado en proyectos utópicos con visión de futuro. El hombre predice, imagina, sueña su futuro. Y en este ejercicio evoluciona desde los viejos mitos hasta las modernas elucubraciones científicas
[ii].
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Para llegar al actual pundo donde nos encontramos, para alcanzar una situación que en tiempos pasados se calificaría como utópica, ha sido preciso que determinados prohombres ensoñaran viajes extraordinarios, viajes mentales, que posteriormente se acercarían a la realidad; basta contemplar casos tan ilustrativos como Francis Bacon, Isaac Newton, Albert Einstein o Julio Verne. Ese deseo de soñar ya deviene en el hombre desde el prototípico comportamiento de los legendarios Dédalo e Ícaro, cuando ensamblaron plumas con cera para constrir las alas que les ayudarían a huir del laberinto.
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De modo natural el hombre trabaja a favor de la utopía, de la felicidad, para la esperanza. “Esperanzas que, a través de los siglos, alumbraron el camino de la humanidad: esperanzas o utopías (neomagias, ensayos científico-técnicos, construcciones decisivas...) que han venido acumulándose para organizar sociedades mejores"
[iii].
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La teleología del hombre en este mundo es la búsqueda de espacios felices; el hombre tiene una propensión innata hacia la utopía. Propensión que suele realizar a través de sueños, desarrollos religiosos, edenes o paraísos terrenales, etc., en una palabra, descubriendo una utopía. “La mayor fuerza de los diálogos discursivos de Platón radican, cuando se leen en un registro utópico, en el aserto de que la ciudad ideal había existido ya, antiguamente. Desde la evocación platónica de las ‘Atenas’ de tiempos antiguos en el Critias hasta la añoranza de los ingleses por la época anterior al yugo normando y hasta el primitivismo del siglo XVIII, en modo nostálgico, ha sido una de las constantes auxiliares de la utopía”
[iv].
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Así pues, el hombre realiza un desarrollo onírico, ejecuta su capacidad de soñador en esa búsqueda de elevarse sobre las insatisfacciones de este mundo, a fin de buscar algún espacio edénico; por otra parte, no es propio del soñador el tener una actitud negativa. Se puede afirmar, pues, que el anhelo de felicidad es inherente a la naturaleza humana y que la utopía contribuye a reforzar tal anhelo, porque ésta es una manifestación necesaria del hombre, es una necesidad radicalmente antorpológica. “En un principio utopía es la imagen de un deseo. Posteriormente esta imagen se complicará y diversificará, llegará incluso a convertirse en una forma profunda de expresar una crítica o una sátira social pero en su base persistirá siempre un deseo irreal. La historia de la utopía, reflejará por consiguiente, las condiciones de vida y las aspiraciones de los individuos y de las clases en diferentes épocas de la historia. El país descrito bajo el nombre de utopía variará, naturalmente, con los diferentes escritores, pero por encima de estas variaciones hallaremos una modificación continua que sigue el curso normal del deseo histórico... Los poetas, los profetas, los filósofos, la han utilizado para instruir o para deleitar, pero antes que los poetas, los profetas y los filósofos, está el pueblo, con sus fortunas y desgracias, sus leyendas y sus sueños”
[v].
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[i] “La ciudad ausente”, Akal, Madrid 1999, pp. 54 a 56.
[ii] W.H.G. Armytage, "Visión histórica del futuro", Península, Barcelona 1971. Obra clásica dedicada a narrar el optimismo antropológico frente al futuro.
[iii] S. Vilar, El viaje y la eutopía, iniciación a la teoría y a la práctica anticipadoras, Laila, Barcelona 1985, pág. 8.
[iv] F.E. Manuel y F.P. Manuel, "El pensamiento utópico en el mundo occidental, antecedentes y nacimiento de la utopía" (hasta el siglo XVI), ibíden, pág. 9.
[v] M.J. Lasky, "Utopía y revolución", Fondo de Cultura Económica, México 1985, págs. 9 y ss.
H 32 – 05.01.2001
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Serie Creencias del mundo
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Budismo: iluminación y sabiduría
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José Carlos García Fajardo*
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El budismo enseña que el camino a la Verdad es un viaje hacia el interior de uno mismo; todos poseemos la naturaleza de Buda en lo más profundo y el sentido de la vida consiste en despertar a la auténtica realidad.
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Señala A. Shearer que el género humano es único en cuanto a su capacidad de infelicidad. Es como si nos hubieran herido con una flecha envenenada pero, antes de aceptar ayuda, nos debatimos razonando sobre quién la ha disparado, en qué dirección vino y de qué material está hecha. La actitud budista es arrancarse inmediatamente la flecha. Aceptamos las limitaciones y adversidades como algo consubstancial a la vida mientras nos enajenamos buscando satisfacciones en el trabajo, las relaciones sociales o en los sentidos. Es como un preso que pintase de purpurina los barrotes de su celda, pero sigue privado de libertad.
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De acuerdo con el budismo, vivimos dominados por el sufrimiento y urge encontrar una solución, porque si no reconocemos este hecho y encontramos la causa, no seremos capaces de reconocer nuestro derecho a ser felices en armonía con los demás seres.
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Buda jamás admitió tener ningún don especial, ni inspiración divina o ser enviado de Dios para fundar religión alguna, nos legó una doctrina basada en conocimientos científicos cuyas fuentes ignoramos. De hecho, advertía a sus oyentes de que no aceptasen sus palabras ciegamente sino que las contrastase con la ineludible experiencia personal. Conocida es su expresión "Venid y vedlo por vosotros mismos" que los maestros Zen transformarán en "¿Cómo te voy a contar el sabor de una taza de té?". Se trata de una revolución de la consciencia al trascender el sentido individual del yo. Este cambio radical en la percepción es la única curación del sufrimiento que padecemos y que causamos a los demás. El despertar significa plenitud, felicidad y gozo.
