Heráclito 60 Café Filosófico

Café Filosófico
El pensamiento de Nietzsche

Genealogía del lenguaje. Los conceptos de verdad y mentira en Friedrich Nietzsche

Presentación de Eduardo Dermardirossian
Moderador editorial del debate

El asunto del que se ocupa esta sexta mesa del Café Filosófico Heráclito ha sido sugerido por uno de nuestros columnistas. Se trata de reflexionar en torno a la breve obra que Friedrich Nietzsche escribió en 1873, cuando contaba 29 años de edad: Sobre verdad y mentira en sentido extramoral. En ella el autor aborda temas controversiales, examina la genealogía del lenguaje y los conceptos de verdad y mentira.

Tras el texto del filósofo alemán, que publicamos a continuación, se leerán las opiniones de algunos de nuestros lectores. Invito, pues, a quienes recorran estas páginas, a sopesar lo dicho por unos y por otros y a decir, si así lo quieren, sus pensamientos. Si lo hacen, habrán contribuido al saludable ejercicio de pensar los temas fundamentales del vivir. Y habrán exhumado la costumbre se filosofar que habitaba en los bares del viejo Buenos Aires y que últimamente están recuperando algunos reductos de las capitales europeas.


Café Filosófico
El pensamiento de Nietzsche

Sobre verdad y mentira en sentido extramoral

1
En algún apartado rincón del universo centelleante, desparramado en innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales inteligentes inventaron el conocimiento. Fue el minuto más altanero y falaz de la “Historia Universal”: pero, a fin de cuentas, sólo un minuto. Tras breves respiraciones de la naturaleza, el astro se heló y los animales inteligentes hubieron de perecer. Alguien podría inventar una fábula semejante pero, con todo, no habría ilustrado suficientemente cuán lastimoso, cuán sombrío y caduco, cuán estéril y arbitrario es el estado en el que se presenta el intelecto humano dentro de la naturaleza. Hubo eternidades en las que no existía; cuando de nuevo se acabe todo para él no habrá sucedido nada, puesto que para ese intelecto no hay ninguna misión ulterior que conduzca más allá de la vida humana. No es sino humano, y solamente su poseedor y creador lo toma tan patéticamente como si en él girasen los goznes del mundo. Pero, si pudiéramos comunicarnos con la mosca, llegaríamos a saber que también ella navega por el aire poseída de ese mismo pathos, y se siente el centro volante de este mundo. Nada hay en la naturaleza, por despreciable e insignificante que sea, que, al más pequeño soplo de aquel poder del conocimiento, no se infle inmediatamente como un odre; y del mismo modo que cualquier mozo de cuerda quiere tener su admirador, el más soberbio de los hombres, el filósofo, está completamente convencido de que, desde todas partes, los ojos del universo tienen telescópicamente puesta su mirada en sus obras y pensamientos.

Es digno de nota que sea el intelecto quien así obre, él que, sin embargo, sólo ha sido añadido precisamente como un recurso de los seres más infelices, delicados y efímeros, para conservarlos un minuto en la existencia, de la cual, por el contrario, sin ese aditamento tendrían toda clase de motivos para huir tan rápidamente como el hijo de Lessing. Ese orgullo, ligado al conocimiento y a la sensación, niebla cegadora colocada sobre los ojos y los sentidos de los hombres, los hace engañarse sobre el valor de la existencia, puesto que aquél proporciona la más aduladora valoración sobre el conocimiento mismo. Su efecto más general es el engaño -pero también los efectos más particulares llevan consigo algo del mismo carácter-.

El intelecto, como medio de conservación del individuo, desarrolla sus fuerzas principales fingiendo, puesto que éste es el medio, merced al cual sobreviven los individuos débiles y poco robustos, como aquellos a quienes les ha sido negado servirse, en la lucha por la existencia, de cuernos, o de la afilada dentadura del animal de rapiña. En los hombres alcanza su punto culminante este arte de fingir; aquí el engaño, la adulación, la mentira y el fraude, la murmuración, la farsa, el vivir del brillo ajeno, el enmascaramiento, el convencionalismo encubridor, la escenificación ante los demás y ante uno mismo, en una palabra, el revoloteo incesante alrededor de la llama de la vanidad es hasta tal punto regla y ley, que apenas hay nada tan inconcebible como el hecho de que haya podido surgir entre los hombres una inclinación sincera y pura hacia la verdad. Se encuentran profundamente sumergidos en ilusiones y ensueños; su mirada se limita a deslizarse sobre la superficie de las cosas y percibe “formas”, su sensación no conduce en ningún caso a la verdad, sino que se contenta con recibir estímulos, como si jugase a tantear el dorso de las cosas. Además, durante toda una vida, el hombre se deja engañar por la noche en el sueño, sin que su sentido moral haya tratado nunca de impedirlo, mientras que parece que ha habido hombres que, a fuerza de voluntad, han conseguido eliminar los ronquidos. En realidad, ¿qué sabe el hombre de sí mismo? ¿Sería capaz de percibirse a sí mismo, aunque sólo fuese por una vez, como si estuviese tendido en una vitrina iluminada? ¿Acaso no le oculta la naturaleza la mayor parte de las cosas, incluso su propio cuerpo, de modo que, al margen de las circunvoluciones de sus intestinos, del rápido flujo de su circulación sanguínea, de las complejas vibraciones de sus fibras, quede desterrado y enredado en una conciencia soberbia e ilusa? Ella ha tirado la llave, y ¡ay de la funesta curiosidad que pudiese mirar fuera a través de una hendidura del cuarto de la conciencia y vislumbrase entonces que el hombre descansa sobre la crueldad, la codicia, la insaciabilidad, el asesinato, en la indiferencia de su ignorancia y, por así decirlo, pendiente en sus sueños del lomo de un tigre! ¿De dónde procede en el mundo entero, en esta constelación, el impulso hacia la verdad?

