Heráclito 80 Café Filosófico

Este trabajo ha sido realizado para el curso de SAEM Thales, Formación a Distancia a través de Internet, por M. Carmen Márquez García y difundido originalmente en 1948 en el Tercer Programa de la BBC. Fue publicado en Humanitas en el otoño europeo de 1948.

La existencia de Dios, un debate entre Bertrand Russell y Frederick C. Copleston, S.J.

Copleston: Como vamos a discutir aquí la existencia de Dios, quizás sería conveniente llegar a un acuerdo provisional en cuanto a lo que entendemos por el término «Dios». Presumo que entendemos un ser personal supremo, distinto del mundo y creador del mundo. ¿Está de acuerdo, al menos provisionalmente, en aceptar esta declaración como significado de la palabra «Dios»?

Russell: Sí, acepto esa definición.

Copleston: Bien, mi posición es la posición afirmativa de que tal ser existe realmente y que Su existencia puede ser probada filosóficamente. Quizás podría decirme si su posición es la del agnosticismo o el ateísmo. Quiero decir, ¿cree que puede probarse la no existencia de Dios?

Russell: No, yo no digo eso: mi posición es agnóstica.

Copleston: ¿Está de acuerdo conmigo en que el problema de Dios es un problema de gran importancia? Por ejemplo, ¿está de acuerdo en que si Dios no existe, los seres humanos y la historia humana pueden no tener otra finalidad que la finalidad que ellos decidan elegir, lo cual, en la práctica, significaría la finalidad que impusieran los que tienen poder para imponerla?

Russell: Hablando en términos generales, si, aunque tendría que poner alguna limitación a su última cláusula.

Copleston: ¿Cree que si no hay Dios, si no hay un Ser absoluto, puede haber valores absolutos? Quiero decir, ¿cree que, si no hay un bien absoluto, el resultado es la relatividad de los valores?

Russell: No, creo que esas cuestiones son lógicamente distintas. Tome, por ejemplo, la obra de G. E. Moore, Principia Ethica, donde él sostiene que hay una diferencia entre bien y mal, que ambas cosas son conceptos definidos. Pero no saca a relucir la idea de Dios en apoyo de su afirmación.

Copleston: Bueno, dejemos para más tarde la cuestión del bien, hasta que lleguemos al argumento moral, y antes daré un argumento metafísico. Querría destacar principalmente el argumento metafísico basado en el argumento de Leibniz de la «contingencia», y luego discutiremos el argumento moral. ¿Quiere que haga una breve exposición sobre el argumento metafísico, y luego pasemos a discutirlo?

Russell: Ese me parece un buen plan.

El argumento de la contingencia


Copleston: Bien, para aclarar, dividiré el argumento en distintas fases. En primer lugar, diría, sabemos que hay, al menos, ciertos seres en el mundo que no contienen en sí mismos la razón de su existencia. Por ejemplo, yo dependo de mis padres, y ahora del aire, del alimento, etc. Segundo, el mundo es simplemente la totalidad o el conjunto real o imaginado de objetos individuales, ninguno de los cuales contiene en sí mismo la razón de su existencia. No hay ningún mundo distinto de los objetos que lo forman, así como la raza humana no es algo aparte de sus miembros. Por lo tanto, diría pues que existen objetos y acontecimientos, y como ningún objeto de experiencia contiene dentro de sí mismo la razón de su existencia, esta razón, la totalidad de los objetos, tiene que tener una razón fuera de sí misma. Esa razón tiene que ser un ser existente. Bien, ese ser es la razón de su propia existencia o no lo es. Si lo es, enhorabuena. Si no lo es, tenemos que seguir adelante. Pero si procedemos en este sentido hasta el infinito, entonces no hay explicación de la existencia. Así, diría, con el fin de explicar la existencia, tenemos que llegar a un ser que contiene en sí mismo la razón de su existencia, es decir que no puede no existir.

Russell: Eso plantea muchas cuestiones y no es del todo fácil saber por dónde empezar, pero creo que, quizás, respondiendo a su argumento, el mejor modo de empezar es la cuestión del ser necesario. La palabra «necesario», a mi entender, sólo puede aplicarse significativamente a las proposiciones. Y, en realidad, sólo a las analíticas, es decir, a las proposiciones cuya negación supone una contradicción manifiesta. Yo sólo podría admitir un ser necesario si hubiera un ser cuya existencia sólo pudiere negarse mediante una contradicción manifiesta. Querría saber si usted acepta la división de Leibniz de las proposiciones en verdades de razón y verdades de hecho. Si acepta las primeras, las verdades de razón, como necesarias.

Copleston: Bien, yo, desde luego, no suscribo lo que parece ser la idea de Leibniz sobre las verdades de razón y las verdades de hecho, ya que al parecer, para él, a la larga, sólo hay proposiciones analíticas. Al parecer, para Leibniz, las verdades de hecho se pueden reducir en último término a verdades de razón. Es decir, a proposiciones analíticas, al menos para la mente omnisciente. Yo no estoy de acuerdo con eso. Por un lado, no se corresponde con los requisitos de la experiencia de la libertad. Yo no deseo apoyar toda la filosofía de Leibniz. Me he valido de su argumento de la contingencia para el ser necesario, basando el argumento en el principio de la razón suficiente, simplemente porque me parece una formulación breve y clara de lo que es, en mi opinión, el argumento metafísico fundamental de la existencia de Dios.

Russell: Pero, a mi entender, «una proposición necesaria» tiene que ser analítica. No veo qué otra cosa puede significar. Y las proposiciones analíticas son siempre complejas y lógicamente algo lentas. «Los animales irracionales son animales» es una proposición analítica; pero una proposición como «Esto es un animal» no puede ser nunca analítica. En realidad, todas las proposiciones que pueden ser analíticas son un poco lentas en la construcción de proposiciones.

Copleston: Tomemos la proposición «Si hay un ser contingente, entonces hay un ser necesario». Considero que esa proposición, hipotéticamente expresada, es una proposición necesaria. Si va a llamar proposición analítica a toda proposición necesaria, entonces, para evitar una discusión sobre terminología, convendré en llamarla analítica, aunque no la considero una proposición tautológica. Pero la proposición es sólo una proposición necesaria en el supuesto de que exista un ser contingente. El que exista realmente un ser contingente tiene que ser descubierto por experiencia, y la proposición de que existe un ser contingente no es ciertamente una proposición analítica, aunque, como usted sabe, yo una vez sostuve que, si hay un ser contingente, necesariamente hay un ser necesario.

Russell: La dificultad de esta discusión estriba en que yo no admito la idea de un ser necesario, y no admito que tenga ningún significado particular el llamar «contingentes» a otros seres. Estas frases no tienen para mí significado más que dentro de una lógica que yo rechazo.

Copleston: ¿Quiere decir que rechaza usted estos términos porque no encajan en lo que se denomina «lógica moderna»?

Russell: Bien, no les encuentro significación. La palabra «necesario» me parece una palabra inútil, excepto cuando se aplica a proposiciones analíticas, no a cosas.

Copleston: En primer lugar, ¿qué entiende por «lógica moderna»? Que yo sepa, hay sistemas un poco diferentes. En segundo lugar, no todos los lógicos modernos reconocen seguramente la falta de sentido de la metafísica. De todos modos, ambos sabemos que había un pensador moderno muy eminente, cuyos conocimientos de lógica moderna eran bien profundos, que no pensaba ciertamente que la metafísica carece de sentido o, en particular, que el problema de Dios carece de sentido. De nuevo, aunque todos los lógicos modernos sostuvieran que los términos metafísicos carecen de sentido, eso no significaría que tuviesen razón. La proposición de que los términos metafísicos carecen de sentido me parece una proposición basada en una supuesta filosofía. La proposición dogmática que hay detrás de ella parece ser ésta: lo que no cabe dentro de mi máquina no existe, o carece de sentido; es la expresión de la emoción. Sencillamente, estoy tratando de destacar que cualquiera que afirma que un sistema particular de lógica moderna es el único criterio sensato, afirma algo superdogmático; insiste dogmáticamente en que una parte de la filosofía es toda la filosofía. Después de todo, un ser «contingente» es un ser que no tiene en sí mismo la completa razón de su existencia, que es lo que yo entiendo por ser contingente. Usted sabe, tan bien corno yo, que no puede ser explicada la existencia de ninguno de nosotros sin referencia a algo o alguien fuera de nosotros, nuestros padres, por ejemplo. Por el contrario, un ser «necesario» significa un ser que tiene que existir y no puede dejar de existir. Puede decir que no existe tal ser, pero le va a ser difícil convencerme de que no entiende los términos que uso. Si no los entiende, ¿qué motivos tiene entonces para decir que no existe ese ser, si es eso lo que dice?

Russell: Bien, aquí hay puntos en los que no quiero profundizar. No sostengo en absoluto que la metafísica carezca de sentido en general. Sostengo la falta de sentido de ciertos términos particulares, no basándome en alguna razón general, sino simplemente porque no he sido capaz de ver una interpretación de esos términos particulares. No es un dogma general; es una cosa particular. Pero, por el momento, dejo esos puntos. Y diré que lo que ha dicho nos lleva, a mi entender, al argumento ontológico de que hay un ser cuya esencia implica existencia, de forma que Su existencia es analítica. A mí eso me parece imposible, y plantea, claro está, la cuestión de lo que uno entiende por existencia, y, en cuanto a esto, pienso que no puede decirse nunca que un sujeto nombrado existe significativamente, sino sólo un sujeto descrito. Y que la existencia, en realidad, no es, definitivamente, un predicado.

Copleston: Bien, usted dice, me parece, que es mala gramática o, mejor dicho, mala sintaxis el decir, por ejemplo, «T. S. Eliot existe»; debería decirse, por ejemplo, «El autor de Asesinato en la Catedral existe». ¿Va usted a decirme que la proposición «La causa del mundo existe» carece de significado? Puede decir que el mundo no tiene causa; pero yo no veo cómo puede decir que la proposición «La causa del mundo existe» no tiene sentido. Póngalo en forma de pregunta: «¿Tiene el mundo una causa?» «¿Existe la causa del mundo?» La mayoría de la gente entendería seguramente la pregunta, aun cuando no estén de acuerdo sobre la respuesta.

Russell: Bien; realmente la pregunta «¿Existe la causa del mundo?» es una pregunta con significado. Pero si dice «Sí, Dios es la causa del mundo», emplea a Dios como nombre propio; luego «Dios existe» no será una afirmación con significado; ésa es la postura que yo defiendo. Porque, por lo tanto, se deduce que no puede nunca ser una proposición analítica decir que esto o aquello existe. Por ejemplo, supongamos que toma como tema «el círculo cuadrado existente»; parecería una proposición analítica decir «el círculo cuadrado existente existe», pero no existe.

Copleston: No, no existe, pero no se puede decir que no existe hasta que se tenga un concepto de lo que es la existencia. En cuanto a la frase «círculo cuadrado existente» yo diría que carece absolutamente de significado.

Russell: Completamente de acuerdo. Entonces yo diría lo mismo en otro contexto en lo que respecta a un «ser necesario».

Copleston: Bien, parece que hemos llegado a un callejón sin salida. El decir que un ser necesario es un ser que tiene que existir y no puede dejar de existir tiene para mí un significado definido. Para usted carece de significado.

Russell: Bien, podemos llevar el asunto un poco más lejos, me parece. Un ser que tiene que existir y que no puede dejar de existir sería, según usted, un ser cuya esencia supone existencia.

Copleston: Sí, un ser que es la esencia de lo que ha de existir. Pero yo no querría discutir la existencia de Dios simplemente partiendo de la idea de Su esencia, porque no creo que hasta ahora tengamos una clara intuición de la esencia de Dios. Creo que tenemos que discutir partiendo de la experiencia del mundo hasta llegar Dios.

Russell: Sí, veo claramente la diferencia. Pero, al mismo tiempo, un ser con el conocimiento suficiente podría decir: «¡Aquí está este ser cuya esencia supone existencia!»

Copleston: Sí, ciertamente, si alguien viera a Dios, vería que Dios tiene que existir.

Russell: Por eso digo que hay un ser cuya esencia supone existencia aunque no conozcamos esa esencia. Sólo sabemos que ese ser existe.

Copleston: Sí, yo añadiría que no conocemos la esencia a priori. Sólo a posteriori, a través de nuestra experiencia del mundo, llegamos a un conocimiento de la existencia de ese ser. Y entonces, uno se dice, la esencia y la existencia tienen que ser idénticas. Porque si la esencia de Dios y la existencia de Dios no son idénticas, entonces habría que buscar más allá de Dios alguna razón suficiente de esta existencia.

Russell: Luego, todo gira en torno a la cuestión de la razón suficiente y tengo que declarar que no me ha definido aún la «razón suficiente» de un modo que yo pueda comprenderla. ¿Qué entiende por razón suficiente? ¿No quiere decir causal?

Copleston: No necesariamente. La causa es una especie de razón suficiente. Sólo un ser contingente puede tener una causa. Dios es Su propia razón suficiente; y Él no es la causa de Sí. Por razón suficiente, en sentido absoluto, entiendo una explicación adecuada de la existencia de algún ser particular.

Russell: Pero ¿cuándo es adecuada una explicación? Supongamos que yo me dispongo a encender una cerilla. Usted puede decir que una explicación suficiente es que la frote contra la caja.

Copleston: Bien, en lo que respecta a la práctica, sí, pero teóricamente esa es sólo una explicación parcial. Una explicación adecuada tiene que ser en último término una explicación total, a la cual no se puede añadir nada más.

Russell: Entonces sólo puedo decir que usted busca algo que no se puede conseguir, y que no debemos esperar conseguir.

Copleston: El decir que no se ha encontrado es una cosa; el decir que no debe buscarse me parece demasiado dogmático.

Russell: Bien, no lo sé. Quiero decir que la explicación de una cosa es otra cosa que hace la otra cosa dependiente de otra cosa aún, y que hay que captar todo este lamentable sistema de cosas para hacer lo que usted quiere, y eso no lo podemos hacer.

Copleston: ¿Pero me va a decir que no podemos o que no deberíamos siquiera plantear la cuestión de la existencia de esta lamentable serie de cosas... de todo el universo?