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Su mensaje se recoge en el Dhammapada: "Las enseñanzas que conducen a la paz y no a las pasiones, al despego y no al egoísmo, a la frugalidad y no a la avidez, a la satisfacción y no a la insatisfacción, a la soledad y no a la multitud, a la alegría de hacer el bien y no el mal, son las que nos permiten afirmar con certeza."
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Sidharta Gautama nació hacia el 560 a. C. en una región fronteriza entre India y Nepal. Su padre era rey del clan de los sakyas, de donde le vendría el sobrenombre de Sakyamuni. Aunque personaje histórico, su infancia se ha mitificado y nos ha llegado envuelta en leyendas, como las de los demás fundadores de religiones. Vivió en una época en la que, en el espacio de un siglo, serían contemporáneos Lao- Tsé y Confucio, en China; Heráclito, Pitágoras y Sócrates, en Grecia; Zoroastro, en Persia; el profeta jaín Mahavira, en India y de los grandes profetas de Israel, separados entre sí por millares de kilómetros y surgidos en culturas diferentes.
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Su padre rodeó al príncipe de todos los lujos sin permitirle salir del palacio. Se casó a los dieciséis años y tuvo un hijo al que llamó Rahula. Pero un día, Sidharta salió y vio pasar a un anciano encorvado, después a un enfermo y, finalmente, vio un cadáver envuelto en un sudario. A sus preguntas, respondió su fiel Channa: "Es la vida, mi señor". Profundamente impresionado, regresaba al palacio cuando descubrió a un sadhu, santón errante, con la serena expresión de su rostro y tomó la determinación de abandonar la vida que llevaba y acompañar a los santones en su búsqueda de la Verdad que permanece.
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Abandonó el palacio con Channa, cortó sus cabellos y cambió sus vestidos por los de un mendigo a quien regaló el caballo y, durante siete años, practicó la meditación en la aspereza del ascetismo.
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Pero no encontró la felicidad y abandonó a los ascetas después de haber oído a un pescador que recomendaba a su hijo, refiriéndose a las cuerdas del laúd "Ni tan tenso que se rompa ni tan flojo que no suene".
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Se retiró a los jardines de Bodh Gaya, y se sentó bajo una higuera a meditar hasta que alcanzase la iluminación. Así permaneció durante cuarenta y nueve días hasta que el 8 de diciembre, cuando Venus brillaba en el firmamento, alcanzó la iluminación, o budheidad, y exclamó "Todos los seres son Budha". Comprendió que todos están iluminados pero que no son conscientes de ello por vivir atados a los apegos.
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Budha, o "el plenamente consciente", tenía 35 años cuando tuvo lugar su nirvana y hasta su muerte, a los ochenta años, viajó por el noreste de la India enseñando el camino, dharma, estableciendo comunidades de monjes, shanga, y viviendo la compasión por todos los seres.
Antes de morir, reunió a sus monjes y les rogó que no se afligieran porque la "decadencia es inherente a todas las cosas compuestas" y les urgió para "que fueran diligentes para alcanzar su despertar".
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Buda enseñaba el dharma a todo aquel que encontraba sin importarle su estado o condición social, hombre o mujer, rechazaba el sistema de las castas. Cuando le preguntaban por los dioses o por la vida después de la muerte les remitía a sus propias experiencias, advirtiéndoles de que no aceptasen doctrinas porque las propusiera una autoridad o las avalase la costumbre.
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"El bienaventurado Gautama enseña el dharma utilizando un sistema que escapa al razonamiento y que se basa en la práctica".
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Buda no escribió nada. Sus enseñanzas se recogieron en los aforismos del Dhammapada. Surgieron varias escuelas: el Theravada, o "Doctrina de los Ancianos" que se extendió a Ceilán, Birmania y Tailandia, y el Mahayana o "Gran vehículo" que se extendió por Tíbet, China y Japón.
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La enseñanza de Buda fue enunciada en el Parque de los ciervos de Sarnath, cerca de Benarés, en el discurso sobre "Las cuatro nobles verdades": del sufrimiento, de la causa del sufrimiento, del fin del sufrimiento y de la óctuple senda.
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La vida es sufrimiento porque nada permanece y nos aterra morir. Aunque Buda jamás negó la felicidad que pueden ofrecer el amor, el trabajo, la familia y la amistad, su realismo descubre que toda experiencia es insatisfactoria porque no perdura.
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Para Buda la causa de nuestra penuria radica en la ignorancia o percepción equivocada de la realidad y llama a trascender este sentido de existencia aislada y descubrir la libertad y felicidad del nirvana. Una mente clarificada por la meditación ve las cosas como son en realidad.
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En el “Sermón de las flores”, cuando le preguntaron sobre la naturaleza del nirvana, cogió una flor y permaneció en silencio. Sólo su discípulo Ananda sonrió, y Buda le entregó el manto, el cuenco y el bastón.
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Cuando le preguntaron sobre la causa de la alegría de sus discípulos, respondió: “No se arrepienten de su pasado, ni se obsesionan con el futuro. Viven en el presente y por eso están radiantes de felicidad”.
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* El autor es profesor de Pensamiento Político y Social de la Universidad Complutense de Madrid y presidente de la ONG Solidarios para el Desarrollo.
H 35 – 26.01.2001
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El hombre sin pasado
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Carlos Parma *
Especial para Heráclito
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Su mundo era virtual, él no tenía pasado. Un sitio web con más de 35 megas a nombre de Tomás Mor le daba razón a su existencia. En tanto, se lo conocía en el universo digital como “el pájaro”, precisamente por su don de estar en cada casa imprevisiblemente y su rapidez para fugarse sin ser visto.
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Su página era visitada por cientos de miles de internautas a diario, ya que ofrecía una variada gama de soluciones para ser feliz.
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"Mi novio me ha dejado por otra", consultaba enardecida una adolescente de Estocolmo... “volverá la tesis de Max Planc...”, rezaba la predica de un anciano de Burundi. Y “el pájaro”, como si fuera un Garrik cibernético, aconsejaba en el mismo tiempo que era consultado.