En un estado natural de las cosas, el individuo, en la medida en que se quiere mantener frente a los demás individuos, utiliza el intelecto y la mayor parte de las veces solamente para fingir, pero, puesto que el hombre, tanto por la necesidad como por hastío, desea existir en sociedad y gregariamente, precisa de un tratado de paz y, de acuerdo con este, procura que, al menos, desaparezca de su mundo el más grande bellum omnium contra omnes. Este tratado de paz conlleva algo que promete ser el primer paso para la consecución de ese misterioso impulso hacia la verdad. En este mismo momento se fija lo que a partir de entonces ha de ser “verdad”, es decir, se ha inventado una designación de las cosas uniformemente válida y obligatoria, y el poder legislativo del lenguaje proporciona también las primeras leyes de verdad, pues aquí se origina por primera vez el contraste entre verdad y mentira. El mentiroso utiliza las designaciones válidas, las palabras, para hacer aparecer lo irreal como real; dice, por ejemplo, “soy rico” cuando la designación correcta para su estado sería justamente “pobre”. Abusa de las convenciones consolidadas haciendo cambios discrecionales, cuando no invirtiendo los nombres. Si hace esto de manera interesada y que además ocasione perjuicios, la sociedad no confiará ya más en él y, por este motivo, lo expulsará de su seno. Por eso los hombres no huyen tanto de ser engañados como de ser perjudicados mediante el engaño; en este estadio tampoco detestan en rigor el embuste, sino las consecuencias perniciosas, hostiles, de ciertas clases de embustes. El hombre nada más que desea la verdad en un sentido análogamente limitado: ansía las consecuencias agradables de la verdad, aquellas que mantienen la vida; es indiferente al conocimiento puro y sin consecuencias e incluso hostil frente a las verdades susceptibles de efectos perjudiciales o destructivos. Y, además, ¿qué sucede con esas convenciones del lenguaje? ¿Son quizá productos del conocimiento, del sentido de la verdad? ¿Concuerdan las designaciones y las cosas? ¿Es el lenguaje la expresión adecuada de todas las realidades?

Solamente mediante el olvido puede el hombre alguna vez llegar a imaginarse que está en posesión de una “verdad” en el grado que se acaba de señalar. Si no se contenta con la verdad en forma de tautología, es decir, con conchas vacías, entonces trocará continuamente ilusiones por verdades. ¿Qué es una palabra? La reproducción en sonidos de un impulso nervioso. Pero inferir además a partir del impulso nervioso la existencia de una causa fuera de nosotros, es ya el resultado de un uso falso e injustificado del principio de razón. ¡Cómo podríamos decir legítimamente, si la verdad fuese lo único decisivo en la génesis del lenguaje, si el punto de vista de la certeza lo fuese también respecto a las designaciones, cómo, no obstante, podríamos decir legítimamente: la piedra es dura, como si además captásemos lo “duro” de otra manera y no solamente como una excitación completamente subjetiva! Dividimos las cosas en géneros, caracterizamos el árbol como masculino y la planta como femenino: ¡qué extrapolación tan arbitraria! ¡A qué altura volamos por encima del canon de la certeza! Hablamos de una “serpiente”: la designación cubre solamente el hecho de retorcerse; podría, por tanto, atribuírsele también al gusano. ¡Qué arbitrariedad en las delimitaciones! ¡Qué parcialidad en las preferencias, unas veces de una propiedad de una cosa, otras veces de otra! Los diferentes lenguajes, comparados unos con otros, ponen en evidencia que con las palabras jamás se llega a la verdad ni a una expresión adecuada pues, en caso contrario, no habría tantos lenguajes. La “cosa en sí” (esto sería justamente la verdad pura, sin consecuencias) es totalmente inalcanzable y no es deseable en absoluto para el creador del lenguaje. Éste se limita a designar las relaciones de las cosas con respecto a los hombres y para expresarlas apela a las metáforas más audaces. ¡En primer lugar, un impulso nervioso extrapolado en una imagen! Primera metáfora. ¡La imagen transformada de nuevo en un sonido! Segunda metáfora. Y, en cada caso, un salto total desde una esfera a otra completamente distinta. Se podría pensar en un hombre que fuese completamente sordo y jamás hubiera tenido ninguna sensación sonora ni musical; del mismo modo que un hombre de estas características se queda atónito ante las figuras acústicas de Chladni en la arena, descubre su causa en las vibraciones de la cuerda y jurará entonces que, en adelante, no se puede ignorar lo que los hombres llaman “sonido”, así nos sucede a todos nosotros con el lenguaje. Creemos saber algo de las cosas mismas cuando hablamos de árboles, colores, nieve y flores y no poseemos, sin embargo, más que metáforas de las cosas que no corresponden en absoluto a las esencias primitivas. Del mismo modo que el sonido configurado en la arena, la enigmática x de la cosa en sí se presenta en principio como impulso nervioso, después como figura, finalmente como sonido. Por tanto, en cualquier caso, el origen del lenguaje no sigue un proceso lógico, y todo el material sobre el que, y a partir del cual, trabaja y construye el hombre de la verdad, el investigador, el filósofo, procede, si no de las nubes, en ningún caso de la esencia de las cosas.