Russell: Sí. No creo que tenga ningún sentido. Creo que la palabra «universo» es una palabra útil con relación a algo, pero no creo que represente algo que tenga un significado.

Copleston: Si la palabra carece de significado, no puede ser tan útil. De todas maneras, no digo que el universo sea algo distinto de los objetos que lo componen (ya lo indiqué en mi breve resumen de la prueba); lo que hago es buscar la razón, en este caso la causa, de los objetos, cuya totalidad real o imaginada constituye lo que llamamos universo. ¿Usted dice: yo creo que el universo -o mi existencia si lo prefiere, o cualquier otra existencia- es ininteligible?

Russell: Primero voy a rebatir el punto de que si una palabra carece de sentido no puede ser útil. Eso suena bien, pero no es verdad. Tomemos, por ejemplo, la palabra «el» o «que». Usted no puede indicarme ningún objeto con esos significados, pero son muy útiles; yo diría lo mismo de «universo». Pero dejando eso aparte, usted pregunta si creo que el universo es ininteligible. Yo no diría ininteligible; creo que no tiene explicación. Inteligible para mí es una cosa diferente. Se refiere a la cosa en sí, intrínsecamente, y no a sus relaciones.

Copleston: Bien, mi criterio es que lo que denominamos mundo es intrínsecamente ininteligible, aparte de la existencia de Dios. Verá, yo no creo que el carácter infinito de una serie de acontecimientos -me refiero a una serie horizontal, por así decirlo-, si ese carácter infinito pudiera ser probado, tenga alguna relevancia. Si usted suma chocolates, obtendrá chocolates y no una oveja. Si suma chocolates hasta el infinito, es presumible que obtendrá un número infinito de chocolates. Así, si suma seres contingentes hasta el infinito, seguirá obteniendo seres contingentes, no un ser necesario. Una serie infinita de seres contingentes será, de acuerdo con mi modo de pensar, igualmente incapaz de ser su causa, como un solo ser contingente. Sin embargo, usted dice, según creo, que no se puede plantear la cuestión de lo que explicaría la existencia de cualquier objeto particular, ¿no es así?

Russell: Sí, si entiende que explicarla es simplemente hallar su causa.

Copleston: Bien, ¿por qué detenernos en un objeto particular? ¿Por qué no presentar la cuestión de la causa de la existencia de todos los objetos particulares?

Russell: Porque no encuentro la razón para pensar que la hay. Todo concepto de causa está derivado de nuestra observación de cosas particulares; no encuentro ninguna razón para suponer que el total tenga una causa, cualquiera que sea.

Copleston: Bien, el decir que no hay causa no es lo mismo que decir que no debemos buscar una causa. La afirmación de que no hay causa debería venir, si viene, al final de la indagación, no al principio. En cualquier caso, si el total carece de causa, entonces, a mi manera de ver, tiene que ser su propia causa, lo que me parece imposible. Además, la afirmación de que el mundo existe, aunque sólo sea como respuesta a una pregunta, presupone que la pregunta tiene sentido.

Russell: No, no necesita ser su propia causa; lo que digo es que el concepto de causa no es aplicable al total.

Copleston: Entonces, ¿está de acuerdo con Sartre en que el universo es lo que él llama «gratuito»?

Russell: Bien, la palabra «gratuito» sugiere que podría haber algo más; yo digo que el universo simplemente existe, eso es todo.

Copleston: Bien, no comprendo cómo suprime la legitimidad de preguntar cómo el total, o cualquiera de las partes, han adquirido existencia. ¿Por qué algo, mejor que nada? El hecho de que sostengamos nuestra noción de casualidad empíricamente de causas particulares no excluye la posibilidad de preguntar cuál es la causa de la serie. Si la palabra «causa» careciera de sentido, o si pudiera demostrarse que el criterio de Kant sobre la materia era el verdadero, la pregunta sería ilegítima; pero usted no parece sostener que la palabra «causa» carezca de sentido, ni creo que sea kantiano.

Russell: Puedo ilustrar lo que me parece su falacia por excelencia. Todo hombre existente tiene una madre y me parece que su argumento es que, por lo tanto, la raza humana tiene una madre, pero evidentemente la raza humana no tiene una madre: ésa es una esfera lógica diferente.

Copleston: Bien, realmente no veo ninguna similitud. Si dijera «todo objeto tiene una causa fenoménica; por lo tanto, toda la serie tiene una causa fenoménica», habría una similitud; pero no digo eso; digo: todo objeto tiene una causa fenoménica si insiste en la infinidad de la serie, pero la serie de causas fenoménicas es una explicación insuficiente de la serie. Por lo tanto, la serie tiene, no una causa fenoménica, sino una causa trascendente.

Russell: Eso, presuponiendo siempre que no sólo cada cosa particular del mundo sino el mundo globalmente tiene que tener una causa. No encuentro la razón para esa suposición. Si usted me la da, le escucharé.

Copleston: Bien, la serie de acontecimientos tiene causa o no tiene causa. Si la tiene, debe haber, evidentemente, una causa fuera de la serie. Si no tiene causa, entonces es suficiente por sí misma, y si lo es, es lo que yo llamo necesaria. Pero no puede ser necesaria ya que cada miembro es contingente, y hemos convenido en que el total no tiene realidad aparte de sus miembros, y por lo tanto no puede ser necesario. Por lo tanto, no puede carecer de causa, y tiene que tener una causa. Y me gustaría anotar, de pasada, que la afirmación «el mundo existe sencillamente y es inexplicable» no puede ser producto del análisis lógico.

Russell: No quiero parecer arrogante, pero me parece que puedo concebir cosas que usted dice que la mente humana no puede concebir. En cuanto a que las cosas no tengan causa, los físicos nos aseguran que la transición del cuantum individual de los átomos carece de causa.

Copleston: Bien, yo me pregunto si eso no es simplemente una inferencia transitoria.

Russell: Puede ser, pero demuestra que las mentes de los físicos pueden concebirlo.

Copleston: Sí, convengo en que algunos científicos -los físicos- están dispuestos a permitir la indeterminación dentro de un campo restringido. Pero hay muchos científicos que no están tan dispuestos. Creo que el profesor Dingle, de la Universidad de Londres, sostiene que el principio de la incertidumbre de Heisenberg nos dice algo sobre el éxito (o la falta de él) de la presente teoría atómica basada en observaciones correlativas, pero no sobre la naturaleza en sí, y muchos físicos comparten este criterio. Sea como sea, no comprendo cómo los físicos pueden no aceptar la teoría en la práctica, aunque no la acepten en teoría. No comprendo cómo puede hacerse ciencia, si no es basándose en la suposición del orden y la inteligibilidad de la naturaleza. El físico presupone, al menos tácitamente, que tiene cierto sentido investigar la naturaleza y buscar las causas de los acontecimientos, como el detective presupone que tiene un sentido el buscar la causa de un asesinato. El metafísico supone que tiene sentido buscar la razón o la causa de los fenómenos y, como no soy kantiano, considero que el metafísico está tan justificado en su suposición como el físico. Cuando Sartre, por ejemplo, dice que el mundo es gratuito, creo que no ha considerado suficientemente lo que implica «gratuito».

Russell: Creo... me parece que de eso no podemos hablar por extensión; un físico busca causas; eso no significa necesariamente que haya causas por todas partes. Un hombre puede buscar oro sin suponer que haya oro en todas partes; si encuentra oro, enhorabuena; si no lo encuentra mala suerte. Lo mismo ocurre cuando los físicos buscan causas. En cuanto a Sartre, no sé exactamente lo que quiere decir, y no querría que pensasen que lo interpreto, pero, por mi parte, creo que la noción de que el mundo tiene una explicación es un error. No veo por qué uno debe esperar que la tenga, y creo que lo que dice sobre la justificación de la suposición del científico es una afirmación excesiva.

Copleston: Bien, me parece que el científico hace ciertas suposiciones. Cuando experimenta para averiguar alguna verdad particular, detrás del experimento se esconde la suposición de que el universo no es simplemente discontinuo. Existe la posibilidad de averiguar una verdad mediante el experimento. El experimento puede ser malo, puede no tener resultado, o no el resultado deseado, pero, de todas maneras existe la posibilidad de hallar la verdad que supone mediante el experimento. Y esto me parece que presupone un universo ordenado e inteligible.

Russell: Creo que está generalizando más de lo necesario. Sin duda el científico supone que probablemente la hallará y con frecuencia es así. No da por supuesto que la hallará seguro y ése es un asunto muy importante en la física moderna.

Copleston: Bien, creo que lo da por supuesto, o está obligado a darlo tácitamente, en la práctica. Puede ocurrir, citando al profesor Haldane que «cuando encienda un gas bajo la marmita, parte de las moléculas de agua se evaporarán, y no habrá modo de averiguar cuáles serán», pero no hay que pensar necesariamente que la idea de la casualidad tenga que ser introducida excepto en relación con nuestros propios conocimientos.

Russell: No, no es así, al menos si puedo creer en lo que él mismo dice. Descubre muchas cosas el científico; descubre muchas cosas que están sucediendo en el mundo, que son, al principio, comienzos de cadenas causales, primeras causas que no tienen causa en sí mismas. No supone que todo tiene una causa.

Copleston: Seguramente hay una primera causa dentro de un cierto campo elegido. Es una primera causa relativa.

Russell: No creo que diga eso. Si existe un mundo en el cual la mayoría de los acontecimientos, pero no todos, tienen causas, el científico podrá describir las probabilidades e incertidumbres suponiendo que este acontecimiento particular en que uno está interesado, probablemente tiene una causa. Y como, en cualquier caso, no se tiene más que la probabilidad, con eso basta.

Copleston: Puede ocurrir que el científico no espere obtener más que la probabilidad, pero, al plantear la cuestión, supone que la cuestión de la explicación tiene un significado. Pero su criterio general es, entonces, Lord Russell, que no es siquiera legítimo plantear la cuestión de la causa del mundo, ¿no es así?

Russell: Sí, ésa es mi postura.

Copleston: Si esa cuestión carece para usted de significado, es, claro está, muy difícil discutirla, ¿no es cierto?

Russell: Sí, es muy difícil. ¿Qué le parece si pasamos a otros problemas?

La experiencia religiosa


Copleston: Muy bien. Voy a decir unas palabras sobre la experiencia religiosa, y luego pasaremos a la experiencia moral. Yo no considero la experiencia religiosa como una prueba estricta de la existencia de Dios, por lo que el carácter de la discusión cambia un poco, pero creo que puede decirse que su mejor aplicación es la existencia de Dios. Por experiencia religiosa no entiendo simplemente sentirse a gusto. Entiendo una apasionada, aunque oscura, conciencia de un objeto que irresistiblemente parece al sujeto de la experiencia algo que le trasciende, algo que trasciende todos los objetos normales de experiencia, algo que no puede ser imaginado, ni conceptualizado, pero cuya realidad es indudable, al menos durante la experiencia. Yo afirmaría que no puede explicarse adecuadamente y sin dejarse cosas en el tintero; sólo subjetivamente. La experiencia básica real, de todos modos, se explica fácilmente mediante la hipótesis de que existe realmente alguna causa objetiva de esa experiencia.

Russell: Yo respondería a esa argumentación que todo el argumento que se derive de nuestros estados de conciencia con respecto a algo fuera de nosotros es un asunto muy peligroso. Aun cuando todos admitimos su validez, sólo nos sentimos justificados al hacerlo, me parece a mí, en virtud del consenso de la humanidad. Si hay una multitud en una habitación y en la habitación hay un reloj, todos pueden ver el reloj. El hecho de que todos puedan verlo tiende a hacerles pensar que no se trata de una alucinación: mientras que esas experiencias religiosas tienden a ser muy particulares.

Copleston: Sí, así es. Hablo estrictamente de la experiencia mística pura, y ciertamente no incluyo lo que se llaman visiones. Me refiero sencillamente a la experiencia, y admito plenamente que es inefable, del objeto trascendente o de lo que parece ser un objeto trascendente. Recuerdo que Julian Huxley dijo en una conferencia que la experiencia religiosa, o la experiencia mística, es una experiencia tan real como el enamorarse o el apreciar la poesía y el arte. Bien, yo creo que cuando apreciamos la poesía y el arte apreciamos poemas concretos o una obra de arte en concreto. Si nos enamoramos, nos enamoramos de alguien, no de nadie.

Russell: Permítame interrumpirle un momento. Eso no sucede siempre así. Los novelistas japoneses nunca creen que han conseguido su objetivo hasta que gran cantidad de seres reales se han suicidado por amor a la heroína imaginaria.

Copleston: Bien, le creo lo que dice que sucede en el Japón. No me he suicidado, gracias a Dios, pero me ví fuertemente influido, al tomar dos importantes decisiones en mi vida, por dos biografías. Sin embargo, debo aclarar que encuentro poca semejanza entre la influencia real de esos libros sobre mí, y la experiencia mística pura, hasta el punto, entiéndase, en que alguien ajeno a ella puede tener una idea de tal experiencia.

Russell: Bien, yo quiero decir que no debemos considerar a Dios al mismo nivel que los personajes de una obra de ficción. ¿Reconocerá que aquí hay una diferencia?

Copleston: Desde luego. Pero lo que yo diría es que la mejor explicación parece ser la explicación que no es puramente subjetiva. Claro que una explicación subjetiva es posible en el caso de cierta gente, en la que hay escasa relación entre la experiencia y la vida, como en el caso de los alucinados, etc. Pero cuando se llega al tipo puro, como por ejemplo San Francisco de Asís, cuando se obtiene una experiencia cuyo resultado es un desbordamiento de amor creativo y dinámico, la mejor explicación, a mi entender, es la existencia real de una causa objetiva de la experiencia.

Russell: Bien, yo no afirmo dogmáticamente que no hay Dios. Lo que sostengo es que no sabemos que lo haya. Yo sólo puedo tener en cuenta lo que se registra, y encuentro que se registran muchas cosas, pero estoy seguro de que usted no acepta lo que se dice sobre los demonios, etc., aunque todas esas cosas se afirman exactamente con el mismo tono de voz y con la misma convicción. Y el místico, si su visión es verdadera, puede decir que él sabe que existen los demonios. Pero yo no sé que los haya.