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Su computadora vivía permanentemente conectada, las respuestas estaban como preordenadas, por lo que “el pájaro” muy pocas preguntas contactaba personalmente. Su programa se encargaba de todo, hasta de cobrar una fuerte suma de dinero mensual, incorporarla a su cuenta bancaria y enviar la orden para que un mensajero se la entregue en mano, en su propio domicilio. Este circuito hacía que nuestro protagonista no deje nunca su hogar absolutamente para nada.
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Tenía un vago recuerdo de su madre reprochándolo. Una infancia amordazada y un padre ausente, se encargarían de estigmatizarlo como un carenciado afectivo.
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Nunca supo que la lengua vasca era única y de las más antiguas del mundo, tampoco sintió en la piel la mística que instalaron los sacerdotes de Ur o Lagash. Nadie le habló de la toma de Bizancio o de las dudas del Dante frente a las puertas del infierno... el mundo para él no tenía pasado.
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Cuando dormitaba, una brizna de imágenes lejanas lo invadían. Era la voz de una gitana, que en un etéreo encuentro en el Albaicin le asestó -como un dardo- su profecía ... “asesinarán al asesino...”
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Oblicuo y perspicaz, el mouse deambulaba por el paño cuando inusualmente “el pájaro” se detuvo para preguntarse ¿qué hora era? Miró el ángulo inferior de su monitor y exclamó: “las dos de la tarde”. Un frío colapsó su interior y una mortecina escena se apropió de su sala... la pregunta decía algo más. Casi sin aliento, dirigió el ratón a “pedidos” (un icono que le permitía conectarse con el mundo exterior, aun para pedir comidas a domicilio). Pidió una hamburguesa y una gaseosa y luego se desplomó.
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El espanto era su dueño en el lúgubre devenir de ideas que lo obligaban a volver sobre aquel acertijo ¿qué hora es?... ¿dónde?...¿en el cuadrante de mi vida? Esto lo hizo advertir dos dimensiones. El tiempo horario, que reproducía y retomaba el tiempo cósmico que se establece según el movimiento de la tierra y la posición del sol, o la “hora de su vida”, que en el arco vital de la existencia siempre tiende hacia el fin.
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Comprendió que el presente era sólo un punto en el curso lineal de su tiempo existencial. Así, limitado y acorralado por el instante anterior y el inmediato futuro, se cuestionó su vivencia en el tiempo cosmológico y, aunque no lo conocía, pensó con Bergson y pudo hablar de una “vivencia exclusiva del tiempo espiritual” o con Husserl “de una vivencia del tiempo inmanente”, o tal vez de aquella visión Agustiniana de la “subjetividad” del tiempo. Cierto era que su pasado estaba signado a ser extinto, su presente volátil y fugaz y su futuro incierto, salvo aquella premonición ilegible de la sibila granadina.
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Un timbre vigilante anunciaba a alguien en la puerta. “Es la comida”, razonó.
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Al abrir la puerta una daga filosa atravesó su humanidad. Apareció diáfana la imagen de su madre dándole un beso antes de dormir. “¡Hijo de perra!” profirieron sus fauces... y níveo penetró súbitamente al túnel del silencio eterno.
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El caco le quitó el reloj, una buena suma de dinero y revisando la casa vio una opulenta computadora prendida que le llamó la atención. Pensó en llevarla pero era muy grande. Menos mal, porque “el pájaro” pagaría con gusto con su vida antes que alguien toque su web.
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Al día siguiente, el diario “Noticia” tituló: “Fue abatido famoso asesino serial en una disputa con policías”. Abajo decía: “Se sabe que había practicado recientes atracos. Entre sus pertenencias había un valioso reloj con las siglas WWW. La policía sigue investigando".
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Intertanto, la computadora seguía contestando los requerimientos de los cibernautas y solucionando sus problemas...

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* El autor es Juez de Cámara del Departamento Judicial de Mendoza, Argentina y Profesor de Derecho Penal de la Universidad Nacional de Cuyo.
H 34 – 19.01.2001
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La duración del infierno
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Jorge Luis Borges *
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... Ahora se levanta sobre mí el tercero de los argumentos, el único. Se escribe así, tal vez: Hay eternidad de cielo y de infierno porque la dignidad del libre albedrío así lo precisa; o tenemos la facultad de obrar para siempre o es una delusión este yo. La virtud de este razonamiento no es lógica, es mucho más: es enteramente dramática. Nos impone un juego terrible, nos concede el atroz derecho de perdernos, de insistir en el mal, de rechazar las operaciones de la gracia, de ser alimento del fuego que no se acaba, de hacer fracasar a Dios en nuestro destino, del cuerpo sin claridad en lo eterno y del detestabile cum cacodaemonibus consortium. Tu destino es cosa de veras, nos dice, condenación eterna y salvación eterna están en tu minuto; esa responsabilidad es tu honor. Es sentimiento parecido al de Bunyan: Dios no jugó al convencerme, el demonio no jugó al tentarme, ni jugué yo al hundirme como en un abismo sin fondo, cuando las aflicciones del infierno se apoderaron de mí; tampoco debo jugar ahora al contarlas. (Grace Abounding to the Chief of Sinners; The Preface.)
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Yo creo que en el impensable destino nuestro, en que rigen infamias como el dolor carnal, toda estrafalaria cosa es posible, hasta la perpetuidad de un infierno, pero también que es una irreligiosidad creer en él.
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Posdata
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En esta página de mera noticia puedo comunicar también la de un sueño. Soñé que salía de otro –populoso de cataclismos y de tumultos- y que me despertaba en una pieza irreconocible. Clareaba: una detenida luz general definía el pie de la cama de fierro, la silla estricta, la puerta y la ventana cerradas, la mesa en blanco. Pensé con miedo ¿dónde estoy? Y comprendí que no lo sabía. Pensé ¿quién soy? y no me pude reconocer. El miedo creció en mí. Pensé: Esta vigilia desconsolada ya es el Infierno, esta vigilia sin destino será mi eternidad. Entonces desperté de veras: temblando.
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* “Discusión”, Obras Completas, tomo 1, ed. Emecé, Barcelona 1996, pp. 237 y 238.