Pero pensemos especialmente en la formación de los conceptos. Toda palabra se convierte de manera inmediata en concepto en tanto que justamente no ha de servir para la experiencia singular y completamente individualizada a la que debe su origen, por ejemplo, como recuerdo, sino que debe encajar al mismo tiempo con innumerables experiencias, por así decirlo, más o menos similares, jamás idénticas estrictamente hablando; en suma, con casos puramente diferentes. Todo concepto se forma por equiparación de casos no iguales. Del mismo modo que es cierto que una hoja no es igual a otra, también es cierto que el concepto hoja se ha formado al abandonar de manera arbitraria esas diferencias individuales, al olvidar las notas distintivas, con lo cual se suscita entonces la representación, como si en la naturaleza hubiese algo separado de las hojas que fuese la “hoja”, una especie de arquetipo primigenio a partir del cual todas las hojas habrían sido tejidas, diseñadas, calibradas, coloreadas, onduladas, pintadas, pero por manos tan torpes, que ningún ejemplar resultase ser correcto y fidedigno como copia fiel del arquetipo. Decimos que un hombre es “honesto”. ¿Por qué ha obrado hoy tan honestamente?, preguntamos. Nuestra respuesta suele ser así: a causa de su honestidad. ¡La honestidad! Esto significa a su vez: la hoja es la causa de las hojas. Ciertamente no sabemos nada en absoluto de una cualidad esencial, denominada “honestidad”, pero sí de una serie numerosa de acciones individuales, por lo tanto desemejantes, que igualamos olvidando las desemejanzas, y, entonces, las denominamos acciones honestas; al final formulamos a partir de ellas una qualitas oculta con el nombre de “honestidad”.

La omisión de lo individual y de lo real nos proporciona el concepto del mismo modo que también nos proporciona la forma, mientras que la naturaleza no conoce formas ni conceptos, así como tampoco ningún tipo de géneros, sino solamente una x que es para nosotros inaccesible e indefinible. También la oposición que hacemos entre individuo y especie es antropomórfica y no procede de la esencia de las cosas, aun cuando tampoco nos aventuramos a decir que no le corresponde: en efecto, sería una afirmación dogmática y, en cuanto tal, tan demostrable como su contraria.

¿Qué es entonces la verdad? Una hueste en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes; las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son; metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible, monedas que han perdido su troquelado y no son ahora ya consideradas como monedas, sino como metal.

No sabemos todavía de dónde procede el impulso hacia la verdad, pues hasta ahora solamente hemos prestado atención al compromiso que la sociedad establece para existir: ser veraz, es decir, utilizar las metáforas usuales; por tanto, solamente hemos prestado atención, dicho en términos morales, al compromiso de mentir de acuerdo con una convención firme, mentir borreguilmente, de acuerdo con un estilo vinculante para todos. Ciertamente, el hombre se olvida de que su situación es ésta; por tanto, miente de la manera señalada inconscientemente y en virtud de hábitos seculares -y precisamente en virtud de esta inconsciencia, precisamente en virtud de este olvido, adquiere el sentimiento de la verdad-. A partir del sentimiento de estar comprometido a designar una cosa como “roja”, otra como “fría” y una tercera como “muda”, se despierta un movimiento moral hacia la verdad; a partir del contraste del mentiroso, en quien nadie confía y a quien todo el mundo excluye, el hombre se demuestra a sí mismo lo honesto, lo fiable y lo provechoso de la verdad. En ese instante, el hombre pone sus actos como ser racional bajo el dominio de las abstracciones; ya no tolera más el ser arrastrado por las impresiones repentinas, por las intuiciones; generaliza en primer lugar todas esas impresiones en conceptos más descoloridos, más fríos, para uncirlos al carro de su vida y de su acción. Todo lo que eleva al hombre por encima del animal depende de esa capacidad de volatilizar las metáforas intuitivas en un esquema; en suma, de la capacidad de disolver una figura en un concepto. En el ámbito de esos esquemas es posible algo que jamás podría conseguirse bajo las primitivas impresiones intuitivas: construir un orden piramidal por castas y grados; instituir un mundo nuevo de leyes, privilegios, subordinaciones y delimitaciones, que ahora se contrapone al otro mundo de las primitivas impresiones intuitivas como lo más firme, lo más general, lo mejor conocido y lo más humano y, por tanto, como una instancia reguladora e imperativa. Mientras que toda metáfora intuitiva es individual y no tiene otra idéntica y, por tanto, sabe siempre ponerse a salvo de toda clasificación, el gran edificio de los conceptos ostenta la rígida regularidad de un columbarium romano e insufla en la lógica el rigor y la frialdad peculiares de la matemática. Aquel a quien envuelve el hálito de esa frialdad, se resiste a creer que también el concepto, óseo y octogonal como un dado y, como tal, versátil, no sea más que el residuo de una metáfora, y que la ilusión de la extrapolación artística de un impulso nervioso en imágenes es, si no la madre, sí sin embargo la abuela de cualquier concepto. Ahora bien, dentro de ese juego de dados de los conceptos se denomina “verdad” al uso de cada dado según su designación; contar exactamente sus puntos, formar las clasificaciones correctas y no violar en ningún caso el orden de las castas ni la sucesión jerárquica. Así como los romanos y los etruscos dividían el cielo mediante rígidas líneas matemáticas y conjuraban en ese espacio así delimitado, como en un templum, a un dios, cada pueblo tiene sobre él un cielo conceptual semejante matemáticamente repartido y en esas circunstancias entiende por amor de la verdad, que todo dios conceptual ha de buscarse solamente en su propia esfera. Cabe admirar en este caso al hombre como poderoso genio constructor, que acierta a levantar sobre cimientos inestables y, por así decirlo, sobre agua en movimiento una catedral de conceptos infinitamente compleja: ciertamente, para encontrar apoyo en tales cimientos debe tratarse de un edificio hecho como de telarañas, suficientemente liviano para ser transportado por las olas, suficientemente firme para no desintegrarse ante cualquier soplo de viento. Como genio de la arquitectura el hombre se eleva muy por encima de la abeja: ésta construye con la cera que recoge de la naturaleza; aquél, con la materia bastante más delicada de los conceptos que, desde el principio, tiene que fabricar por sí mismo. Aquí él es acreedor de admiración profunda -pero no ciertamente por su inclinación a la verdad, al conocimiento puro de las cosas-. Si alguien esconde una cosa detrás de un matorral, a continuación la busca en ese mismo sitio y, además, la encuentra, no hay mucho de qué vanagloriarse en esa búsqueda y ese descubrimiento; sin embargo, esto es lo que sucede con la búsqueda y descubrimiento de la “verdad” dentro del recinto de la razón. Si doy la definición de mamífero y a continuación, después de haber examinado un camello, declaro: “he aquí un mamífero”, no cabe duda de que con ello se ha traído a la luz una nueva verdad, pero es de valor limitado; quiero decir; es antropomórfica de cabo a rabo y no contiene un solo punto que sea “verdadero en sí”, real y universal, prescindiendo de los hombres. El que busca tales verdades en el fondo solamente busca la metamorfosis del mundo en los hombres; aspira a una comprensión del mundo en tanto que cosa humanizada y consigue, en el mejor de los casos, el sentimiento de una asimilación. Del mismo modo que el astrólogo considera a las estrellas al servicio de los hombres y en conexión con su felicidad y con su desgracia, así también un investigador tal considera que el mundo en su totalidad está ligado a los hombres; como el eco infinitamente repetido de un sonido original, el hombre; como la imagen multiplicada de un arquetipo, el hombre. Su procedimiento consiste en tomar al hombre como medida de todas las cosas; pero entonces parte del error de creer que tiene estas cosas ante sí de manera inmediata, como objetos puros. Por tanto, olvida que las metáforas intuitivas originales no son más que metáforas y las toma por las cosas mismas.