Copleston: Seguramente en el caso de los demonios ha habido gente que ha hablado principalmente de visiones, apariciones, ángeles o diablos, etcétera. Yo excluiría las apariciones porque pueden ser explicadas con independencia de la existencia del sujeto supuestamente visto.
Russell: Pero ¿no cree que hay suficientes casos registrados de personas que creen que han oído cómo Satán les hablaba dentro de su corazón, del mismo modo que los místicos afirman a Dios? Y ahora no hablo de una visión exterior, hablo de una experiencia puramente mental. Ésa parece ser una experiencia de la misma clase que la experiencia de Dios de los místicos, y no veo por qué, por lo que nos dicen los místicos, no se puede sostener el mismo argumento en favor de Satán.

Copleston: Estoy completamente de acuerdo en que hay gente que ha imaginado o pensado que ha visto u oído a Satán. Y de pasada, yo no tengo el menor deseo de negar la existencia de Satán. Pero no creo que la gente haya afirmado haber experimentado a Satán, del modo preciso en que los místicos afirman haber experimentado a Dios. Tomemos el caso de Plotino, que no era cristiano. Éste admite la experiencia de algo inexpresable, el objeto es un objeto de amor, y por lo tanto no un objeto que causa horror y disgusto. Y el efecto de esa experiencia está, diría, refrendado o, mejor dicho, la validez de la experiencia está refrendada por las crónicas de la vida de Plotino. De todas maneras, es más razonable suponer que tuvo esa experiencia, si hemos de aceptar el relato de Porfirio sobre la bondad y benevolencia de Plotino.

Russell: El hecho de que una creencia tenga un buen efecto moral sobre un hombre no constituye ninguna evidencia en favor de su verdad.

Copleston: No, pero si pudiera probarse de verdad que la creencia era realmente la causa de un buen efecto en la vida de ese hombre, la consideraría una presunción en favor de alguna verdad; en todo caso, de la parte positiva de la creencia, no de su entera validez. Pero, sea como sea, utilizo el carácter de su vida como prueba en favor de la veracidad y la cordura del místico más que como prueba de la verdad de sus creencias.

Russell: Pero incluso eso no lo considero como prueba. Yo he tenido experiencias que han alterado mi carácter profundamente. Y de todas maneras, en aquel momento pensé que fue alterado para bien. Aquellas experiencias eran importantes, pero no suponían la existencia de algo fuera de mí, y no creo que, si yo hubiere pensado que la suponían, el hecho de que tuvieran un efecto saludable constituiría una prueba de que yo tenía razón.

Copleston: No, pero creo que el buen efecto atestiguaría su veracidad en la descripción de la experiencia. Por favor, recuerde que no estoy diciendo que la mediación de un místico o la interpretación de su experiencia deban ser inmunes a la crítica o discusión.

Russell: Evidentemente, el carácter de un joven puede verse, y con frecuencia se ve, inmensamente afectado para bien por las lecturas sobre un gran hombre de la historia, y puede ocurrir que el gran hombre sea un mito y no exista, pero el muchacho queda tan afectado para bien como si existiera. Ha habido gente así. En las Vidas de Plutarco encontramos el ejemplo de Licurgo, que no existió de verdad, pero se puede uno ver muy influido leyendo cosas sobre Licurgo, teniendo incluso la impresión de que ha existido. Entonces uno habrá recibido la influencia de un objeto que ha amado, pero no habrá objeto existente.

Copleston: En eso estoy de acuerdo con usted; un hombre puede sufrir la influencia de un personaje de ficción. Sin profundizar en la cuestión de qué es lo que precisamente le afecta (yo diría que un valor real), creo que la situación de ese hombre y del místico son diferentes. Después de todo, el hombre influido por Licurgo no ha tenido la irresistible impresión de que ha experimentado, en alguna forma, la última realidad.

Russell: No creo que haya captado bien mi criterio sobre estos personajes históricos, estos personajes no históricos de la historia. No supongo lo que usted llama un efecto sobre la persona. Supongo que el joven, al leer sobre esa persona y creerla real, la ama, cosa que ocurre con mucha facilidad, pero, sin embargo, ama a un fantasma.

Copleston: En un sentido ama a un fantasma, eso es perfectamente cierto; en el sentido, quiero decir, que ama a X o Y que no existen. Pero, al mismo tiempo, creo que el muchacho no ama al fantasma como tal; percibe el valor real, una idea que reconoce como objetivamente válida, y eso es lo que despierta su amor.

Russell: Sí, en el mismo sentido en que hablábamos antes de los personajes de ficción.

Copleston: Sí, en un sentido el hombre ama a un fantasma; perfectamente cierto. Pero, en otro, ama lo que percibe como un valor.

El argumento moral

Russell: Pero ¿ahora no está diciendo, en efecto, que entiende por Dios todo cuanto es bueno, o la suma total de lo que es bueno, el sistema de lo que es bueno, y, por lo tanto, cuando un joven ama algo bueno, ama a Dios? ¿Es eso lo que dice? Porque, si lo es, hay que discutirlo.

Copleston: No digo, claro está, que Dios sea la suma total o el sistema de lo bueno en el sentido panteísta; no soy panteísta, pero sí creo que toda bondad refleja a Dios de alguna forma y procede de Él, de modo que el hombre que ama lo que es realmente bueno, ama a Dios, aun cuando no advierta a Dios. Pero convengo en que la validez de esta interpretación de la conducta de un hombre depende del reconocimiento de la existencia de Dios, evidentemente.

Russell: Sí, pero ése es un punto que hay que probar.

Copleston: De acuerdo, pero yo considero que lo prueba el argumento metafísico y ahí diferimos.

Russell: Verá, yo entiendo que hay cosas buenas y cosas malas. Yo amo las cosas que son buenas, que yo creo que son buenas, y odio las cosas que creo malas. No digo que las cosas buenas lo son porque participan de la divina bondad.

Copleston: Sí, pero ¿cuál es su justificación para distinguir entre lo bueno y lo malo, o cómo se las arregla para distinguir ambas cosas?

Russell: No necesito justificación alguna, como no la necesito cuando distingo entre el azul y el amarillo. ¿Cuál es mi justificación para distinguir entre el azul y el amarillo? Veo que son diferentes.

Copleston: Estoy de acuerdo en que ésa es una excelente justificación. Usted distingue el amarillo del azul porque los ve, pero ¿cómo distingue lo bueno de lo malo?

Russell: Por mis sentimientos.

Copleston: Por sus sentimientos. Bien, eso era lo que yo preguntaba. ¿Usted cree que el bien y el mal hacen referencia simplemente al sentimiento?

Russell: Bien, ¿por qué un tipo de objeto parece amarillo y otro azul? Puedo darle una respuesta a eso gracias a los físicos, y en cuanto a que yo considere mala una cosa y otra buena, probablemente la respuesta es de la misma clase, pero no ha sido estudiada del mismo modo y no se la puedo dar.

Copleston: Bien, tomemos por ejemplo el comportamiento del comandante de Belsen. A usted le parece malo e indeseable, y a mí también. Para Adolfo Hitler, me figuro que sería algo bueno y deseable. Supongo que usted reconocerá que para Hitler era bueno y para usted malo.

Russell: No, no voy a ir tan lejos. Quiero decir que hay gente que comete errores en eso, como puede cometerlos en otras cosas. Si tiene ictericia verá las cosas amarillas aun cuando no lo sean. En eso comete un error.

Copleston: Sí, uno puede cometer errores, pero ¿se puede cometer un error cuando se trata simplemente de una cuestión referida a un sentimiento o a una emoción? Seguramente Hitler sería el único juez posible en lo relativo a sus propias emociones.

Russell: Tiene razón al decir eso, pero puede decir también varias cosas sobre los demás; por ejemplo, que si eso afectaba de tal manera las emociones de Hitler, entonces Hitler afecta de un modo totalmente distinto a mis emociones.

Copleston: Concedido. Pero ¿no hay criterio objetivo, aparte del sentimiento, para condenar la conducta del comandante de Belsen, según usted?

Russell: No más que para una persona daltónica que se encuentra exactamente en la misma posición. ¿Por qué condenamos intelectualmente al daltónico? ¿Porque se trata de una minoría?

Copleston: Yo diría que es porque le falta algo que normalmente pertenece a la naturaleza humana.

Russell: Sí, pero si se tratara de una mayoría, no diríamos eso.

Copleston: Entonces, usted diría que no hay criterio aparte del sentimiento que nos permita distinguir entre la conducta del comandante de Belsen y la conducta, por ejemplo, de Sir Strafford Cripps, o del Arzobispo de Canterbury.

Russell: Lo del sentimiento es demasiado simple. Hay que tener en cuenta los efectos de los actos y los sentimientos hacia ésos efectos. Como verá, puede provocar una discusión, si usted dice que cierta clase de sucesos le agradan y que otros no le agradan. Entonces, tendría que tener en cuenta los efectos de las acciones. Puede decir muy bien que los efectos de las acciones del comandante de Belsen fueron dolorosos y desagradables.

Copleston: Indudablemente lo fueron, de acuerdo, para toda la gente del campo.

Russell: Sí, pero no sólo para la gente del campo, sino también para los extraños que los contemplaban.

Copleston: Sí, completamente cierto. Pero ése es mi criterio. No apruebo esos actos, y sé que usted no los aprueba, pero no veo razón alguna para no aprobarlos, porque, después de todo, para el comandante de Belsen esos actos eran agradables.

Russell: Sí, pero ve que en este caso no necesito más razones que en el caso de la percepción de los colores. Hay personas que piensan que todo es amarillo, hay gentes que sufren de ictericia, y yo no estoy de acuerdo con ellas. No puedo probar que las cosas no son amarillas, no hay prueba de ello, pero la mayoría de la gente está de acuerdo conmigo en que el comandante de Belsen estaba cometiendo errores.

Copleston: Bien, ¿acepta alguna obligación moral?

Russell: El responder a eso me obligaría a extenderme mucho. Hablando en términos prácticos, sí. Hablando teóricamente, tendría que definir la obligación moral muy cuidadosamente.

Copleston: Bien, ¿cree que la palabra «debo» tiene simplemente una connotación emocional?

Russell: No, no lo creo, porque, como decía hace un momento, uno tiene que tener en cuenta los efectos, y yo opino que la buena conducta es la que probablemente produciría el mayor saldo posible en valor intrínseco de todos los actos posibles de acuerdo con las circunstancias, y hay que tener en cuenta los efectos probables de una acción al considerar lo que es bueno.

Copleston: Bien, yo traje a colación la obligación moral porque pienso que uno puede acercarse por ese camino a la cuestión de la existencia de Dios. La gran mayoría de la raza humana hará, y siempre ha hecho, alguna distinción entre el bien y el mal. La gran mayoría, a mi entender, tiene alguna conciencia de una obligación en la esfera moral. Yo opino que la percepción de valores y la conciencia de una ley y una obligación morales tienen su mejor aplicación en la hipótesis de una razón trascendente del valor y de un autor de la ley moral. No entiendo por «autor de la ley moral» un autor arbitrario de la ley moral. Creo, en realidad, que esos ateos modernos que han sostenido, a la inversa, «no hay Dios; por lo tanto, no hay valores absolutos ni ley absoluta» son completamente lógicos.

Russell: No me gusta la palabra «absoluto». No creo que haya nada absoluto. La ley moral, por ejemplo, cambia constantemente. En un período del desarrollo de la raza humana casi todo el mundo pensaba que el canibalismo era un deber.

Copleston: Bien, no veo que las diferencias entre juicios morales particulares constituyan ningún argumento concluyente contra la universidad de la ley moral. Supongamos por el momento que hay valores morales absolutos; incluso manejando esta hipótesis sólo se puede esperar que diferentes individuos y diferentes grupos posean diversos grados de percepción de esos valores.

Russell: Me siento inclinado a pensar que «debo», el sentimiento que uno tiene acerca de «debo», es un eco de lo que nos han dicho nuestros padres y nuestras ayas.

Copleston: Bien, yo me pregunto si se puede acabar con la idea del «debo» solamente en términos de ayas y de padres. Realmente no sé cómo puede ser transmitida a nadie en otros términos que los propios. Me parece que, si hay un orden moral que pesa sobre la conciencia humana, entonces ese orden moral es ininteligible sin la existencia de Dios.

Russell: Entonces, tiene que elegir una de las dos cosas. O Dios sólo habla a un pequeño porcentaje de la humanidad -que da la casualidad que le comprende a usted-, o deliberadamente dice cosas que no son ciertas, cuando se dirige a la conciencia de los salvajes.

Copleston: Bien, yo no estoy sugiriendo que Dios dicte realmente los preceptos morales a la conciencia. Las ideas humanas del contenido de la ley moral dependen, desde luego, en gran parte de la educación y del medio, y un hombre tiene que usar su razón al estimar la validez de las ideas morales reales de su grupo social. Pero la posibilidad de criticar el código moral aceptado presupone que hay un patrón objetivo, que hay un orden moral ideal, que se impone (quiero decir, cuyo carácter obligatorio puede ser reconocido). Creo que el reconocimiento de este orden moral ideal es parte del reconocimiento de la contingencia. Implica la existencia de un fundamento real de Dios.

Russell: Pero el legislador siempre ha sido, a mi parecer, los padres o alguien semejante. Hay muchos legisladores terrestres, lo que explica por qué las conciencias de la gente son tan extraordinariamente distintas en diferentes tiempos y lugares.

Copleston: Eso ayuda a explicar las diferencias de percepción de los valores morales particulares, diferencias que de lo contrario son inexplicables. Ayudará también a explicar los cambios en materia de ley moral, en el contenido de los preceptos aceptados por esta o aquella nación, o este o aquel individuo. Pero su forma, lo que Kant llama el imperativo categórico, el «debo», yo realmente no sé cómo puede ser inculcado a nadie por los padres o las ayas, porque no hay términos posibles, que yo sepa, con que se pueda explicar. No puede definirse con otros términos que los suyos propios, porque una vez que se le ha definido en otros términos que ésos, se ha terminado con él. Ya no es un deber moral. Ya es otra cosa.