H 33 – 12.01.2001
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Friedrich Nietzsche *


-Viajero, ¿quién eres tú? Veo que recorres tu camino sin desdén, sin amor, con ojos indescifrables; húmedo y triste cual una sonda que, insaciada, vuelve a retornar a la luz desde toda profundidad -¿qué buscaba allá abajo?-, con un pecho que no suspira, con un labio que oculta su náusea, con una mano que ya sólo con lentitud aferra las cosas: ¿Quién eres tú? ¿Qué has hecho? Descansa aquí: este lugar es hospitalario para todo el mundo –¡recupérate! Y seas quien seas: ¿Qué es lo que ahora te agrada? ¿Qué es lo que te sirve para reconfortarte? Basta que lo nombres: ¡lo que yo tenga te lo ofrezco!

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–¿Para reconfortarme? ¿Para reconfortarme? Oh tú, curioso, ¡qué es lo que dices! Pero dame, te lo ruego.
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-¿Qué? ¡Dilo!
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–¡Una máscara más! ¡Una segunda máscara...
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* “Más allá del bien y del mal”, sección novena, Orbis, Buenos Aires 1983, parr. 278, pp. 243 y 244.
H 33 – 12.01.2001
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Lecturas escogidas
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Bertrand Russell *
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Entre los muchos novelistas sombríos de la escuela realista, acaso el más lóbrego sea Gissing. Como todos sus personajes, vive bajo el peso de una gran opresión: el poder del temido y, sin embargo, adorado ídolo del dinero. Una de sus novelas típicas es ‘El rescate de Eva’, donde la heroína, con varios subterfugios vergonzosos, desprecia al hombre pobre a quien quiere, para casarse con el hombre rico, cuyas rentas desea aún más. El pobre, dándose cuenta de que las rentas del rico le proporcionan a la joven una vida mejor y de más categoría que la que podría proporcionarle su amor, decide que ella obró muy bien y que él merece ser castigado por su falta de dinero. En esta novela, como en otros libros suyos, Gissing ha presentado, de una manera completamente exacta, el actual nominio del dinero y la impersonal adoración que exige de la gran mayoría de la humanidad civilizada (...)
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Su adoración al dinero va unida a su conciencia de derrota interior. En el mundo moderno, en general, la miseria de la vida es lo que ha promovido la religión de los bienes materiales; y la religión de los bienes materiales ha acelerado, a su vez, la miseria de la vida con la cual medra.
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* “La propiedad", Escritos básicos, trad. Aníbal Froufe, ed. Planeta-De Agostini, Barcelona 1985, T. II, p. 423.
H 26 – 24.11.2000

Heráclito 16

Séneca editorializa para Heráclito *
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He aquí que Sócrates, desde aquella cárcel que purificó al entrar haciéndola más honorable que toda curia, grita: “¿Qué locura es ésta, qué natunaleza es ésta, enemiga de los Dioses y de los hombres, que infama la virtud y viola lo sagrado con palabras malignas? Si podéis, alabad a los buenos, si no, dejadlos por lo menos; y si os agrada ejercer esta tétrica licencia atacaos los unos a los otros. Pues cuando os enfurecéis contra el cielo, no digo que hacéis un sacrilegio sino que perdéis el tiempo. Alguna vez di yo a Aristófanes materia para un chiste y toda aquella turba de venenosos poetas derramó sobre mí sus venenosos donaires. Quedó esclarecida mi virtud por aquellas mismas cosas con que se le atacaba, pues le viene muy bien ser expuesta y tentada y nadie entiende mejor cuánta es la virtud como los que atacándola sintieron sus fuerzas. Nadie conoce mejor la dureza del pedernal como el que le hiere. Me pregunto como una roca solitaria en el mar, a la que las olas, vengan de donde vinieren, no dejan de azotar, sin que la muevan de su lugar ni a lo largo del tiempo la destruyan con sus frecuentes asaltos. Acometed, atacad; soportándoos os venceré. Lo que ataca a cosas firmes e inexpugnables ejerce su fuerza en mal suyo. Buscad, por tanto, una materia blanda y que ceda para clavar en ella vuestros dardos...”
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¿Por qué no miráis mejor a vuestros propios males que por todas partes os traspasan, unos cercándoos por de fuera, otros ardiendo en vuestras entrañas? Aunque conozcáis tan poco vuestro estado, no han llegado las cosas humanas al punto de que os quede tanto ocio que podáis dedicar vuestra lengua a vituperar a los mejores.

* “De la vida bienaventurada”, parr. XXVII.
H 27 – 01.12.2000
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Del Nuevo Testamento
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Jesús lava los pies de sus discípulos. *
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1 Antes de la fiesta de la pascua, sabiendo Jesús que su hora había llegado para que pasase de este mundo al Padre, como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin.
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2 Y cuando cenaban, como el diablo ya había puesto en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, que le entregase,
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3 sabiendo Jesús que el Padre le había dado todas las cosas en las manos, y que había salido de Dios, y a Dios iba,
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4 se levantó de la cena, y se quitó su manto, y tomando una toalla, se la ciñó.
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5 Luego puso agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos, y a enjugarlos con la toalla con que estaba ceñido.
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6 Entonces vino a Simón Pedro; y Pedro le dijo: Señor ¿tú me lavas los pies?
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7 Respondió Jesús y le dijo: Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora; mas lo entenderás después […].
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16 De cierto de cierto os digo: El siervo no es no es mayor que su señor, ni el enviado es mayor que el que le envió.
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17 Si sabéis estas cosas, bienaventurados seréis si las hiciereis.
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18 No hablo de todos vosotros; yo sé a quiénes he elegido; mas para que se cumpla la Escritura: El que come pan conmigo, levantó contra mí su calcañar.
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19 Desde ahora os lo digo antes que suceda, para que cuando suceda, creáis que yo soy.
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20 De cierto de cierto os digo: El que recibe al que yo enviare, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió.
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* S. Juan, 13.