Sólo mediante el olvido de este mundo primitivo de metáforas, sólo mediante el endurecimiento y petrificación de un fogoso torrente primordial compuesto por una masa de imágenes que surgen de la capacidad originaria de la fantasía humana, sólo mediante la invencible creencia en que este sol, esta ventana, esta mesa son una verdad en sí, en resumen: gracias solamente al hecho de que el hombre se olvida de sí mismo como sujeto y, por cierto, como sujeto artísticamente creador, vive con cierta calma, seguridad y consecuencia; si pudiera salir, aunque sólo fuese un instante, fuera de los muros de esa creencia que lo tiene prisionero, se terminaría en el acto su “conciencia de sí mismo”. Le cuesta trabajo reconocer ante sí mismo que el insecto o el pájaro perciben otro mundo completamente diferente al del hombre y que la cuestión de cuál de las dos percepciones del mundo es la correcta carece totalmente de sentido, ya que para decidir sobre ello tendríamos que medir con la medida de la percepción correcta, es decir, con una medida de la que no se dispone. Pero, por lo demás, la “percepción correcta” -es decir, la expresión adecuada de un objeto en el sujeto- me parece un absurdo lleno de contradicciones, puesto que entre dos esferas absolutamente distintas, como lo son el sujeto y el objeto, no hay ninguna causalidad, ninguna exactitud, ninguna expresión, sino, a lo sumo, una conducta estética, quiero decir: un extrapolar alusivo, un traducir balbuciente a un lenguaje completamente extraño, para lo que, en todo caso, se necesita una esfera intermedia y una fuerza mediadora, libres ambas para poetizar e inventar. La palabra “fenómeno” encierra muchas seducciones, por lo que, en lo posible, procuro evitarla, puesto que no es cierto que la esencia de las cosas se manifieste en el mundo empírico. Un pintor que careciese de manos y quisiera expresar por medio del canto el cuadro que ha concebido, revelará siempre, en ese paso de una esfera a otra, mucho más sobre la esencia de las cosas que en el mundo empírico. La misma relación de un impulso nervioso con la imagen producida no es, en sí, necesaria; pero cuando la misma imagen se ha producido millones de veces y se ha transmitido hereditariamente a través de muchas generaciones de hombres, apareciendo finalmente en toda la humanidad como consecuencia cada vez del mismo motivo, acaba por llegar a tener para el hombre el mismo significado que si fuese la única imagen necesaria, como si la relación del impulso nervioso original con la imagen producida fuese una relación de causalidad estricta; del mismo modo que un sueño eternamente repetido sería percibido y juzgado como algo absolutamente real. Pero el endurecimiento y la petrificación de una metáfora no garantizan para nada en absoluto la necesidad y la legitimación exclusiva de esta metáfora.