Russell: Bien, yo creo que el sentimiento del deber es la consecuencia de la imaginaria reprobación de alguien; puede ser la imaginaria reprobación de Dios, pero es la reprobación imaginaria de alguien. Y eso es lo que yo entiendo por «deber».

Copleston: A mí me parece que todas las cosas externas, las costumbres y tabúes, son las que pueden ser explicadas en base al medio y la educación, mas todo eso pertenece, a mi entender, a lo que llamo la materia de la ley, al contenido. La idea de «deber» es tal que no puede ser inculcada a un hombre por un jefe de tribu ni por nadie, porque no hay términos para ello. Me parece perfectamente... (Russell interrumpe).

Russell: Pero no encuentro ninguna razón para decir eso. Todos sabemos algo sobre reflejos condicionados. Sabemos que un animal, si se le castiga habitualmente por un determinado acto, a1 cabo de un tiempo dejará de hacerlo. No creo que el animal deje de hacerlo porque se ha dicho «mi amo se enfadará si hago esto». Tiene la sensación de que no debe hacer aquello. Eso es lo que ocurre con nosotros y nada más.

Copleston: No veo ninguna razón que nos haga suponer que un animal tiene conciencia de la obligación moral; y la verdad es que no consideramos a un animal moralmente responsable por sus actos de desobediencia. Pero el hombre tiene conciencia de la obligación y de los valores morales. No creo que se pueda condicionar a los hombres, como se puede «condicionar» a un animal, ni supongo que usted quisiera hacerlo realmente, aun cuando se pudiera. Si el conductismo fuera cierto, no habría distinción moral objetiva entre el emperador Nerón y San Francisco de Asís. No puedo menos que pensar, Lord Russell, que usted considera la conducta del comandante de Belsen como moralmente reprensible, y que usted jamás, bajo la circunstancia que fuese, actuaría de ese modo, aun cuando pensase, o tuviera razones para pensar, que posiblemente el saldo de felicidad de la raza humana podría aumentarse si se tratase a algunas personas de esa manera abominable.

Russell: No. Yo no imitaría la conducta de un perro rabioso. Pero el que no lo hiciera no incumbe a la cuestión que estamos discutiendo.

Copleston: No, pero si usted estuviera dando una explicación utilitaria del bien y del mal en términos de consecuencias, podría sostenerse, y yo supongo que algunos de los mejores nazis lo habrán sostenido, que, aunque es lamentable proceder de este modo, sin embargo, a la larga el saldo de felicidad es mayor. No creo que usted afirme eso, ¿verdad? Yo creo que usted dirá que esa acción es mala, en sí, aparte de que aumente o no la felicidad general. Entonces, si está dispuesto a decir esto, creo que debe de tener cierto criterio del bien y del mal, al margen del criterio del sentimiento. Para mí, ese reconocimiento tendría como último resultado el reconocimiento de Dios, como suprema razón de los valores existentes.

Russell: Creo que nos estamos confundiendo. No es el sentimiento directo hacia el acto el que me sirve de juicio, sino más bien el sentimiento hacia sus efectos. Y no puedo reconocer circunstancia alguna en la cual ciertas clases de conducta como las que ha estado poniendo como ejemplo podrían causar un bien. No concibo circunstancias en las cuales pudieran tener un efecto beneficioso. Creo que las personas que lo creen se engañan. Pero si hubiera circunstancias en las que produjesen un efecto beneficioso, entonces podría verme obligado a decir, aunque de mala gana, «No me gustan esas cosas, pero las aceptaré», como acepto el Código Penal, aunque el castigo me molesta profundamente.

Copleston: Bien, quizás ha llegado el momento de que yo haga un resumen de mi postura. He discutido dos cosas. Primero, que la existencia de Dios puede ser probada filosóficamente, mediante un argumento metafísico; segundo, que sólo la existencia de Dios da sentido a la experiencia moral y a la experiencia religiosa del hombre. Personalmente, opino que su modo de explicar los juicios morales del hombre lleva inevitablemente a una contradicción entre lo que exige su teoría y sus juicios espontáneos. Además, su teoría da de lado a la obligación moral, y eso no es una explicación. Con respecto al argumento metafísico, aparentemente estamos de acuerdo en que lo que llamamos mundo consiste sencillamente en seres contingentes. Es decir, en seres carentes de razón para su propia existencia. Usted dice que la serie de acontecimientos no necesita explicación: yo digo que, si no hubiera un ser necesario, un ser que tuviera que existir y no pudiera dejar de existir, no existiría nada. El carácter infinito de la serie de seres contingentes, aun probado, no conduciría a nada. Hay algo que existe; por lo tanto tiene que haber algo que explique este hecho, un ser que esté al margen de la serie de seres contingentes. Si usted hubiera admitido esto, podríamos haber discutido si ese ser es personal, bueno, etc. En el punto sobre el que hemos realmente discutido, si hay o no un ser necesario, yo estoy de acuerdo con la gran mayoría de los filósofos clásicos.
Usted sostiene, según creo, que los seres existentes existen sencillamente, y que no hay justificación para plantear la cuestión de la explicación de su existencia. Pero yo querría indicar que esta posición no puede fundamentarse mediante el análisis lógico; expresa una filosofía que necesita pruebas. Creo que hemos llegado a un callejón sin salida porque nuestras ideas filosóficas son radicalmente diferentes; me parece que a lo que yo llamo una parte de la filosofía, usted lo llama el total, al menos en lo que tiene de racional la filosofía. Me parece, si me perdona que se lo diga, que además de su sistema lógico, que llama «moderno» por oposición a la lógica anticuada (un adjetivo tendencioso), defiende una filosofía que no puede ser verificada mediante el análisis lógico. Después de todo, el problema de la existencia de Dios es un problema existencial mientras que el análisis lógico no trata directamente los problemas de la existencia. Luego, a mi modo de ver, declarar que los términos que suponen una serie de problemas carecen de sentido, porque no son necesarios para tratar otra serie de problemas, es establecer desde un principio la naturaleza y la extensión de la filosofía, y esto en sí mismo es un acto filosófico que necesita justificación.

Russell: Bien, también yo diré unas cuantas palabras como resumen. Primero, en cuanto al argumento metafísico: no admito las connotaciones del término «contingente» o la posibilidad de explicación en el sentido del padre Copleston. Creo que la palabra «contingente» inevitablemente sugiere la posibilidad de algo que no tendría lo que llamaría usted el carácter accidental de existir simplemente, y no creo que esto sea verdad excepto en el sentido puramente causal. A veces se puede dar una explicación causal de algo diciendo que es el efecto de otra cosa, pero esto es sólo referir una cosa a otra y no hay -a mi entender- explicación alguna en el sentido del padre Copleston, ni tiene sentido tampoco llamar «contingentes» a las cosas, porque no podrían ser de otra manera. Esto es lo que yo diría acerca de eso, pero querría decir unas palabras sobre la acusación del padre Copleston acerca de que considero la lógica como el total de la filosofía, lo que no es así. No considero en absoluto la lógica como el total de la filosofía. Creo que la lógica es una parte esencial de la filosofía y que la lógica tiene que ser usada en filosofía, y creo que en eso él y yo estamos de acuerdo. Cuando la lógica que él usa era nueva, a saber, en la época de Aristóteles, hubo que darle una gran importancia; Aristóteles le dio pues una gran importancia a la lógica. Ahora se ha hecho vieja y respetable y no hay que darle tanta importancia. La lógica en que yo creo es relativamente nueva y, por lo tanto, tengo que imitar a Aristóteles dándole mucha importancia; pero no es que yo crea que representa toda la filosofía, no lo creo. Creo que es una parte importante de la filosofía y, cuando digo eso, que no encuentro un significado para esta o la otra palabra, se trata de una apreciación basada en lo que he averiguado sobre esa palabra en particular, al pensar acerca de ella. No se trata de una postura general que implique que todas las palabras usadas en metafísica carezcan de sentido, o cosa semejante, que realmente yo no creo. Con respecto al argumento moral advierto que cuando uno estudia antropología o historia se da cuenta de que hay personas que piensan que su deber consiste en realizar actos que yo considero abominables y, por lo tanto, no puedo atribuir origen divino a la materia de la obligación moral, cosa que el padre Copleston no me pide; pero creo que incluso la forma que toma la obligación moral, cuando se trata de ordenarle a uno que se coma a su padre, por ejemplo, no me parece una cosa muy noble y bella; y, por lo tanto, no puedo atribuir origen divino a la obligación moral en este sentido que creo que puede explicarse fácilmente de otras muchas maneras.

Heráclito 79

Sobre el discurso inaugural pronunciado por Paul Valéry en el Congreso de Cirugía de París

Luis Mario Vivanco


El lunes 17 de octubre de 1938, en el Anfiteatro de la Facultad de Medicina de París, Paul Valéry pronunció el discurso inaugural del Congreso de Cirugía. Sin lugar a dudas, en aquel momento influyeron diversos factores para que pudiera darse eso que, aún ahora, nos resulta un dato curioso: un poeta exponiendo sus ideas ante un grupo de cirujanos, entre los cuales seguramente se encontraban algunos de los más destacados de aquella época. Miembros de dos universos diferentes en los que, si bien es cierto que cada una de las partes era una autoridad en su materia, también es indiscutible que ambos conocían muy poco uno del otro. Por tal motivo, Valéry descartó de antemano la posibilidad de hablar de su trabajo personal, dudó y admitió finalmente su ignorancia. Dijo, "Lo que el ignorante en algún campo ignora más es, necesariamente, su propia ignorancia, ya que no posee los medios para medir su extensión y sondear su profundidad".

Paul Valéry contaba entonces con 67 años de edad, de los cuales había dedicado casi cincuenta a trabajar en sus cahiers, todos los días, de las cuatro a las siete de la mañana. Un hombre riguroso y metódico hasta el extremo, un poeta impecable y un gran observador de sí mismo; pero quizá sean rasgos más distintivos de él su aguda y firme inteligencia y la manera en que la empleaba, su brillante lucidez y su tacto para utilizar en una frase, en un poema, en un ensayo o en un tratado completo, las palabras exactas tanto en cantidad como en calidad; ni una más ni una menos. Quizá por eso aquel día, expuesto a la mirada acuciosa de los cirujanos, el poeta acostumbrado a la exactitud y a la seguridad de sus actos, se mostraba un tanto abrumado. Este discurso podría en buena parte juzgarse incluso como la excepción que confirma la regla en lo escrito por Valéry. El principio está lleno de disculpas, excusas y pretextos para justificar su estancia en ese lugar y en ese momento.

Pongámonos un poco en el sitio de los cirujanos que asistieron a un congreso para reforzar y actualizar sus conocimientos profesionales. Seguramente todos ellos, al consultar su programa de actividades, descubrieron, reconocieron y apreciaron de algún modo la presencia de Paul Valéry, distinguido poeta. Algunos, quizá los menos, vieron ese hecho como algo curioso, "un sencillo atrevimiento de las autoridades", o una actividad complementaria. Los más excepcionales todavía, los cirujanos que disfrutaban, sabían y comprendían el trabajo de Valéry, debieron considerar aquella situación como un abrazo afortunado entre la medicina y la poesía. Pensemos en estos últimos y en la desilusión y el fastidio que sintieron a cinco minutos de iniciado el discurso; pues bien, justo en el momento en que éstos estuvieron a punto de empezar a distraerse y voltear a otra parte, cabecear de sueño u ocupar la mente en otras cosas (como es la costumbre que se sigue en muchos eventos por el estilo), asoma la nariz del Valéry de siempre.

Recurre a su imaginación para lanzarse a los orígenes de la cirugía. La imaginación es libre, quién podría refutarla. Explica cómo la cirugía puede ser el más refinado producto de un instinto; acaso aquel que aún permanece en nosotros y nos impulsa a rechazar un mal que afecta nuestro cuerpo. Cuestiona quién, en momentos de desesperación, no ha sentido el impulso de amputar de golpe alguno de sus miembros que experimenta dolor. Elabora entonces una imagen maravillosa en la que un hombre es todos los hombres y todos los hombres la representación de la vida misma. Dice, "Quién sabe si la primera noción de biología que el hombre pudo formularse no es la siguiente: es posible dar la muerte. Primera definición de la vida: la vida es una propiedad que puede abolirse mediante ciertos actos. Además, no se conserva normalmente sino devorándose a sí misma en forma vegetal o animal. Todo un torrente de vida está perpetuamente sumergido en un abismo de otra vida". Si bien la muerte es un acto natural que la vida practica para conservarse, el hombre ha inventado la cirugía, acto mediante el cual enfrenta a la muerte y, en algunas ocasiones, logra vencerla. Curiosa y evidentemente, la cirugía resulta en estas condiciones un acto que atenta también contra la vida, o si se prefiere, contra la naturaleza. El crimen de Caín, por ejemplo, podría parecernos muy poco humano, pero para él acaso Abel no representaba un mal intolerable, al cual pudo extirpar de su vida mediante el uso de sus propios recursos. Habría que considerar en todo caso si eso que llamamos la ley del fuerte no es otra cosa que "la ley del vivo", en la que desde luego se impone el que tiene más vida. Y, si como afirma Spinoza, "nada se da fuera del orden natural de las cosas", entonces el hombre se debe, antes que a su sensibilidad y a su inteligencia, a su instinto de vida; y los cirujanos representan -volviendo a Valéry- su ejército más fuerte y más preparado para defenderlo de las adversidades.
Más adelante, hace algunos comentarios sobre el ritual de los cirujanos y, así como Borges dijo que el espejo es un objeto monstruoso al que nos hemos acostumbrado, Valéry nos hace conscientes de un hecho tan cotidiano como extraordinario: "Alguien que volviese de los infiernos, que os viese en vuestra grave tarea, revestidos y enmascarados de blanco, con una lámpara maravillosa fija en la frente, rodeados de levitas, atentos, actuando según un ritual minucioso sobre un ser entreabierto bajo vuestras manos enguantadas, y sumergido en su sueño mágico, creería que asiste a no sé qué sacrificio de esos que se celebran entre iniciados, en los misterios de las sectas antiguas. Pero ¿no es el sacrificio del mal y de la muerte lo que celebráis en esa extraña pompa, tan sabiamente ordenada". En la actualidad, es probable esa imagen sea igualmente aterradora e inquietante para el miembro de una tribu que no ha tenido contacto alguno con "la civilización". Basta con sacar una imagen de su contexto habitual para provocar incertidumbre, risa o interés. Valéry lo hace con esta imagen y en este contexto para despertar en los cirujanos la conciencia de su origen. Pueden variar los tiempos, los lugares, las estrategias, las costumbres, los rituales y las disciplinas, pero lo humano persiste en sus formas esenciales.