H 31 – 29.12.2000
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Del Levítico, 25
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El año del reposo de la tierra y el año del jubileo.
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1 Jehová habló a Moisés en el monte de Sinaí, diciendo:
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2 Habla a los hijos de Israel y diles: Cuando hayaís entrado en la tierra que yo os doy, la tierra guardará reposo para Jehová.
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3 Seis años sembrarás tu tierra y seis años podarás tu viña y recogerás sus frutos.
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4 Pero el séptimo año la tierra tendrá descanso, reposo para Jehová; no sembrarás tu tierra ni podarás tu viña.
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5 Lo que de suyo naciere de tu tierra segada, no lo segarás, y las uvas de tu viñedo no vendimiarás; año de reposo será para la tierra.
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6 Mas el descanso de la tierra de dará para comer a ti, a tu siervo, a tu sierva, a tu criado y a tu extranjero que morare contigo;
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7 y a tu animal y a la bestia que hubiere en tu tierra, será todo el fruto de ella para comer.
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8 Y contarás siete semanas de años, siete veces siete años, de modo que los días de las siete semanas de años vendrán a serte cuarenta y nueve años.
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9 Entonces harás tocar fuertemente la trompeta en el mes séptimo de los diez días del mes; y el día de la expiación haréis tocar la trompeta por toda vuestra tierra.
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10 Y santificaréis el año cincuenta, y pregonaréis libertad en la tierra a todos sus moradores; ese año os será de jubileo, y volveréis cada uno a vuestra posesión, y cada cual volverá a su familia.
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11 El año cincuenta os será jubileo; no sembraréis, ni segaréis lo que naciere de suyo de la tierra, ni vendimiaréis sus viñedos,
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12 Porque es jubileo; santo será a vosotros; el producto de la tierra comeréis.
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13 En este año de jubileo volveréis cada uno a vuestra posesión.
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14 Y cuando vendiereis algo a vuestro prójimo, o comprares de mano de vuestro prójimo, no engañe ninguno a su hermano.
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15 Conforme al número de los años después del jubileo comprarás de tu prójimo; conforme al número de los años de los frutos te venderá él a ti.
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16 Cuanto mayor fuere el número de los años, aumentarás el precio, y cuanto menor fuere el número, disminuirás el precio; porque según el número de las cosechas te venderá él.
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17 Y no engañe ninguno a su prójimo, sino temed a vuestro Dios; porque yo soy Jehová vuestro Dios.
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18 Ejecutad, pues, mis estatutos y guardad mis ordenanzas y ponedlos por obra, y habitaréis en la tierra seguros;
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19 y la tierra dará su fruto, y comeréis hasta saciaros, y habitaréis en ella con seguridad.
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20 Y si dijereis: ¿Qué comeremos el séptimo año? He aquí no hemos de sembrar, ni hemos de recoger nuestros frutos;
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21 entonces yo os enviaré mi bendición el séptimo año, y hará fruto por tres años.
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22 Y sembraréis el año octavo y comeréis del fruto añejo, hasta el año noveno, hasta que venga su fruto, comeréis del añejo.
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23 La tierra no se venderá a perpetuidad, porque la tierra mía es; pues vosotros forasteros y extranjeros sois para conmigo.
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H 31 – 29.12.2000
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Del Bhagavad Guita y de Gandhi
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Y, sin embargo, estos seres no están en Mí. ¡Ese es, realmente, Mi poder único como Señor! Siendo el Sostén de todos los seres, Yo no estoy en ellos; Mi Ser los trae a la existencia (Guita IX, 5).
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Gandhi anota este versículo así:

En este misterio, este milagro, reside el poder soberano de Dios: todos los seres están en Él; Él está an ellos, y sin embargo no está en ellos. Ésta es la descripción de Dios en el lenguaje de los hombres mortales. En el hecho, Él ayuda a los hombres revelándoles Sus aspectos por medio de toda clase de paradojas. Todos los seres están en Él, por cuanto toda la creación es Suya; pero como Él trasciende todo y realmente no es el autor de todo, puede decirse igualmente que los seres no están en Él. Él está realmente en todos sus devotos verdaderos, y Él no está, según ellos, en los que lo niegan. ¿Qué es esto sino un misterio, un milagro de Dios?*.
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* Nota de la traducción al inglés del Bhagavad Guita, cuya versión española correspondió a Inés Lazo Preus, M. A., Universidad de Benarés, India. Ed. Kier, Buenos Aires, 1997. En el prólogo de esta edición, Ismael Quiles anota: “Es sin duda el Bhagavad Guita una de las obras de la literatura hindú en la cual los textos teístas y el diálogo permanente con el Absoluto, si no personal menos personalizado, hace que sus fórmulas sean las que más se acercan a las del teísmo cristiano. De ahí que muchas de sus oraciones pueden ser repetidas literalmente por los cristianos en su sentido propio”.
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H 22 – 27.10.2000
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Aryuna dijo: (54) Oh Keshava (Krishna), ¿cuáles son las señales del hombre cuyo entendimiento es seguro, cuya mente está fija en la meditación? ¿Cómo habla? ¿Cómo se mueve?
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El Señor dijo: (55) ¡Oh Partha! Cuando un hombre pone a un lado todos los anhelos que surgen en la mente y se reconforta solamente con el Atman (alma), entonces es llamado el hombre se seguro entendimiento.
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Y estos otros, así:
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Reconfortarse con el Atman significa buscar satisfacción espiritual en nuestro interior, no en los objetos exteriores que por su propia natulaleza nos dan el placer y el dolor. Satisfacción espiritual o suprema felicidad (ananda) debe ser distinguida del placer o felicidad corrientes*.

* La versión, nota y traducción al gujarati y de él al inglés corresponde al Mohandas K. Gandhi, el Mahatma. La versión al español es de Inés Lazo Preuss M. A. Ed. Kier, Buenos Aires 1977, pp. 44 y 45.