Sin duda, todo hombre que esté familiarizado con tales consideraciones ha sentido una profunda desconfianza hacia todo idealismo de este tipo, cada vez que se ha convencido con la claridad necesaria de la consecuencia, ubicuidad e infalibilidad de las leyes de la naturaleza; y ha sacado esta conclusión: aquí, cuanto alcanzamos en las alturas del mundo telescópico y en los abismos del mundo microscópico, todo es tan seguro, tan elaborado, tan infinito, tan regular, tan exento de lagunas; la ciencia cavará eternamente con éxito en estos pozos, y todo lo que encuentre habrá de concordar entre sí y no se contradirá. Qué poco se asemeja esto a un producto de la imaginación; si lo fuese, tendría que quedar al descubierto en alguna parte de la apariencia y la irrealidad. Al contrario, cabe decir por lo pronto que, si cada uno de nosotros tuviese una percepción sensorial diferente, podríamos percibir unas veces como pájaros, otras como gusanos, otras como plantas, o si alguno de nosotros viese el mismo estímulo como rojo, otro como azul e incluso un tercero lo percibiese como un sonido, entonces nadie hablaría de tal regularidad de la naturaleza, sino que solamente se la concebiría como una creación altamente subjetiva. Entonces, ¿qué es, en suma, para nosotros una ley de la naturaleza? No nos es conocida en sí, sino solamente por sus efectos, es decir, en sus relaciones con otras leyes de la naturaleza que, a su vez, sólo nos son conocidas como sumas de relaciones. Por consiguiente, todas esas relaciones no hacen más que remitir continuamente unas a otras y nos resultan completamente incomprensibles en su esencia; en realidad sólo conocemos de ellas lo que nosotros aportamos: el tiempo, el espacio, por tanto las relaciones de sucesión y los números. Pero todo lo maravilloso, lo que precisamente nos asombra de las leyes de la naturaleza, lo que reclama nuestra explicación y lo que podría introducir en nosotros la desconfianza respecto al idealismo, reside única y exclusivamente en el rigor matemático y en la inviolabilidad de las representaciones del espacio y del tiempo. Sin embargo, esas nociones las producimos en nosotros y a partir de nosotros con la misma necesidad que la araña teje su tela; si estamos obligados a concebir todas las cosas solamente bajo esas formas, entonces no es ninguna maravilla el que, a decir verdad, sólo captemos en todas las cosas precisamente esas formas, puesto que todas ellas deben llevar consigo las leyes del número, y el número es precisamente lo más asombroso de las cosas. Toda la regularidad de las órbitas de los astros y de los procesos químicos, regularidad que tanto respeto nos infunde, coincide en el fondo con aquellas propiedades que nosotros introducimos en las cosas, de modo que, con esto, nos infundimos respeto a nosotros mismos. En efecto, de aquí resulta que esta producción artística de metáforas con la que comienza en nosotros toda percepción, supone ya esas formas y, por tanto, se realizará en ellas; sólo por la sólida persistencia de esas formas primigenias resulta posible explicar el que más tarde haya podido construirse sobre las metáforas mismas el edificio de los conceptos. Este edificio es, efectivamente, una imitación, sobre la base de las metáforas, de las relaciones de espacio, tiempo y número.

2

Como hemos visto, en la construcción de los conceptos trabaja originariamente el lenguaje; más tarde la ciencia. Así como la abeja construye las celdas y, simultáneamente, las rellena de miel, del mismo modo la ciencia trabaja inconteniblemente en ese gran columbarium de los conceptos, necrópolis de las intuiciones; construye sin cesar nuevas y más elevadas plantas, apuntala, limpia y renueva las celdas viejas y, sobre todo, se esfuerza en llenar ese colosal andamiaje que desmesuradamente ha apilado y en ordenar dentro de él todo el mundo empírico, es decir, el mundo antropomórfico. Si ya el hombre de acción ata su vida a la razón y a los conceptos para no verse arrastrado y no perderse a sí mismo, el investigador construye su choza junto a la torre de la ciencia para que pueda servirle de ayuda y encontrar él mismo protección bajo ese baluarte ya existente. De hecho necesita protección, puesto que existen fuerzas terribles que constantemente le amenazan y que oponen a la verdad científica “verdades” de un tipo completamente diferente con las más diversas etiquetas.

Ese impulso hacia la construcción de metáforas, ese impulso fundamental del hombre del que no se puede prescindir ni un solo instante, pues si así se hiciese se prescindiría del hombre mismo, no queda en verdad sujeto y apenas si domado por el hecho de que con sus evanescentes productos, los conceptos, resulta construido un nuevo mundo regular y rígido que le sirve de fortaleza. Busca un nuevo campo para su actividad y otro cauce y lo encuentra en el mito y, sobre todo, en el arte. Confunde sin cesar las rúbricas y las celdas de los conceptos introduciendo de esta manera nuevas extrapolaciones, metáforas y metonimias; continuamente muestra el afán de configurar el mundo existente del hombre despierto, haciéndolo tan abigarradamente irregular, tan inconsecuente, tan inconexo, tan encantador y eternamente nuevo, como lo es el mundo de los sueños. En sí, ciertamente, el hombre despierto solamente adquiere conciencia de que está despierto por medio del rígido y regular tejido de los conceptos y, justamente por eso, cuando en alguna ocasión un tejido de conceptos es desgarrado de repente por el arte llega a creer que sueña. Tenía razón Pascal cuando afirmaba que, si todas las noches nos sobreviniese el mismo sueño, nos ocuparíamos tanto de él como de las cosas que vemos cada día: “Si un artesano estuviese seguro de que sueña cada noche, durante doce horas completas, que es rey, creo -dice Pascal- que sería tan dichoso como un rey que soñase todas las noches durante doce horas que es artesano”. La diurna vigilia de un pueblo míticamente excitado, como el de los antiguos griegos, es, de hecho, merced al milagro que se opera de continuo, tal y como el mito supone, más parecida al sueño que a la vigilia del pensador científicamente desilusionado. Si cada árbol puede hablar como una ninfa, o si un dios, bajo la apariencia de un toro, puede raptar doncellas, si de pronto la misma diosa Atenea puede ser vista en compañía de Pisístrato recorriendo las plazas de Atenas en un hermoso tiro -y esto el honrado ateniense lo creía-, entonces, en cada momento, como en sueños, todo es posible y la naturaleza entera revolotea alrededor del hombre como si solamente se tratase de una mascarada de los dioses, para quienes no constituiría más que una broma el engañar a los hombres bajo todas las figuras.