Finalmente, Valéry hace algunas referencias a la combinación exacta que deben hacer los cirujanos entre la teoría y la práctica. "Toda la ciencia del mundo no produce a un cirujano. El hacer lo consagra". Y como ejecutante de una obra determinada, lo ubica como a un artista, dado que -explica- "hay más de una manera de cortar y de recoser, y cada una pertenece a cada quien". Cada hombre se caracteriza y se distingue de los demás hombres por su hacer, "y hacer es lo propio de la mano", asegura. Es a partir de este momento cuando se convierte en amo y señor de su auditorio; cuando se percibe lo que quiso, lo que quiere y lo que siempre ha querido decir. Empieza por hablar de las manos del cirujano, no sólo como expertas en cortes y en suturas, sino hábiles también en la lectura de las diferentes partes de los cuerpos que examina. Explica cómo "cirugía, manuópera, maniobra, obra de mano... se ha especializado desde el siglo XII hasta el punto de ya no designar más que el trabajo de una mano aplicada en curar..." Real o metafóricamente, una mano podría describir los pasos que han marcado la evolución del hombre. "Diré que debe existir una relación recíproca de las más importantes entre nuestro pensamiento y esta maravillosa asociación de propiedades siempre presentes que la mano nos anexa." Es ése el punto central, Valéry descubre que al hablar de la mano del hombre habla del hombre en sí, y que al hacerlo puede además colocar a sus oyentes justo en el centro. "La mano vincula a nuestros instintos, procura a nuestras necesidades, ofrece a nuestras ideas una colección de instrumentos y de medios notables. ¿Cómo encontrar una fórmula para este aparato que alternativamente bendice y golpea, recibe y da, alimenta, presta juramento, lleva el compás, lee para el ciego, habla para el mudo, se extiende hacia el amigo, se levanta contra el adversario, y puede hacer de martillo, alfabeto, tenaza... no podría calificársela de órgano de lo posible..?"

Por unos momentos la mano del cirujano ha sido la de todos los hombres, pero Valéry regresa con ellos, "La cirugía es el arte de las operaciones". Inicia la descripción de lo que para él es una operación: la transformación de un organismo. A esas alturas de la conferencia, admite abiertamente que él es un poeta y hablará como tal (aun cuando hace ya un buen rato que lo viene haciendo). Formula una última imagen. Esta vez la del terror que puede experimentar un cuerpo al ser invadido por las manos del cirujano; "imagino el asombro extremo, el estupor del organismo que violáis, cuyos tesoros palpitantes sacáis, al hacer que penetren súbitamente hasta sus profundidades más alejadas el aire, la luz, las fuerzas y el hierro, al producir en esta inconcebible sustancia viva que nos es tan ajena en sí misma, y que nos constituye..."

Sin embargo, los cirujanos triunfan las más de las veces. La ciencia y la entereza de los hombres han permitido que existan cirugías y cirujanos que tengan cada vez la exactitud de una operación matemática y el cuidado y la exclusividad de una obra de arte. No todo es belleza, desde luego. Valéry termina aclarando "...nos sentimos demasiado a menudo testigos de los últimos días de una civilización que parece que desea terminar en el mayor lujo de medios para destruir y destruirse, es benéfico volverse hacia los hombres que no conservan de los descubrimientos, de los métodos y de los progresos técnicos, sino lo que pueden aplicar al alivio y a la salvación de sus semejantes".

Fuente: http://www.francia.org.mx/debates/agosto/valery.htm
H 91 – 22.02.2002



Palabras dichas en 1952 por Jorge Luis Borges ante la tumba del escritor

Macedonio Fernández (1874-1952)


Un filósofo, un poeta y un novelista mueren en Macedonio Fernández, y esos términos, aplicados a él, recobran un sentido que no suelen tener en esta república.

Filósofo es, entre nosotros, el hombre versado en la historia de la filosofía, en la cronología de los debates y en las bifurcaciones de las escuelas; poeta es el hombre que ha aprendido las reglas de la métrica (o que las infringe, ostentosamente) y que sabe, también, que puede versificar su melancolía, pero no su envidia o su gula, aunque tales pasiones sean fundamentales en él; novelista es el artesano que nos propone cuatro o cinco personas (cuatro o cinco nombres) y los hace convivir, dormir, despertarse, almorzar y tomar el té hasta llenar el número exigido de páginas. A Macedonio, en cambio, como a los hindúes, las circunstancias y las fechas de la filosofía no le importaron, pero si la filosofía. Fue filósofo, porque anhelaba saber quiénes somos (si es que alguien somos) y qué o quién es el universo. Fue poeta, porque sintió que la poesía es el procedimiento más fiel para transcribir la realidad. Macedonio, pienso, pudo haber escrito un Quijote cuyo protagonista diera con aventuras reales más portentosas que las que le prometieron sus libros. Fue novelista, porque sintió que cada yo es único, como lo es cada rostro, aunque razones metafísicas lo indujeron a negar el yo. Metafísicas o de índole emocional, porque he sospechado que negó el yo para ocultarlo de la muerte, para que, no existiendo, fuera inaccesible a la muerte.

Toda su vida, Macedonio, por amor de la vida, fue temeroso de la muerte, salvo (me dicen) en las últimas horas, en que halló su coraje y la esperó con tranquila curiosidad.

Íntimos amigos de Macedonio fueron José Ingenieros, Ignacio del Mazo, Carlos Mendiondo, Julio Molina Vedia, Arturo Múscari y mi padre, hacia 1921, de vuelta de Suiza y de España, heredé esa amistad. La República Argentina me pareció un territorio insípido, que no era, ya, la pintoresca barbarie y que aún no era la cultura, pero hablé un par de veces con Macedonio y comprendí que ese hombre gris que, en una mediocre pensión del barrio de los Tribunales, descubría los problemas eternos como si fuera Tales de Mileto o Parménides, podía reemplazar infinitamente los siglos y los reinos de Europa. Yo pasaba los días leyendo a Mauthner o elaborando áridos y avaros poemas de la secta, de la equivocación ultraísta; la certidumbre de que el sábado, en una confitería del Once, oiríamos a Macedonio explicar qué ausencia o qué ilusión es el yo, bastaba, lo recuerdo muy bien, para justificar las semanas. En el decurso de una vida ya larga, no hubo conversación que me impresionara como la de Macedonio Fernández, y he conocido a Alberto Gerchunoff y a Rafael Cansinos Assens. Se habla de la irreverencia de Macedonio. Este pensaba que la plenitud del ser esta aquí, ahora, en cada individuo, venerar lo lejano le parecía desdeñar o ignorar la divinidad inmediata; de ese recelo procedieron sus burlas contra viejas cosas ilustres.

Los historiadores de la mística judía hablan de un tipo de maestro, el Zaddik, cuya doctrina de la Ley es menos importante que el hecho de que él mismo es la Ley. Algo de Zaddik hubo en Macedonio. Yo por aquellos años lo imité, hasta la transcripción, hasta el apasionado y devoto plagio. Yo sentía: Macedonio es la metafísica, es la literatura. Quienes lo precedieron pueden resplandecer en la historia, pero eran borradores de Macedonio, versiones imperfectas y previas. No imitar ese canon hubiera sido una negligencia increíble.


Las mejores posibilidades de lo argentino -la lucidez, la modestia, la cortesía, la íntima pasión, la amistad genial- se realizaron en Macedonio Fernández, acaso con mayor plenitud que en otros contemporáneos famosos. Macedonio era criollo, con naturalidad y aun con inocencia, y precisamente por serlo, pudo bromear (como Estanislao del Campo, a quien tanto quería) sobre el gaucho y decir que éste era un entretenimiento para los caballos de las estancias.

Antes de ser escritas, las bromas y las especulaciones de Macedonio fueron orales. Yo he conocido la dicha de verlas surgir, al azar del diálogo, con una espontaneidad que acaso no guardan en la página escrita.

Definir a Macedonio Fernández parece una empresa imposible; es como definir el rojo en términos de otro color; entiendo que el epíteto genial, por lo que afirma y lo que excluye, es quizá el más preciso que puede hallarse. Macedonio perdurara en su obra y como centro de una cariñosa mitología. Una de las felicidades de mi vida es haber sido amigo de Macedonio, es haberlo visto vivir.

H 91 – 22.02.2002



De cuando Mariel me pidió que le escribiera un cuento

Eduardo Dermardirossian

Hoy me telefoneó para pedirme que le escriba un cuento hoy. “Cuando nos encontremos para cenar me lo entregarás”. Sea, le dije.

A ella nunca pude negarle algo. Nunca, porque sentía que no complacerla sería justa causa de mortificación. Por eso estoy aquí, donde ahora me ves, frente al teclado, aligerando mi espíritu para escribirle algo.

Me pregunto: ¿por qué me pidió que le escribiera un cuento precisamente hoy? ¿qué particularidad tiene este día, si es que tiene alguna, para que hoy deba escribir un cuento para mi hija? Le he dado vueltas y más vueltas a la cosa, busqué aquí y allá, revisé fechas y aniversarios, suyos, míos, de todos cuantos vinieron a mi memoria. Nada, pues nada. Tomé entonces una de las calculadoras que gobiernan mi vida y hallé algo, sólo una cosa hallé. No sé cuánto importe. Hallé que hoy se cumplen 22.645 días de mi advenimiento a la vida. Hoy es mi cumpledías. Por eso Mariel me pidió que le escriba un cuento. Porque si miras bien, mañana cumpliré 22.646 días y será entonces que mi cumpledías coincidirá, precisamente, con mi cumpleaños. He aquí lo extraordinario de la ocasión y, entonces, del pedido. Nunca más tendría ella oportunidad de pedirle a su padre de 22.645 días que le escriba un cuento.

Pero aún subsiste una dificultad. ¿De dónde sacaría yo un cuento? Dime, lector, ¿de dónde? ¿Acaso son inagotables los cuentos?, las invenciones y las ensoñaciones ¿no tienen un límite?; aún más, ¿no dije cierta vez que yo había asesinado a mis musas? Mira: volar, ya he volado mucho; viajar a otros mundos, he ido y regresado mil veces; cantar y decir poesías, lo hice también y vi que mi lira no estaba afinada; del cielo y del infierno conozco todos sus sitios, todos sus escondrijos, y a las profundidades del mar y al abismo del espacio jamás me he atrevido. ¿De dónde obtengo ahora un cuento para Mariel?

¡Oh, no..!, hoy no podré escribir un cuento. No podré hacerlo hoy ni aun para Mariel. Pero otra cosa haré que quizá le plazca. Creo que ella no sabe el por qué de su nombre... Le preguntaré, entonces, si sabe por qué se llama Mariel, y cuando me responda que no, que no lo sabe, le diré que es porque tiene los ojos del color de la miel.

(Tú ignoras, lector, lo que yo sé, e ignoras también lo que sabe Mariel; por eso no puedes sospechar el tamaño de su alegría cuando me oiga decir la respuesta.)

Buenos Aires, diciembre 15 de 2001

H 91 – 22.02.2002



Sigmund Freud, La interpretación de los sueños, Planeta-De Agostini, Barcelona 1985, fragmento del apéndice del doctor Otto Rank, págs. 512 a 514. Traducción de Luis López-Ballesteros y de Torres.

El sueño y la poesía

"Aquello que, ignorado o desatinado por los hombres, vaga durante la noche a través del laberinto de nuestro pecho." Goethe

Desde muy antiguo han advertido los hombres que sus productos oníricos nocturnos delataban ciertas analogías con las creaciones de la poesía, y muchos poetas y pensadores han dedicado preferente atención al examen de las relaciones de forma, contenido y efecto, fácilmente visibles entre los dos fenómenos comparados. Los datos e hipótesis productos de esta labor, aunque no han llegado a concretarse en un conocimiento, caracterizan tan precisamente la esencia de dichos dos fenómenos, que la investigación propiamente científica no pierde nada con hacerse cargo de ellos. Ante todo, interesará al investigador de los sueños comprobar la estimación y comprensión que el enigma onírico ha hallado en los psicólogos intuitivos, la forma en que los poetas han sabido utilizar en sus obras su conocimiento de la vida onírica, y, por último, qué conexiones resultan quizá visibles entre las singulares facultades del alma “durmiente” y el alma “inspirada”.

El investigador psicoanalítico verá en primer lugar, con agrado, que los juicios intuitivos de los hombres de genio han atribuido siempre al sueño una significación, hipótesis que si bien es opuesta a las opiniones de la ciencia oficial y de la mayoría intelectual, puede aducir en su apoyo un antiquísimo prejuicio popular, finalmente sancionado por la psicología. En muy diversos textos hallamos expresada la convicción de que la vida onírica encierra la clave del conocimiento del alma humana, o sea del hombre en general. Así, en el Diario de Hebbel (6 agosto 1838): “El alma humana es una maravillosa esencia, y el sueño constituye el punto central de todos sus secretos.” Y el poeta Jean Paul, que dedicó a sus sueños especial atención y cuidadoso estudio, escribe: “Realmente, algunos cerebros nos instruirían más con sus sueños que con sus ideas, y algunos poetas nos regocijarían más con sus sueños verdaderos que con los que imaginan, del mismo modo que la inteligencia más árida llega a dar quince y raya en materia de profecías a todos los sabios del mundo en cuanto es encerrada en un manicomio.” Luego, en otro lugar, completa este pensamiento, añadiendo: “Me admira sobre todo, cómo no es utilizado el sueño para estudiar en él el proceso de representación involuntario de los niños, de los animales, de los locos, y hasta de los poetas, de los músicos y de las mujeres..”