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Serie Creencias del mundo
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Hinduismo: una actitud ante la vida *
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José Carlos García Fajardo**
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El viajero que llegue a India con mentalidad occidental encontrará una "religión llena de dioses", de los cuales los más conocidos son Brahma, Visnú y Siva, la Trinidad hindú. Pero esto nada tiene que ver con la realidad. En India, más que panteísmo existe un panenteísmo. La divinidad lo es todo en todas las cosas. Lo que los extraños llaman dioses no son más que aspectos del único Dios que está en nosotros, y "en el que vivimos, nos movemos y somos", como escribiría San Pablo mil años después.
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"El hinduismo no es una religión -dice el filósofo Raimon Panikkar- ni una doctrina, ni siquiera una esencia: es aquello que queda cuando se excluye todo lo demás. En términos occidentales, el hinduismo es una ex-sistencia", una actitud que nos abre a las puertas del conocimiento mediante el silencio y la quietud. Aunque haya deformaciones populares con templos, ritos e imágenes, es una manera de considerar las cosas y la propia vida. Ni hay un dogma establecido ni un clero organizado.
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De los 750 millones de hindúes que hay en el mundo, unos 700 viven en India. Es la tercera "creencia" del mundo, después del cristianismo con 1500 millones y el islamismo con 1.000 millones. En India también viven 150 millones de musulmanes, 15 millones de sijs y dos millones de seguidores del jainismo, aparte de minorías cristianas y budistas.
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Sus libros sagrados más conocidos son los Vedas. El Rig-Veda fue escrito hace más de tres mil años. Muy popular es la Bhagavad-Gita, una de las epopeyas más hermosas de la literatura universal. Es El canto del Señor que recoge las enseñanzas del "dios" Krishna, un avatar de la divinidad, una de tantas manifestaciones del Absoluto inefable. Nada de dioses personales que serían ídolos. Por eso, pueden reconocer a Buda y a Cristo como avatares de la divinidad.
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Los cuatro conceptos fundamentales del hinduismo son: karma, maya, nirvana y yoga.
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Karma es la ley de la causa y del efecto encadenados entre sí porque todo está inter relacionado. Es la justicia inmanente del mundo.
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Maya es ilusión de las interpretaciones de la realidad porque desde pequeños nos hemos desconectado de lo real.
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Nirvana es la liberación de la ignorancia. El anhelado despertar a la realidad real, que se alcanza por medio de técnicas adecuadas.
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Yoga, un método psicofísico encaminado a un retorno sobre sí mismo, trabajando sobre la mente con la respiración. Su difusor por medio de los Aforismos, a comienzos de nuestra era, fue el indio Patanjali que lo definió como "la tranquilidad de los movimientos del mundo exterior". Para esa auto realización hay que unificar el espíritu y abolir la dispersión.
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Ramakrishna, maestro que enseñó en Occidente, afirma que "a través del yoga, un hindú se vuelve mejor hindú, un cristiano mejor cristiano, un musulmán mejor musulmán y un judío mejor judío". Su discípulo Vivekanada, añade que "se puede practicar el yoga lo mismo si se es teísta que ateo, agnóstico o seguidor del Vedanta, cristiano o musulmán". Hay diversas clases de yoga pero todas consisten en adoptar ciertas posturas; respirar y aquietar la mente. Hay caminos morales: no violencia activa; veracidad; respetar al otro; ser puro o auténtico y ser desprendido. Dhyana es la meditación y Samhadi es la plenitud que todos podemos alcanzar, aquí y no en un hipotético futuro.
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Dice el gran sabio de las religiones, Mircea Eliade, que en la Bhagavad-Gita está la clave de la bóveda del hinduismo, la síntesis del espíritu hindú y de todos sus caminos. El gran problema era si, para encontrar el sentido de la existencia, sería preciso abandonar la sociedad como los yoguis o dedicarse a la devoción. Krishna revela que todos pueden encontrar el sentido de la existencia superando esta nada de ilusiones y de pruebas con tal de que no se persiga un objetivo personal, de que no se actúe por odio, ira o codicia. Si se renuncia al fruto de sus actos. Así se supera el ciclo del karma, de causa y efecto.
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En La prueba del laberinto Mircea Eliade escribe: "Lo sagrado no es una etapa en la historia de la conciencia, sino un elemento de la estructura de esa misma conciencia. En los grados más arcaicos de la cultura, vivir como ser humano es ya en sí mismo un acto religioso, puesto que la alimentación, la vida sexual y el trabajo poseen un valor sacramental. La experiencia de lo sagrado es inherente al modo de ser del hombre en el mundo".
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Al final de sus días, como director del Departamento de Historia de las Religiones en la Universidad de Chicago, afirmaba: "Estoy seguro de que las formas futuras de la experiencia religiosa serán completamente distintas de las que ya conocemos en el cristianismo, en el judaísmo, en el Islam, que ya están fosilizadas, desvirtuadas, vacías de sentido. Habrá otras expresiones. La gran sorpresa es siempre la libertad del espíritu, su creatividad". Porque lo sagrado es la revelación de la realidad, el encuentro con lo que nos salva al dar sentido a nuestra existencia. Es "la contemplación del cielo inmenso lo que revela al hombre la trascendencia, lo sagrado".
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Se lee en el Katha Upanishad: "Esta serena quietud de los sentidos se llama Yoga. Hay que estar muy atento, porque Yoga viene y se va" como humo que flota ocioso hacia el cielo, o los copos de nieve cayendo cada uno en su sitio.
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Occidente busca la verdad por medio de la razón. En Oriente saben que, más allá de la razón, hay otro nivel de conciencia que es posible despertar. Occidente pone el Paraíso después de la vida, Oriente lo pone aquí y ahora. Mientras que en uno se va desde la vida hacia la muerte, el otro proclama el paso de la muerte hacia la vida.
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En este valle de lágrimas puede brotar el Jardín del Edén.