Pero el hombre mismo tiene una invencible inclinación a dejarse engañar y está como hechizado por la felicidad cuando el rapsoda le narra cuentos épicos como si fuesen verdades, o cuando en una obra de teatro el cómico, haciendo el papel de rey, actúa más regiamente que un rey en la realidad. El intelecto, ese maestro del fingir, se encuentra libre y relevado de su esclavitud habitual tanto tiempo como puede engañar sin causar daño, y en esos momentos celebra sus Saturnales. Jamás es tan exuberante, tan rico, tan soberbio, tan ágil y tan audaz: poseído de placer creador, arroja las metáforas sin orden alguno y remueve los mojones de las abstracciones de tal manera que, por ejemplo, designa el río como el camino en movimiento que lleva al hombre allí donde habitualmente va. Ahora ha arrojado de sí el signo de la servidumbre; mientras que antes se esforzaba con triste solicitud en mostrar el camino y las herramientas a un pobre individuo que ansía la existencia y se lanza, como un siervo, en buscar de presa y botín para su señor, ahora se ha convertido en señor y puede borrar de su semblante la expresión de indigencia. Todo lo que él hace ahora conlleva, en comparación con sus acciones anteriores, el fingimiento, lo mismo que las anteriores conllevaban la distorsión. Copia la vida del hombre, pero la toma como una cosa buena y parece darse por satisfecho con ella. Ese enorme entramado y andamiaje de los conceptos al que de por vida se aferra el hombre indigente para salvarse, es solamente un armazón para el intelecto liberado y un juguete para sus más audaces obras de arte y, cuando lo destruye, lo mezcla desordenadamente y lo vuelve a juntar irónicamente, uniendo lo más diverso y separando lo más afín, pone de manifiesto que no necesita de aquellos recursos de la indigencia y que ahora no se guía por conceptos, sino por intuiciones. No existe ningún camino regular que conduzca desde esas intuiciones a la región de los esquemas espectrales, las abstracciones; la palabra no está hecha para ellas, el hombre enmudece al verlas o habla en metáforas rigurosamente prohibidas o mediante concatenaciones conceptuales jamás oídas, para corresponder de un modo creador, aunque sólo sea mediante la destrucción y el escarnio de los antiguos límites conceptuales, a la impresión de la poderosa intuición actual.

Hay períodos en los que el hombre racional y el hombre intuitivo caminan juntos; el uno angustiado ante la intuición, el otro mofándose de la abstracción; es tan irracional el último como poco artístico el primero. Ambos ansían dominar la vida: éste sabiendo afrontar las necesidades más imperiosas mediante previsión, prudencia y regularidad; aquél sin ver, como “héroe desbordante de alegría”, esas necesidades y tomando como real solamente la vida disfrazada de apariencia y belleza. Allí donde el hombre intuitivo, como en la Grecia antigua, maneja sus armas de manera más potente y victoriosa que su adversario, puede, si las circunstancias son favorables, configurar una cultura y establecer el dominio del arte sobre la vida; ese fingir, ese rechazo de la indigencia, ese brillo de las intuiciones metafóricas y, en suma, esa inmediatez del engaño acompañan todas las manifestaciones de una vida de esa especie. Ni la casa, ni el paso, ni la indumentaria, ni la tinaja de barro descubren que ha sido la necesidad la que los ha concebido: parece como si en todos ellos hubiera de expresarse una felicidad sublime y una serenidad olímpica y, en cierto modo, un juego con la seriedad. Mientras que el hombre guiado por conceptos y abstracciones solamente conjura la desgracia mediante ellas, sin extraer de las abstracciones mismas algún tipo de felicidad; mientras que aspira a liberarse de los dolores lo más posible, el hombre intuitivo, aposentado en medio de una cultura, consigue ya, gracias a sus intuiciones, además de conjurar los males, un flujo constante de claridad, animación y liberación. Es cierto que sufre con más vehemencia cuando sufre; incluso sufre más a menudo porque no sabe aprender de la experiencia y tropieza una y otra vez en la misma piedra en la que ya ha tropezado anteriormente. Es tan irracional en el sufrimiento como en la felicidad, se desgañita y no encuentra consuelo. ¡Cuán distintamente se comporta el hombre estoico ante las mismas desgracias, instruido por la experiencia y autocontrolado a través de los conceptos! Él, que sólo busca habitualmente sinceridad, verdad, emanciparse de los engaños y protegerse de las incursiones seductoras, representa ahora, en la desgracia, como aquél, en la felicidad, la obra maestra del fingimiento; no presenta un rostro humano, palpitante y expresivo, sino una especie de máscara de facciones dignas y proporcionadas; no grita y ni siquiera altera su voz; cuando todo un nublado descarga sobre él, se envuelve en su manto y se marcha caminando lentamente bajo la tormenta.