De un modo análogo estima F. Kuernberger el sueño: “Realmente, si los hombres estuvieran más atentos a observar e interpretar los sutiles signos de la Naturaleza, habría de atraer su atención a esta vida onírica y hallarían que la Naturaleza les murmura en ella la primera sílaba del gran enigma, de cuya solución están sedientos.”

Lichtenberg, el espiritual filósofo, al que debemos finas observaciones sobre este tema, escribió una vez: “Recomiendo nuevamente el examen de los sueños. Tanto en el sueño como en la vigilia, vivimos y sentimos, y ambos estados forman igualmente parte de nuestra existencia. Una de las prerrogativas del hombre es el soñar y el saber que sueña. Pero aún no se ha aprovechado acertadamente de ella. El sueño es una vida que unida a la nuestra constituye aquello que denominamos existencia humana. Los sueños penetran en la vigilia y no puede decirse dónde acaban y empieza ésta.”

Nietzsche, al que también en este sector hemos de reconocer como precursor directo del psicoanálisis, descubre análogas relaciones del sueño con la vida despierta: “Aquello que vivimos en sueños, siempre que lo vivamos con frecuencia, pertenece, al fin y al cabo, a la totalidad de nuestra alma, como cualquier otra cosa realmente vivida: por ello somos más ricos o más pobres, tenemos una necesidad más o menos, y en pleno día, incluso en los más serenos instantes de nuestro espíritu despierto, somos llevados un poco de la mano por los hábitos de nuestros sueños.”

Los siguientes párrafos de Aurora muestran que Nietzsche no retrocedía ante las consecuencias de su juicio sobre los sueños: “¡De todo queréis ser responsables! ¡Sólo de vuestros sueños, no! ¡Qué miserable debilidad y qué falta de lógica! ¡Nada es más propiamente vuestro que vuestros sueños! ¡Nada hay que más sea vuestra obra! ¡Todo lo sois en tales comedias: materia, forma, duración, actores y espectadores! Pero es aquí donde os espantáis y avergonzáis de vosotros mismos. Ya Edipo, el sabio Edipo, supo consolarse con la idea de que no somos responsables de nuestros sueños. De esto deduzco que la mayoría de los hombres tiene que reprocharse sueños execrables. Si así no fuera, ¡cómo se hubiera explotado su poesía nocturna a favor del orgullo del hombre!”

Análogamente valora Tolstoi el sueño: “Despierto puedo engañarme sobre mí mismo; en cambio, el sueño me proporciona una justa medida del grado de perfección moral que he conseguido alcanzar.”

Lichtenberg opina: “Si relatáramos sinceramente nuestros sueños, revelarían éstos nuestro carácter más claramente que nuestra fisonomía.”

En el mismo sentido se ha expresado hace poco Gerhart Hauptmann: “Haber investigado todos los grados y clases del sueño significaría conocer el alma humana mucho más profundamente que ningún psicólogo actual” (Inmanuel Quint).

H 91 – 22.02.2002



El gigante norteamericano será el centro de gravedad del mundo hispánico en unas décadas. Aumenta la población hispanohablante, su acceso a la educación y su sentimiento de constituir una sola comunidad.

Seis tesis sobre el español en Estados Unidos

Eduardo Lago

La publicación de la Enciclopedia del español en Estados Unidos, proyecto conjunto del Instituto Cervantes y la editorial Santillana, ha despertado asombro por lo apabullante de las cifras que dan cuenta de la fuerza de nuestro idioma en aquel país, aunque no han faltado quienes se han mostrado escépticos a la hora de valorar lo que realmente puedan significar los datos aportados. Más de uno ha señalado que la Enciclopedia peca de triunfalismo; que por depender directamente de la inmigración, el español hablado en Norteamérica es una lengua carente de prestigio cultural; que la fuerza del español en Estados Unidos es efímera, siendo una lengua condenada a desaparecer no bien los hijos de los recién llegados se escolaricen y abracen el idioma y la cultura dominantes. Para quienes ven las cosas de este modo las manifestaciones culturales que tienen como vehículo de expresión el español (periódicos, emisoras de radio y televisión) se caracterizan por moverse dentro de unos parámetros de calidad ínfimos. En las líneas que siguen esbozaré de manera sucinta seis tesis cuya formulación tiene por fin contextualizar la situación que vive hoy el español en Estados Unidos.

1. Lengua materna a la vez que extranjera. Como pone de relieve la topografía, con nombres tan resonantemente hispánicos como Florida, San Francisco, Los Ángeles, Colorado o Nevada, en Estados Unidos el español no ha sido nunca una lengua extranjera. Tras la cesión de más de la mitad del territorio mexicano cuando tuvo lugar la firma del Tratado de Guadalupe-Hidalgo en 1848, un número ingente de hispanohablantes pasaron a ser estadounidenses de la noche a la mañana. El siglo y medio largo transcurrido desde entonces ha estado marcado por una sucesión de flujos migratorios que han reforzado de manera ininterrumpida la condición de lengua materna que tiene en aquel país el español. Esta circunstancia es la razón directa de la imperiosa necesidad que tienen los norteamericanos de estudiar nuestro idioma. Con gran diferencia sobre todas las demás, el español es la lengua extranjera con mayor demanda. Por otra parte, la fuerza de la inmigración hispana es la causante de un hecho que no se da en ningún otro país del mundo. En Estados Unidos el español goza de un estatus doble: es, a la vez que un idioma materno, una lengua extranjera. Esta insólita circunstancia es uno de los rasgos que singularizan a Estados Unidos como país hispanohablante. Hay otros, como se verá.

2. País bilingüe y bicultural. En torno al año 2050, los hispanos constituirán la cuarta parte de la población estadounidense, lo cual equivale a decir que, en la proporción que refleja este dato, el país está destinado a convertirse en una sociedad bilingüe y bicultural. Esta tendencia viene subrayada por un giro que ha empezado a experimentar recientemente la inmigración hispanohablante, que de estar circunscrita a enclaves perfectamente localizados, en su mayoría urbanos, ha pasado a repartirse por la totalidad del territorio nacional, incluidas amplias áreas rurales. En una zona tan remota como el Estado de Washington, en la costa del Pacífico, al extremo noroccidental de la frontera con Canadá, la población hispana, no hace mucho inexistente, ronda ya el 10%. Esta dispersión demográfica conlleva una expansión sin precedentes del español y de las culturas de que es vehículo, fenómeno que está transformando de manera dramática el mapa estadounidense, confiriéndole un rostro cada vez más latino.

3. La segunda 'latinitas'. En mi opinión, en Estados Unidos se está fraguando hoy una latinitas de signo opuesto a la primera, cuando el latín se disgregó dando lugar al nacimiento de las diversas lenguas romance. Al converger en territorio estadounidense, las distintas identidades latinoamericanas tienden a acortar distancias entre sí, produciéndose un tropismo de signo transnacional que hace que, trascendiendo su origen y sin renunciar a él, mexicanos, puertorriqueños, dominicanos, salvadoreños, colombianos y otros, se sientan hispanos de los Estados Unidos o, si se quiere ser políticamente correcto, latinos (vocablo despojado de connotaciones colonialistas). El término ha pasado a ser la seña de identidad de una latinidad que aglutina en sí a un gran número de comunidades. Este fenómeno de aglutinamiento cultural tiene su correlato en el plano lingüístico, como se verá.

4. Desplazamientos del centro de gravedad. La lengua española adquirió la plenitud de su ser cuando se trasladó al otro lado del Atlántico y se hizo americana. Tras el nacimiento de las nuevas repúblicas hispanoamericanas, el español se convirtió en la lengua común de una veintena de países. Con el advenimiento del modernismo, al desplazamiento del centro de gravedad lingüístico se sumó el literario, con Rubén Darío desempeñando el papel de piloto del idioma. El fenómeno alcanzó el clímax en los años sesenta del siglo pasado, con el surgimiento de la extraordinaria generación de narradores conocida como el boom latinoamericano. Según las estadísticas, en algún momento del siglo XXI, Estados Unidos será el país con mayor número de hispanohablantes. En mi opinión, ello comportará el desplazamiento del centro de gravedad hacia Norteamérica, no sólo de la lengua, sino también de una cultura de signo pan-hispánico. El fenómeno de hecho ha comenzado y con el tiempo Estados Unidos no hará sino afianzarse como un potente productor de cultura latina, con la singularidad de que lo hará en inglés y en español.

5. El español como territorio de afirmación y resistencia. El fenómeno más revelador en torno a la relación que mantienen entre sí las culturas hispánica y anglosajona en Estados Unidos es el cambio de actitud por parte de los latinos hacia la lengua y la cultura dominantes, algo cada vez más patente. Antes había urgencia por asimilarse, lo cual implicaba dejar atrás, junto a la cultura, la lengua de que ésta era vehículo. Hoy día, aunque a nadie se le pasa por la cabeza el despropósito que supondría dejar de lado el inglés, se observa entre los latinos, sobre todo en los que tienen acceso a la educación superior, un claro orgullo por la cultura originaria, y un afán por preservar el uso del español, que se desea mantener vivo, especialmente en las siguientes generaciones. De manera inequívoca, el español se ha convertido en un territorio de afirmación y resistencia que busca preservar la vinculación con la cultura latinoamericana.

6. Cristalización de una nueva lengua: el español de Estados Unidos. En último lugar postulo que de manera semejante a como se está forjando una identidad latina, resultante de un proceso de aglutinación cultural, en Estados Unidos se está forjando una nueva variedad lingüística, resultante del amalgamamiento de las distintas hablas nacionales que se dan cita en aquel país. El proceso será largo y nosotros no veremos su cristalización, pero la necesidad de dar con una modalidad de español con la que se sientan cómodos todos los hispanohablantes es ya patente. Un buen ejemplo son las emisiones de CNN en español, en las que se recurre a un habla despojada de marcas de identidad regionales. Otro tanto ocurre con el lenguaje de la prensa escrita o en el de las traducciones literarias al español publicadas por las editoriales estadounidenses.

Y a modo de conclusión, aunque es cierto que la batalla de la calidad está aún lejos de ganarse, son muchos los síntomas que permiten constatar que nos encontramos en un proceso en el que el español está adquiriendo cada vez más prestigio cultural. La población hispanohablante no hace sino aumentar y los miembros de las comunidades latinas tienen cada vez más acceso a la educación y menos prisa por desprenderse de las señas de identidad cultural de los países que dejan atrás. Nos encontramos en los umbrales de un proceso histórico que en el plazo de unas décadas convertirá a Estados Unidos en el centro de gravedad del mundo hispánico. Como parte de ese proceso, el español, un español con un nuevo rostro, está llamado a desempeñar un papel crucial.

Fuente: www.elpais.com 28 de nov 2008.



Correo electrónico del soñador y su terapeuta (segundo desatino)

Diciembre 16 de 2001


Mi sueño del 14 al 15 no fue más que un estorbo. Tengo rastros miserables de él, jirones de mí. Son sueños de cama pequeña, de cama de guardia pequeña en el ámbito de la sinrazón.

Fue así: me bañaba sumergida en espuma y al ver la planta de mi pie izquierdo vislumbré una erosión que no dolía, parecía antigua, redonda, profunda, con sus bordes que luchaban por curar. Por haber visto tantas heridas, comprendí que ese afán era innecesario porque los tejidos estaban vivos, rosados, irrigados, no sentí lastimadura alguna. Y tomé la peor de las decisiones: lo rellené con miga de pan hasta esculpir así mi falso dedo. Me quedé tranquila y... fin, no hubo más sueño.


Sin poder interpretar yo misma nada, mi sueño me arrastra a la reflexión: ¿no estaré haciendo lo mismo con las cosas de mi vida, esculpiendo con materiales efímeros e impropios partes de mí que ni siquiera duelen? No es mala idea que juguemos a ejercitar nuestra capacidad no psicoanalítica, para dar a nuestros sueños algún sentido mundano, como aprendices de pitonisas; darles algún valor agregado más allá de la función que sabemos cumplen. Te invito a jugar contándonos los sueños, el espejo mejorará su calidad y nos veremos mejor; vale pelear, defender, abogar por el sentido dado, discutirlo incluso y usar el azar y la arbitrariedad también. Mañana te contaré lo que soñé anoche.

¿Nos encontraremos en nuestros sueños?

Tu terapeuta


Diciembre 17 de 2001


Poblado de reflexiones, sugestiones e ironías, así es tu mensaje de ayer. Si me propongo abordar todos los asuntos tengo que gastar una jornada en la respuesta, corriendo el riesgo de extraviar la línea que separa mis dos sentaderas. Sólo de algunas cosas voy a ocuparme ahora, de las restantes hablaremos de cuerpo presente.

Está bien, juguemos a contarnos mutuamente nuestros sueños. Está bien. Pero quiero confesarte que a ese juego le tengo un poco de miedo. Juguemos sin embargo. Es claro que no me siento tentado a hacer interpretaciones (Mr. Freud y tú se enfadarían conmigo, me mandarían primero al CBC, luego a cursar la carrera de medicina, más tarde a completar una residencia en psiquiatría y a ejercitarme por algunos años para no pifiarle a las muchas boludeces que solemos soñar los hombres y mujeres, y, por fin, me reprobarían por inepto para ese menester). Tampoco voy a cometer la memez de creer que los sueños son preanunciativos. Quizá lo más atinado sea jugar con ellos, tal como lo quisiste, con un dejo de sentido estético y algo de humor si me es dado ese talento.