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Viajó un discípulo para visitar a su maestro, llamó a su puerta y éste preguntó: ”¿Quién eres?” “Soy yo” “Vete, no te conozco”. Volvió varios días e hizo la misma pregunta, respondiendo ambos lo mismo que la primera vez. Se preguntaba el discípulo si había olvidado la doctrina del maestro hasta que cayó en la cuenta de su error. Regresó junto a su maestro que de nuevo le preguntó “¿Quién eres?” El discípulo respondió “Soy tú”. “Pasa entonces”, respondió el maestro.
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La vida no contesta nunca con palabras, sino con la misma cosa que preguntamos.
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* Fuente: Centro de Comunicaciones Solidarias, publicado el 3 de Noviembre de 2000.
** El autor es Profesor de Pensamiento Político y Social de la Universidad Complutense de Madrid y Presidente de la ONG Solidarios para el Desarrollo.
H 34 – 19.01.2001
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Albert Einstein y el sentimiento religioso cósmico *
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Todo lo que ha hecho y pensado la especie humana se relaciona con la satisfacción de necesidades profundamente sentidas y con el propósito de mitigar el dolor. Uno ha de tener esto constantemente en cuenta si desea comprender los movimientos espirituales y su evolución. Sentimiento y anhelo son la fuerza motriz que hay tras todas las empresas humanas y todas las creaciones humanas, por muy excelsas que se nos quieran presentar. Pero, ¿cuáles son los sentimientos y las necesidades que han llevado al hombre al persamiento religioso y a creer en el sentido más amplio de estos términos? Un poco de reflexión bastará para darnos cuenta de que presidiendo el nacimiento del pensamiento y la experiencia de lo religioso están las emociones más variadas.
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En el hombre primitivo, es sobre todo el miedo el que produce ideas religiosas: miedo al hambre, a los animales salvajes, a la enfermedad, a la muerte. Como en esta etapa de la existencia suele estar escasamente desarrollada la comprensión de las conexiones causales, el pensamiento humano crea seres ilusorios más o menos análogos a sí mismo de cuya voluntad y acciones dependen los acontecimientos sobrecogedores. Así, uno intenta asegurarse el favor de tales seres ejecutando actos y ofreciendo sacrificios que, según la tradición transmitida a través de generaciones, les hacen mostrarse propicios y bien dispuestos hacia los mortales. En este sentido, hablo yo de una religión del miedo. Ésta, aunque no creada por los sacerdotes, se halla en un grado notable afianzada por la formación de una casta sacerdotal que se erige como mediadora entre el pueblo y los seres a los que el pueblo teme, y logra sobre esta base una hegemonía. En muchos casos, un caudillo o dirigente o una clase privilegiada cuya posición se apoya en otros factores, combina funciones sacerdotales con su autoridad secular a fin de reforzarla; o hacen causa común con la casta sacerdotal para defender sus intereses.
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Los impulsos sociales son otra fuente de cristalización de la religión. Padres y madres dirigentes de las grandes comunidades humanas son mortales y falibles. El deseo de guía, de amor y de apoyo empuja a los hombres a crear el concepto social o moral de Dios. Éste es el Dios de la Providencia, que protege, dispone, recompensa y castiga; el Dios que, según las limitaciones de enfoque del creyente, ama y protege la vida de la tribu o de la especie humana e incluso la misma vida; es el que consuela de la aflicción y del anhelo insatisfecho; el que custodia las almas de los muertos. Esta es la concepción social o moral de Dios.
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Las Sagradas Escrituras judías ejemplifican admirablemente la evolución de la religión del miedo a la religión moral, evolución que continúa en el Nuevo testamento. Las religiones de todos los pueblos civilizados, especialmente los pueblos de Oriente, son religiones morales. El paso de una religión del miedo a una religión moral es un gran paso en la vida de los pueblos. Y sin embargo, el que las religiones primitivas se basen totalmente en el miedo y las de los pueblos civilizados sólo en la moral es un prejuicio frente al que hemos de ponernos en guardia. La verdad es que en todas las religiones se mezclan en cuantía variable ambos tipos, con esa diferenciación; que en los niveles más elevados de la vida social predomina la religión de la moral.
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Común a todos estos tipos de religión es el carácter antropomórfico de su concepción de Dios. En general, sólo individuos de dotes excepcionales, y comunidades excepcionalmente idealistas, se elevan en una medida considerable por encima de este nivel. Pero hay un tercer estadio de experiencia religiosa común a todas ellas, aunque raras veces se halle en una forma pura: lo llamaré sentimiento religioso cósmico. Es muy difícil explicar este sentimiento al que carezca por completo de él, sobre todo cuando de él no surge una concepción antropomórfica de Dios.
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El individuo siente la inutilidad de los deseos y los objetivos humanos y el orden sublime y maravilloso que revela la naturaleza y el mundo de las ideas. La existencia individual le parece una especie de cárcel y desea experimentar el universo como un todo único y significativo. Los inicios del sentimiento religioso cósmico aparecen ya en una etapa temprana de la evolución, por ejemplo, en varios de los salmos de David y en algunos textos de los profetas. El budismo, como hemos aprendido gracias sobre todo a las maravillosas obras de Schopenhauer, tiene un contenido mucho más rico aún en este sentimiento cósmico.
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Los genios religiosos de todas las épocas se han distinguido por este sentimiento religioso especial que no conoce dogmas ni un Dios concebido a imagen del hombre; no puede haber, en consecuencia, iglesia cuyas doctrinas básicas se apoyen en él. Por tanto, es precisamente entre los herejes de todas las épocas donde encontramos hombres imbuidos de este tipo superior de sentimiento religioso, hombres considerados en muchos casos ateos por sus contemporáneos, y a veces considerados también santos. Si enfocamos de este modo a hombres como Demócrito, Francisco de Asís y Spinoza, veremos que existen entre ellos profundas relaciones.
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¿Cómo puede comunicar y transmitir una persona a otra este sentimiento religioso cósmico, si éste no puede engendrar ninguna noción definida de un Dios y de una teología? Según mi opinión, la función más importante del arte y de la ciencia es la de despertar este sentimiento y mantenerlo vivo en quienes son receptivos a él.