Café Filosófico
El pensamiento de Nietzsche

Lo interesante de Nietzsche, es que no nos dice lo que tenemos que pensar, nos obliga a hacerlo

Dijo Osvaldo Daniel Del Castello

En Verdad y mentira en sentido extramoral llegamos a la causa primera de la razón de ser. O sea, tenemos una idea lo suficientemente cercana a la realidad del por qué ser, pero no nos habla en absoluto del para qué ser, sabemos por qué somos pero no sabemos para qué somos.

En este estado de cosas, la especie humana no se diferencia de las demás especies, en el sentido de que todas llegaron a ser lo que son a partir de la creación de su propia “ficción” (la palabra ficción la pongo encomillada porque para mi interpretación del fenómeno el vocablo que utilizo es herramienta. Creo que es más funcional y que no se presta a confusión).

De no ser por esa “ficción” no seríamos lo que somos y ninguna especie sería lo que es. No podemos negar la existencia del ser o de los seres ni la necesidad de “ficción” inherente a ellos. Podríamos decir que esto, transferido exclusivamente al plano humano, es la génesis de nuestro sistema cultural. Y es tan poco el margen que tenemos para explicar esto que es imposible extenderse sin caer en tautologías. Sin embargo, lo más importante del texto que nos convoca es lo que sugiere, lo que no está escrito, lo que da que pensar.

Verdad y mentira en sentido extramoral no llega a ser una crítica de la cultura; es, simplemente, un diagnóstico. Nos dice lo que es, no lo que debe ser, nos dice que la “ficción” es necesaria, pero no nos dice que debemos permanecer eternamente en ella para que unos pocos pícaros y sus secuaces medren a expensas de 6.000 millones de convalecientes. No nos pide -ni siquiera nos autoriza- que depongamos la inteligencia y el coraje necesarios para cambiar esta ficción (ahora sin comillas) por otra más altruista, equitativa y justa. . En pocas palabras, ya no podemos mirar el mundo desde una cómoda perspectiva infantiloide. Sabemos ipso facto, que no dependemos del destino sino que este depende de nosotros.

Cómo será la fuerza inercial que produce la ficción que el imperativo categórico: No podríamos vivir sin... el arte, la filosofía, etc, es falso; es simplemente un circunstancial de tiempo, es una nueva ficción que justifica aquella ficción. Si nos encontráramos a escasos cien años del colapso del planeta, nadie tendría tiempo para el arte, la filosofía, las religiones, ni para otra cosa que no fuera estudiar, descubrir, producir los medios que nos puedan llevar a conquistar un nuevo mundo antes de que nos trague el sol. En ese momento diríamos que la única ficción imprescindible para la vida sería la que esté relacionada con este fin...

Desde luego es imposible premeditar todos los sucesos de la eternidad. Eso es lo interesante de Nietzsche, no nos dice lo que tenemos que pensar, nos obliga a hacerlo por medio de sus aforismos supuestamente eternos, es decir, vigentes por siempre.

Es preciso aprender a leer a Nietzsche, no buscar su comprensión en las interpretaciones de terceros que nos llevarán detrás de sus pensamientos, que podrán apartarnos de él y de la calidad de su enseñanza.

Así, pues, todo depende de nosotros. Sólo es verdad aquello que, por él, nos viene de nosotros mismos.
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Café Filosófico
El pensamiento de Nietzsche

Todo en la naturaleza física, psíquica y metafísica está formado por pares de opuestos complementarios

Dijo Paulino María Iñigo

El ingenioso y revelador discurso de Nietzsche, hoy ya no se sostiene en sus aspectos prácticos y tal vez hasta en lo esencial del mismo, pues a la luz de la física y psicofisiología moderna se puede, en suficiente medida, superar tal perspectiva.

Se plantea Nietzsche en este opúsculo “Sobre verdad y mentira en sentido extramoral”: ... Cual arbitrario es el estado en el que se presenta el intelecto humano dentro de la naturaleza.

Convengo que ello es relativamente cierto, pero para nada, como y hasta el punto y modo en que lo intuye y razona Nietzsche; veamos:

Aun siendo todo relativo, entre otras poderosas razones porque todas las verdades son semiverdades; ya que todo en la naturaleza física, psíquica y metafísica está formado por pares de opuestos complementarios y sintético-unificados, debido a que necesariamente son de la misma naturaleza, aunque de distinto grado, puesto que todo es materia-energía, onda y partícula, frío-calor, etc.

Parecería imposible trascender esta lógica binaria nietzscheana que veta la razón para transcenderse a sí misma. Aquí se detuvo Kant, Derrida, Rorty y tantos otros herederos de Nietzsche y representantes del “débil pensamiento”; pero no otros muchos como Hegel y su dialéctica triunitaria superadora de la limitada y aberrada óptica dualística. Óptica binaria productora de mitomanías escepticistas positivistas, así como también de ciertas religiosidades absurdas. Enseguida veremos porqué. Todo intento de aproximarse hacia cotas significativas de realidad o superación de la razón es tautológico si no se abandona la perspectiva dualística.