Tu sueño me resulta curioso, quizá porque no recuerdo haber soñado yo con mis propios pies (parte de mi cuerpo que incomprensiblemente deploro). Los pies son, según he leído u oído alguna vez, porciones deformadas de nuestra anatomía, partes que fueron manos y que malogramos a fuer de erguirnos sobre ellas. Los pies son aquella parte del cuerpo que detesto porque siempre quieren estar pisando la mísera tierra, quieren resignarse a la triste realidad. Son lo menos noble que tenemos, por lo que son besados y honrados solamente por aquellos que por su rango no merecen besar el rostro o las manos de sus señores. Entonces ¿por qué habías de restaurar tal adefesio, aun cuando fuera con miga de pan? ¿o es otro tu concepto y tu ponderación de los pies? La reflexión que intentas en el sentido de que tu pié izquierdo simboliza tu propia vida y que haces con él lo que tal vez estés haciendo con tu existencia, me parece, cuando menos, un disparate. Y no me disculpo nada: ¡dije un disparate! Porque es un acto de interpretación velada ¿verdad? Pareciera que con tu ojo quieres mirar tu ojo; y si para ese fin creíste que yo podía ser el espejo, te equivocaste fiero. Así que vamos, mujer, juguemos si es que quieres jugar, con espejitos también, pero a soñar otras cosas, que éstas le enredarían las entenderas al mismísimo Sigmund Freud.

Tu paciente

H 91 – 22.02.2002



Los versos de Hermann Hesse

Esbozo


Frío crepita el viento otoñal entre los secos juncos
agrisados por la tarde;
aleteando, las cornejas vuelan del sauce a tierra adentro.
Solo, un anciano se detiene un instante en la orilla,
siente el viento en sus cabellos, la noche y la nieve
inminente; eleva su mirada de los bordes de sombra hasta la
luz, allí donde, entre mar y nube, cálida sonreía aún,
iluminada, la cinta de una orilla lejana:
áureo más allá, dichoso como el sueño y la poesía.
Firmemente retiene en sus ojos la fulgurante imagen,
piensa en la patria, recuerda sus buenas épocas,
ve empalidecer el oro, lo ve extinguirse,
se vuelve y, lentamente, se dirige
del sauce a tierra adentro.

Reflexión

Divino es y eterno el Espíritu.
Hacia Él, cuya imagen e instrumento somos,
conduce nuestro camino, y es nuestro entrañable anhelo
llegar a ser como Él, fulgurar con su luz.
Mas del barro y mortales nacimos
e inerte pesa en nosotros, criaturas, la gravedad.

Aunque amor y cuidados maternales nos brinde Natura,
y la tierra nos nutra y sea cuna y tumba,
la paz no nos otorga;
paternal y próvida, deshace
la chispa del Espíritu inmortal
de Natura el amoroso encanto:
hace hombre al niño, diluye la inocencia
y nos despierta a la lucha y la conciencia.

Así, entre padre y madre,
así, entre cuerpo y espíritu,
vacila el hijo más frágil de la Creación:
el hombre de alma temerosa, pero capaz de los más
sublime: un amor más fiel y esperanzado.

Arduo es su camino, la muerte y el pecado lo alimentan,
se extravía con frecuencia en las tinieblas
y más le valdría a veces no haber sido creado.
Eternamente fulge, sin embargo,
sobre él su misión y su destino: la Luz, el Espíritu.
Y sentimos que es a él, desamparado,
a quien ama el Eterno especialmente.
Por ello no es posible amar,
erráticos hermanos, aun en la discordia.

Y ni condenas ni odios,
sino amor resignado
y amorosa paciencia
nos acercan a la meta sagrada.

H 91 – 22.02.2002

Heráclito 78

Nuestros lectores, nuestros colaboradores

Las columnas de Heráclito también se nutren con el aporte de los lectores, que suman sus reflexiones y sus versos a los de nuestros columnistas habituales y a las transcripciones que hacemos de autores que ornaron las letras en diferentes tiempos y latitudes.

En ocasiones ocurre que omitimos publicar las colaboraciones que buenamente nos envían los lectores. Ello merece una explicación que nos apresuramos a dar desde este lugar.

Razones de sintaxis, de valor literario o del interés particular de algunos de los textos que nos son enviados nos aconsejan obrar de este modo, que no es descalificatorio en absoluto. En estos últimos casos se trata de resguardar la independencia con que nos hemos propuesto obrar, procurando no suscribir a partidismos filosóficos ni políticos.

Pero digamos también que en todas las circunstancias respondemos a quienes tienen a bien enviarnos sus trabajos, expresándoles los motivos por los que tomamos una u otra decisión. Ellos entienden nuestras razones y buenamente siguen siendo nuestros lectores, entusiastas a veces. Saben que las columnas de este medio siguen abiertas para recibir sus aportes y que no discriminamos a la hora de publicar opiniones. Porque mantener cierta prescindencia ideológica no nos impide ser abarcativos y mirar en todas las direcciones.

A todos ellos, gracias.

La dirección

H 90 – 15.02.2002



Los niños también nos leen

Caperucita Amarilla

Eduardo Dermardirossian, Cuentos de Caperucita para Mariel, de próxima edición.

Nació en una modesta casita de paredes de adobe con techo de paja y fue su primera cuna un canasto, de los llamados moisés, que antes de ella otros niños habían ocupado. Su padre, leñador, hachaba los troncos durante el día entero para procurar el sustento de su familia. Su madre realizaba las tareas hogareñas, atendía el huerto que había al lado de la casa y se ocupaba de ordeñar las pocas cabras que tenían consigo. Esforzados y laboriosos, sin tregua en los quehaceres diarios, sí, pero felices de amarse y de tener por hija a Caperucita, los padres y la niña se reunían cada noche frente al fuego que ardía en el hogar y contaban historias. Aquí relataré una de ellas. Que no le ocurrió a esta Caperucita, sino a otra. Porque ha de saberse que son varias las niñas que así se llaman por usar capucha. La historia que relataré le ocurrió a otra niña que, al igual que ésta, usaba capucha amarilla. “Me contarás mi historia, papá”, se apresuró la niña. Y el padre: “En la vida, hijita, hay un gran espejo que como todos los espejos refleja lo que ocurre frente a él. Y bien, ignoro yo de qué lado del espejo ocurrió lo que ahora voy a relatarte, pero es preciso que si después de oírlo tú llegas a saberlo, guardes silencio a su respecto y ese será tu secreto que no revelarás a nadie”. Y a ti, lector, niño o adulto, te hago parecida advertencia: cuanto relate de ahora en más será para ti y a nadie lo contarás. Ni siquiera a mí mismo, porque al fin de la historia yo la habré olvidado.

Es asunto serio el del espejo. Y misterioso también. Frente a él ocurren las cosas y en él se reproducen fielmente, tal que no sabes en verdad cuál territorio es el de la realidad y cuál está duplicado. No hay modo de averiguarlo. Es más: los pensamientos, los sentimientos, las emociones y tantas otras cosas por el estilo, no se sabe de qué lado ocurren. Ignoro si importa saber esto pero es verdad que Caperucita Amarilla sentía una enorme curiosidad. Tanta, que con sus abundantes inquisiciones sobre el asunto le impedía al padre continuar con el relato. “Mira hija, ese es un misterio que no podrás esclarecer en las conversaciones, porque siendo uno de los grandes secretos de la vida es inconveniente que si algo descubres se cuentes a otros. Dios así lo ha querido. De modo que sola develarás ese misterio si es que esa gracia te ha sido concedida”. Pero la pequeña no podía dejar de preguntarse acerca del asunto y cuanto más hurgaba en su entendimiento tanto más le inquietaba el misterio. “¿Cuál seré yo en el relato que oiré de mi padre? ¿La Caperucita de cuál lado del espejo será la relatada? Una de ellas seré yo, la real, y la otra solamente un reflejo, y no podré discernir una de otra porque ambas somos iguales, las dos usamos capucha amarilla y mi propio padre ignora la verdad”. No salía la niña de sus cavilaciones cuando su padre inició el relato.

Caperucita Amarilla gustaba llevar a pastar sus cabras. Y mientras comían, ella contaba el número de aves que atravesaban el cielo en dirección al norte. Eran tantas, pero tantas aves que la pequeña solía perder su cuenta al cabo del día y regresaba a casa sin poder informar a su mamá al respecto. Sabía la mamá a qué era debida esa dificultad: Caperucita aún no sabía contar más allá de un número dado, diez, o quizá cien. Pero qué podía reprochársele a la niña que apenas excedía los dos años y medio de edad... Ya aprendería ella a contar sin límites. Y cuando transcurrió un año más aprendió a contar hasta mil, que era más que las aves que volaban diariamente de sur a norte. Entonces sí, cada día decía el número de pájaros que habían surcado el cielo en esa dirección.

Todo esto –ya lo sabemos- era relatado por su padre a Caperucita, que escuchaba con particular atención. Porque dudaba la niña si la que contaba las aves del cielo era la Caperucita real o la del espejo que en medio de la vida duplica todo lo que acontece. Aguardaba una señal, un dato, un fallo en el relato para establecer la verdad. “Porque –se decía- ha de saberse quién es quién en cada momento. ¿Cómo puedo dudar si yo soy la que ahora escucha lo narrado o si soy, siendo lo narrado, la espejada? ¡Qué lío! ¿Por qué a mi padre se le habrá ocurrido contarme esta historia precisamente? ¿Porqué así, papá?”.

Y un día -continuó el padre- ocurrió que el prado donde la niña pastaba sus cabras estaba enteramente cubierto de niebla, tal que si extendías la mano apenas podías verla. “Detente, detente ahí, papá, y por un momento no sigas con el cuento. Detente porque siendo que la niebla lo cubría todo, el espejo que está en medio de la vida no podrá reflejar a la verdadera Caperucita. Ahora mismo viajaré hasta el cuento y podré saber la verdad. Pero tú, papito, no sigas relatando la historia porque si avanzas en ella luego no sabré cómo regresar contigo. Detén la historia hasta que vuelva. Adiós...” Y desapareció la niña.

En medio de la pradera, rodeada de blanca y apretada niebla, se encontró Caperucita con su capucha amarilla rodeada de unas pocas cabras. Miró aquí y allá. Tanteó en la blancura del aire y no vio a nadie. “A quien buscas –se dijo- eres tú misma, Caperucita Amarilla, la del cuento, la del espejo y también la que escucha el relato”. Y encontrose con que el sol aún débil de la mañana despejaba la niebla y poco a poco se hacían visibles las cabras y los árboles, el prado y las montañas. Miró con sus ojos y también con todo su corazón y creyó que todo cuanto veía era el reflejo de un gran espejo. Eso vio Caperucita. Que un gran espejo le mostraba cómo era su derredor. Recordando lo dicho por su padre miró y miró, buscó y buscó dentro del espejo en procura de hallar su imagen. Y no la encontró. Presa ya de cierto desencanto caminó la pequeña con sus brazos extendidos hacia delante para tocar el espejo. Y cuando hubo andado un breve trecho vio a su mamá y a su papá y sus cosas que había dejado y se sentó junto a ellos. Papá continuó el relato a partir del punto mismo en que se había detenido, pero lo que le fue dicho a la niña ya no recuerdo, lector.

Si tú quieres, cuando la hallemos en otro cuento, le preguntaremos a Caperucita el final.


¿Cómo puedo dudar si soy yo la que escucha lo narrado o si soy, siendo lo narrado, la del espejo o la espejada? Sólo una niña o el sabio Platón pueden inquirir de este modo acerca del ahora y del yo. Porque quienes por no ser sabios hemos abolido la duda, quienes en busca de certezas para suplir nuestra ignorancia hemos edificado códigos y diccionarios, tenemos por virtud lo que no es tal. Fue la conciencia de su ignorancia lo que arrojó a la niña en busca de la verdad. Y a su regreso fue buena, más aún de lo que había sido hasta entonces, que en eso hay virtud y no en la presuntuosidad del que cree que sabe. Mas es preciso decir que, aún cuando virtuosa, en su viaje osado no halló la niña la verdad, no pudo tocar el espejo. No sabía Caperucita que antes que ella ya Sócrates sabía que no sabía. Y en premio a su osadía un mendrugo, sólo un mendrugo le había sido dado en el banquete de la verdad: “a quien buscas es a tí misma, Caperucita Amarilla, a la del cuento, a la del espejo y también a la que escucha el relato”.

H 90 – 15.02.2002



Edgar Allan Poe

Jorge Luis Borges *

Detrás de Poe, (como detrás de Swift, de Carlyle, de Almafuerte) hay una neurosis. Interpretar su obra en función de esa anomalía puede ser abusivo o legítimo. Es abusivo cuando se alega la neurosis para invalidar o negar la obra; es legítimo cuando se busca en la neurosis un medio para entender su génesis. Arthur Schopenhauer ha escrito que no hay circunstancia de nuestra vida que no sea voluntaria; en la neurosis, como en otras desdichas, podemos ver un artificio del individuo para lograr un fin. La neurosis de Poe le habría servido para renovar el cuento fantástico, para multiplicar las formas literarias del horror. También cabría decir que Poe sacrificó la vida a la obra, el destino mortal al destino póstumo.

Nuestro siglo es más desventurado que el XIX; a ese triste privilegio se debe que los infiernos elaborados ulteriormente (por Henry James, por Kafka) sean más complejos y más íntimos que el de Poe. La muerte y la locura fueron los símbolos de que éste se valió para comunicar su horror de la vida; en sus libros tuvo que simular que vivir es hermoso y que lo atroz es la destrucción de la vida, por obra de la muerte y de la locura. Tales símbolos atenúan su sentimiento; para el pobre Poe el mero hecho de existir era atroz. Acusado de imitar la literatura alemana, pudo responder con verdad: El terror no es de Alemania, es del alma.

Harto más firme y duradera que las poesías de Poe es la figura de Poe como poeta, legada a la imaginación de los hombres. (Lo mismo ocurre con Lord Byron, tal vez con Goethe). Algún verso inmemorable -Was it not Fate, that, on this July midnight - honra y acaso justifica sus páginas, lo demás es mera trivialidad, sensiblería, mal gusto, débiles remedos de Thomas Moore.

Aldous Huxley se ha distraído vertiendo al singular dialecto de Poe alguna estrofa sentenciosa de Milton; el resultado es lamentable, sin bien cabría objetar que un párrafo de El escarabajo de oro o de Berenice, traducido a la inextricable prosa del Tetrachordon, lo sería aún más. Nuestra imagen de Poe, la de un artífice que premedita y ejecuta su obra con lenta lucidez, al margen del favor popular, procede menos de las piezas de Poe que de la doctrina que enuncia en el ensayo The philosophy of composition. De esa doctrina, no de Dreamland o de Israfel, se derivan Mallarmé y Paul Valéry.