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Llegamos así a una concepción de la relación entre religión y ciencia muy distinta de la habitual. Cuando uno enfoca la cuestión históricamente, tiende a considerar ciencia y religión antagonistas irreconciliables, y por una razón de lo más evidente. El individuo que está totalmente imbuido de la aplicación universal de la ley de la causalidad no puede ni por un instante aceptar la idea de un ser que interfiera en el curso de los acontecimientos... siempre, claro está, que se tome la hipótesis de la causalidad verdaderamente en serio. Para él no tiene ningún sentido la religión del miedo y lo tiene muy escaso la religión moral y social. Un Dios que premia y castiga es inconcebible para él por la simple razón de que las acciones del hombre vienen determinadas por la necesidad, externa e interna, por lo que no puede ser responsable, a los ojos de Dios, lo mismo que no lo es un objeto inanimado de los movimientos que ejecuta. Se ha acusado, por ello, a la ciencia de socavar la moral, pero la acusación es injusta. La conducta ética de un hombre debería basarse en realidad en la compasión, la educación y los lazos y necesidades sociales; no hace falta ninguna base religiosa. Triste sería la condición del hombre su tuviese que contenerse por miedo al castigo y por la esperanza de una recompensa después de la muerte.
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Es, por tanto, fácil ver por qué las iglesias han combatido siempre a la ciencia y perseguido a los que se consagraban a ella. Por otra parte, yo sostengo que el sentimiento religioso cósmico es el motivo más fuerte y más noble de la investigación científica. Sólo quienes entienden los inmensos esfuerzos y, sobre todo, esa devoción sin la cual sería imposible el trabajo innovador en la ciencia teórica, son capaces de captar la fuerza de la única emoción de la que puede surgir tal empresa, siendo como es algo alejado de las realidades inmediatas de la vida. ¡Qué profundos debieron ser la fe en la racionalidad del universo y el anhelo de comprender, débil reflejo de la razón que se revela en este mundo, que hicieron consagrar a un Kepler y a un Newton años de trabajo solitario a desentrañar los principios de la mecánica celeste! Aquellos cuyos contactos con la investigación científica se deriva principalmente de sus resultados prácticos es fácil que se hagan una idea totalmente errónea de la mentalidad de los hombres que, en un modo escéptico, han mostrado el camino a espíritus similares a ellos, esparcidos a lo largo y ancho del mundo y de los siglos. Sólo quien ha dedicado su vida a fines similares puede tener idea clara de lo que inspiró a esos hombres yles dio la fuerza necesaria para mantenerse fieles a su objetivo a pesar de innumerables fracasos. Es el sentimiento religioso cósmico lo que proporciona esa fuerza al hombre. Un contemporáneo ha dicho, con sobradas razones, que en estos tiempos materialistas que vivimos la única gente profundamente religiosa son los investigadores científicos serios.
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* “Sobre religión”, publicado en “New York Times Magazine” el 9 Nov 1930, y, traducido al alemán, en “Berliner Tagelblatt” el 11 Nov 1930. La presente versión española es de José M. Alvarez Flores y Ana Goldar, y fue editada por Sarpe en 1985. El título es una licencia nuestra (N. del E.).
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H 33 – 12.01.2001
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La oración
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Eduardo Dermardirossian *
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Dicho más o menos así y a pesar de su gran dificultad para hablar, este cuento me fue relatado por un amigo –hombre de honda fe religiosa- en su lecho de muerte, tras despedir a un ministro de otra religión que lo había visitado para procurar la salvación de su alma. En esa circunstancia el relato tiene un sentido muy particular. Sobre todo si se toma en cuenta que se trataba de un hombre formado en la cultura medio-oriental.
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En mi personal experiencia he podido comprobar que los hombres adquieren una gran sensibilidad en los momentos previos a su muerte. Otras experiencias, que no referiré por razones de pudor o de respeto a la memoria de los ya ausentes, me afirman en esta creencia. He aquí el cuento.
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Érase un devoto hombre de oración que peregrinaba de lugar en lugar para predicar a sus hermanos la verdad que le había sido revelada. Fatigosamente recorría los senderos para decir a quien quisiera oírle la palabra de Dios. El hambre y el viento helado, las laceraciones de sus pies descalzos y el desdén con que era rechazado tantas veces no hacían mella en su espíritu. Sabía que su misión era llevar el mensaje del Supremo para redimir a los hombres. Y el suyo era el único mensaje
. Su fe, la única verdadera.
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Cierta vez, habiendo llegado hasta la ribera de un río, vio a un niño dando vueltas de carnero continuamente. Se detuvo a observarlo largo tiempo, y como el niño no cesaba de dar vueltas, le preguntó qué hacía.
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“Estoy orando”, fue la respuesta.
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El devoto hombre de Dios quedó perplejo. ¿Cómo podía alguien orar de tal manera? Acaso, ¿no había sido instruido acerca de cómo hablar con el Supremo? El pobre niño debía ser aleccionado en ese sagrado menester y para eso la providencia lo había puesto en su camino.
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Y así es como ganando primero la confianza y la simpatía del pequeño, trabajosamente logró enseñarle la oración ritual para todos los hombres de verdadera fe. La oración fue repetida cuantas veces lo consideró necesario para que el niño la recordara, y sólo cuando al caminante le pareció que el nuevo fiel ya no la olvidaría, dijo su bendición y partió.
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Hallábase a bordo de una barca en medio del ancho río, cuando el peregrino oyó que alguien le llamaba a viva voz. Giró sobre sí y vio que el niño a quien acababa de enseñarle a orar corría a su encuentro, pisando sobre las aguas sin mojar siquiera sus pies. “Maestro, perdón por mi torpeza, pero olvidé el segundo párrafo de la oración. Por favor, ¿quiere usted repetírmelo?”
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Luego de observar conmovido la escena, el caminante comprendió. “Ve hijo, y haz tus oraciones del modo que sabes. Ve hijo, Dios está contigo”.
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* De Último Testamento, de cuando Dios y Satanás se reunieron y de la Segunda Creación, Ed. Dermarte, Buenos Aires 2000.
H 33 – 12.01.2001