Poe se creía poeta, sólo poeta, pero las circunstancias lo llevaron a escribir cuentos, y esos cuentos a cuya escritura se resignó y que debió encarar como tareas ocasionales, son su inmortalidad. En algunos (La verdad sobre el caso del señor Valdemar, Un descenso al Maelström) brilla la invención circunstancial; otros (Ligeia, La máscara de la Muerte Roja, Eleonora) prescinden de ella con soberbia y con inexplicable eficacia. De otros (Los crímenes de la Rue Morgue, La carta robada) procede el caudaloso género policial que hoy fatiga las prensas y que no morirá del todo, porque también lo ilustran Wilkie Collins y Stevenson y Chesterton. Detrás de todos, animándolos, dándoles fantástica vida, están la angustia y el terror de Edgar Allan Poe.

Espejo de las arduas escuelas que ejercen el arte solitario y que no quieren ser voz de los muchos, padre de Baudelaire, que engendró a Mallarmé, que engendró a Valery, Poe indisolublemente pertenece a la historia de las letras occidentales, que no se comprende sin él. También, y esto es más importante y más íntimo, pertenece a lo intemporal y a lo eterno, por algún verso y por muchas páginas incomparables. De éstas yo destacaría las últimas del Relato de Arthur Gordon Pym de Nantucket, que es una sistemática pesadilla cuyo tema secreto es el color blanco.

Shakespeare ha escrito que son dulces los empleos de la adversidad; sin la neurosis, el alcohol, la pobreza, la soledad irreparable, no existiría la obra de Poe. Esto creó un mundo imaginario para eludir un mundo real; el mundo que soñó perdurará, el otro es casi un sueño.

Inaugurada por Baudelaire, y no desdeñada por Shaw, hay la costumbre pérfida de admirar a Poe contra los Estados Unidos, de juzgar al poeta como un ángel extraviado, para su mal, en ese frío y ávido infierno. La verdad es que Poe hubiera padecido en cualquier país. Nadie, por lo demás, admira a Baudelaire contra Francia o a Coleridge contra Inglaterra.

Fuente: diario La Nación (Buenos Aires), 2.10.49
H 90 – 15.02.2002



Correo electrónico del soñador y su terapeuta (primer desatino)
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Diciembre 15 de 2001

Durante la noche que me transportaba del 14 al 15 de diciembre tuve este sueño, que me apresuré a escribir para no extraviarlo en el basurero de la amnesia. Ahora te lo envío, terapeuta amiga, no con fines diagnósticos ni para sanar mi alma; te lo envío para mostrarte un poco más de mis adentros, para que mires la estatura de mis experiencias no buscadas. Después de todo ¿a quién sino a ti le mostraría yo estas cosas?

Era un lugar abierto, con pocas construcciones y grandes superficies destinadas al esparcimiento de las gentes que deambulaban de un sitio a otro, ora reuniéndose aquí, ora más allá, según fueran sus variables propósitos. Habían acudido en número crecido al punto de incomodarse unos a otros a causa de su proximidad. Las actividades se sucedían unas a otras y los paseantes mudaban continuamente de lugar, hasta que en un sitio apartado se congregó un grupo. Ignoro exactamente qué era lo que ocurría, pero ahí estábamos muchos hombres y mujeres. Entre tantos, había una muchacha de la que yo estaba enamorado y que otrora había correspondido a mis sentimientos, pero ya no; ahora ella cortejaba a otro hombre y yo estaba acongojado por eso. Sufría la indiferencia y el desdén de aquella muchacha que en un tiempo todavía cercano había sabido quererme y alegrar mis días. Ella hablaba entusiastamente con su nuevo amor y desdeñaba mi presencia, que sabía próxima, desdeñaba mi dolor que sabía grande. Y yo padecía ese desdén que era casi una burla impiadosa, injusta. Mientras transcurría el suceso que concitaba la atención pública y ella se regodeaba en abrazos y arrumacos con el otro, yo penaba y cada pena se materializaba en una espina sobre el grande y convexo tronco de un palo borracho que había en ese lugar. Eran tantas las espinas del árbol cuantas eran mis penas y lamentaciones. Y así es como el tronco del árbol se pobló de espinas, a cuál más grande y aguda. Y hete aquí que ese tronco, curiosamente, era también un asiento, un banco que, cubierto, como te digo, por tantas espinas, podía acomodar a dos o tres personas. Pero una particularidad más tenía el árbol-banco espinoso: por alguna circunstancia que desconozco, la disposición de las espinas permitía ver cuál era mi pesar, la razón de mi desdicha, el tamaño de mi padecimiento, tal que la mujer que ahora me desdeñaba, su nuevo hombre y otros del público podían conocer mis intimidades. Fue por esa causa que antes de retirarme del lugar arrojé sobre el tronco un puñado de espinas, para que adhiriéndose a él pudieran disimular mi pena y así resguardar mi pudor. Y luego, cuando ya todo había concluido y me retiraba del lugar, oía tras de mí la voz de ella que le decía palabras de amor a él, con lo que acrecía mi dolor. Luego el sueño se fue desdibujando y ya no recuerdo más de él; sólo sé que otro sueño vino a ocupar su lugar. De este último no recuerdo nada.

Tu paciente

Diciembre 16 de 2001
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¿Qué hacían los astros esa noche en su infinita vagancia? Seguramente por alguna misteriosa razón conjuraron ese adentro fugaz como una visión estelar.

Lo onírico, mi señor, ese territorio que no advierte temporalidad porque le es simplemente innecesaria, te inventó una nueva trampa. Tu sueño semeja pesadilla; vaya a saber qué "realización alucinatoria de deseos sexuales infantiles reprimidos", como Mr. Freud afirma técnicamente, se jugaron... Desprecio hoy su significado en ese plano (los domingos no trabajo). Pero así nomás, de calle, de onda, confirmo que posees la masculina cualidad de amar a lo femenino (no te ofendas mi porteñito-irlandés). No cualquier hombre goza y sufre ese privilegio: la esperanza, la espera, la ilusión, el recuerdo, la desrealización de un sueño amoroso, de un plan sentimental. Te envidio sanamente esa virtud de alquimista: la cotidianeidad no te rompió los raros caminos del deseo. Digo: Deseo y Muerte son términos a mi gusto opuestos y antagónicos. Lo bueno de esto es que lo nocturno deviene y advierte de lo diurno. Esas escenas no son ajenas a tu yo despierto, vivito y coleando para asir a "la mujer esquiva", seduciéndola con las artes que la palabra encierra.

Tu terapeuta

H 90 – 15.02.2002



Oxígeno para el sistema democrático

Xavier Caño Tamayo *

El año 2001 pasará a la crónica general también como aquel en el que la libertad de expresión y el derecho a la información sufrieron serios reveses. El atentado contra las Torres Gemelas no sólo fue un ataque feroz contra la vida: también se ha convertido en el catalizador de un acoso contra la libertad de expresión y el derecho a la información; un hecho que ha servido a los criptoautoritarios para amordazar, recortar y controlar el ejercicio de esos derechos esenciales.

Durante la Guerra del Golfo, sólo se publicó la información del conflicto que quisieron las fuerzas armadas de EEUU; la guerra se convirtió en un videojuego facilitado por el Pentágono o en una imagen difusa y verde de bombardeos inconcretos por la entusiasta colaboración de la CNN. Pero nada se dijo de la suerte del ejército enemigo ni de los errores de los ejércitos aliados ni de las bajas humanas de unos y otros. En esos días más que nunca se olvidó que el artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos proclama que “todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión”.

En nuestros días, en la llamada guerra de Afganistán, se ha continuado en esa línea; se ha mentido tal como declaró un portavoz del Pentágono que afirmó que “quizás sea necesario difundir noticias inexactas”. El propio Bush dijo que “esta es una guerra secreta con muchas operaciones secretas que no se pondrán a la vista”. Incluso el Gobierno de los EEUU pidió claramente a las cadenas de televisión y a los grandes diarios que no emitieran o publicaran declaraciones de Osama Bin Laden o de la organización Al Qaeda porque, dijeron, podrían contener mensajes cifrados para sus seguidores en Estados Unidos. Siendo preocupante que el Gobierno de un país democrático solicite a medios informativos que censuren la información, más grave fue que las grandes cadenas televisivas accedieran a la petición. En Europa las televisiones se negaron a dejar de emitir lo que consideraran noticia, pero no hubo el ánimo denunciador que ha caracterizado a la prensa libre durante décadas; se ha echado en falta la independencia crítica ante el anuncio de mandatarios europeos de promulgar leyes que recortan libertades ciudadanas con el pretexto de la lucha contra el terrorismo.

Sin embargo, esta situación no se ha dado sólo por el conflicto y tensión de los últimos meses. Desde hace años, se ha ido sustituyendo la verdad informativa por una concepción mercantil y propagandística de la noticia. Ya no interesa explicar las cosas que ocurren, cómo ocurren, por qué ocurren, quiénes son responsables, y a quién benefician o perjudican. La mayoría de los medios -y sobre todo las televisiones- han renunciado a revelar y denunciar las disfunciones y desajustes de la política, de la economía y de la sociedad: han apostado por la comercialidad y la búsqueda de beneficios, cuando no por la propaganda del injusto sistema económico vigente, sin el menor atisbo de crítica ni de distanciamiento.

El establecimiento de este nuevo concepto de noticia mercantilizada e interesada es evidente a través de los últimos años. Podemos recordar la crisis de Indonesia que acabó con la dictadura de Suharto: no se informó, en general, de que Suharto era un político al servicio de las potencias occidentales ni tampoco de que las duras medidas del Fondo Monetario Internacional causaron el empobrecimiento y la desesperación de grandes sectores de población indonesia que se lanzó a la calle. Tampoco se explicaron las trampas y engaños del Gobierno mexicano en el conflicto de Chiapas y al presidente Zedillo se le presentó como un apóstol de la paz. O no se explicó que el elogiado Perú de Fujimori por sus resultados macroeconómicos era en realidad una dictadura corrupta; tuvo que estallar el escándalo Montesinos para que se informara con algo más de honradez.

La lista de desinformaciones y ocultaciones sistemáticas es larga y sigue en nuestros días. No se ha informado de que Arabia Saudí es un régimen que conculca los derechos humanos y donde la mujer no pinta nada; ni de que, según el derecho internacional más aceptado, EEUU no puede bombardear a quien quiera, cuando quiera y como quiera; ni de que el asesinato de dirigentes sospechosos de terrorismo sin mediar juicio ni garantías procesales, es tan terrorismo como el que practican los seguidores de Bin Laden o los extremistas suicidas palestinos...

La relación de desinformaciones y ocultaciones es mucho más larga y no por casualidad. En los últimos años los medios informativos han sufrido un intenso proceso de concentración empresarial y, a inicios de 2002, una minoría de empresas controlan el 75% del producto mundial bruto del sector de la información; es decir, un reducido número de personas decide sobre qué se informa y cómo se informa en grandes agencias de noticias y corporaciones de prensa, radio, televisión e internet. La libertad informativa, en su doble vertiente de libertad de expresión y derecho a la información, es el oxígeno con el que respira el sistema de libertades. Si falta ese oxígeno, todo el cuerpo democrático peligra.

* Periodista
H 90 – 15.02.2002



Un poema de Rigoberta Menchú Tum

Patria abnegada

Crucé la frontera amor
no sé cuando volveré.
Tal vez cuando sea verano,
cuando abuelita luna y padre sol
se saluden otra vez,
en una madrugada esclareciente,
festejados por todas las estrellas.
Anunciarán las primeras lluvias,
retoñarán los ayotes que sembró Víctor
en esa tarde que fue mutilado por militares,
florecerán los duraznales y florecerán nuestros campos.
Sembraremos mucho maíz.
Maíz para todos los hijos de nuestra tierra.
Regresarán los enjambres de abejas que huyeron
por tantas masacres y tanto terror.
Saldrán de nuevo de las manos callosas tinajas,
y más tinajas para cosechar la miel.
Crucé la frontera empapada de tristeza.
Siento inmenso dolor de esa madrugada
lluviosa y oscura, que va más allá de mi existencia.
Lloran los mapaches, lloran los saraguates,
los coyotes y sensontles totalmente silenciosos,
los caracoles y los jutes desean hablar.
La tierra madre está de luto, empañada de sangre.
Llora día y noche de tanta tristeza.
Le faltarán los arrullos de los azadones,
los arrullos de los machetes,
los arrullos de las piedras de moler.
En cada amanecer estará ansiosa de escuchar
risas y cantos de sus gloriosos hijos.
Crucé la frontera cargada de dignidad.
Llevo el costal lleno de tantas cosas de esta tierra lluviosa,
llevo los recuerdos milenarios de Patrocinio,
los caites que nacieron conmigo, el olor de la
primavera, olor de los musgos, las caricias de la milpa
y los gloriosos callos de la infancia.
Llevo el güipil colorial para la fiesta cuando regrese.
Llevo los huesos y el resto del maiz. ¡Pues si!
Este costal volverá a donde salió, pase lo que pase.
Crucé la frontera amor.
Volveré mañana, cuando mamá torturada
teja otro güipil multicolor,
cuando papá quemado vivo madrugue otra vez,
para saludar el sol desde las cuatro esquinas
de nuestro ranchito.
Entonces habrá cuxa para todos, habrá pom,
la risa de los patojos, habrá marimbas alegres.
Harán lumbres en cada ranchito, en cada río para
lavar el nixtamal en la madrugada.
Se encenderán los ocotes, alumbrarán las veredas,
los barrancos, las rocas y los campos.

H 90 – 15.02.2002



Poema de Jorge Orozco

Herida abierta
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Herida abierta
de salvaje tajo,
de dorado alfanje
que las entrañas cala,
en faena diestra
y frenesí villano,
para morir feliz
todas las muertes,
de las vidas todas
donde fui tu víctima.
.
Vamos
herida abierta,
de cicatrices reñida
mátame ya,
con saña fiera
no esperes tanto,
pues
si me dejas vivo,
con embriagada ansia
te seguiré amando.

H 90 – 15.02.2002