Continúa Nietzsche planteándonos: ¿De dónde procede en el mundo entero el impulso hacia la verdad?

Tal impulso nace del instinto social del individuo, porque el hombre es un ser social más que individual, y por ello intrínsecamente necesitado de una organización social-orgánica: simbiosis, necesaria complicidad para su viabilidad, desarrollo y evolución. De ello deviene el descubrimiento del impulso hacia la verdad como mecanismo de organización-colaboración y no simple competición absurda o parasitante. No hay evolución viable y posible sin amor, pero dejemos para mejor ocasión el porqué, la razón psicofisiológica de tal afirmación.

Somos seres eminentemente sociales, somos conglomerados atómicos o cuánticos sin existencia independiente del medio y ligados entre nosotros por un “orden implicado” (EPR) y discontinuidades cuánticas que correlacionan y unifican instantánea y holísticamente toda nuestra materia-energía en modo psíquico y físico, pero sin causalidad predeterminante...

La cosa en sí o verdad pura es inalcanzable, nos dice Nietzche.

Pues claro, es que no hay nada en sí o cosa. El frío o el calor, agua-hielo, etc, son pares unificados de opuestos... no es algo en sí...ni lo bueno ni lo malo, pero sí lo conveniente; y eso está en cierto grado en su punto medio como la virtud de todo par de opuestos... como la temperatura que tiene un grado apropiado o relativo adecuado a cada proceso vital, ser o cosa. O como la dualidad onda-partícula que por su acción sintética desplaza el efecto de su polaridad más aquí o más allá, en función de un proceso individual y social general en el que la parte y el todo encuentra su dinámico punto de equilibrio y reciprocidad... individual y social, que viene a ser como ver una verdad a medias.

¿Qué es entonces la verdad?

Pues sencillamente (para la persona) es la síntesis emergente más propicia y global en cada momento evolutivo dado, que deviene de la tesis y antítesis cognitiva que logramos por la acción conjugada de nuestras dos potencias de percepción y reflexión cerebrales, ubicadas en los hemisferios cerebrales izquierdo y derecho; pero solamente si están adecuadamente sintetizadas, y ahí está la clave, que se puede lograr debido a la acción de un cuerpo calloso cerebral, ¡en la mayoría de los casos raquítico y, por tal, insuficiente!. Cosa que ocurre por el excesivo dimorfismo existente en nuestros dos hemisferios cerebrales, sobre todo en los hombres. Lo que ha sido culturalmente propiciado por mitomanías escepticistas y religiosidades, y por líderes al uso que anularon el desarrollo del hemisferio cerebral derecho de toda persona; lo cual se ocasionó auspiciado por siglos de violenta competitividad y sojuzgamiento de la mujer y de lo intelectual y experiencialmente femenino; por consiguiente de todo el hemisferio derecho-femenino en hombres y mujeres. Crecimos cojos, sin contrapunto...con lentes cognitivas aberradas.

El hemisferio izquierdo percibe y reflexiona fragmentaria y reduccionistamente; por tanto, va sin brújula ni suficiente perspectiva o superior visión panorámica y holística. No puede ser objetivo aún cuando alcance resultados científicos o intelectuales maravillosos. Desarrolla así religiosidades, experiencias, comportamientos y escepticismos absurdos...

El hemisferio derecho percibe y reflexiona globalmente del todo hacia la parte, sin percatarse convenientemente de formas, detalles, particularidades individuales y sentido de lo limitado, finito, proporciones, etc. No puede ser, por tanto, objetivo.

Separadamente, las dos opuestas capacidades cognitivas son ineficaces y generan grandes problemáticas irresolubles a largo plazo. Por separado son arbitraria verdad y mentira; pero intrínsecamente combinados la verdad y la mentira forman un par de opuestos sintéticos, una retroalimenta a la otra como el azar a la causalidad. Y de su resultado no hay en realidad sino semiverdad. No hay azar ni causalidad sino intrínseca hibridez que alumbra grados de evolucionante, relativa, emergente y coherente libertad que evita la locura del azar y la esclavitud determinista de la causalidad.

Dejo pendiente la eficiencia del Amor como ingrediente indispensable para aproximarse a la verdad; cosa que Nietzche no llegó a comprender al establecer la supremacía competitiva del más fuerte.

He dejado para el final el fatalismo que embarga a Nietzsche en este opúsculo respecto al destino último del hombre.

No tiene Nietzsche desde su perspectiva fundamentos para abocarlos hacia la nada tras su último suspiro, y más, cuando hay tanta incertidumbre sobre el asunto. Hemos de ser prudentes y no dejarnos llevar por nuestras personales y viscerales inclinaciones sobre el particular. Pues el flujo dinámico de la vida y su materia-energía es transitorio y cíclico. Va de la pura energía a la masa, y viceversa, como muestra el big bang o la integración de un electrón-positrón y su conversión en dos fotones... En tales fluctuaciones cíclicas o reversibles de la materia-energía se conserva potencialmente la carga eléctrica, la gravedad-masa y todo el complejísimo software o “alma” que permite memorizar y reproducir la identidad “destruida”, para reencarnar nuevamente o somatizarse en el sorprendente devenir de la vida...


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El pensamiento de Nietzsche

Análisis del opúsculo de Friedrich Nietzsche “Sobre la verdad y mentira en sentido extra moral”

Dijo Santiago Galindo M.

De manera general y sin ánimo de ofender, me considero un apóstata de las grandes filosofías y de quienes las sustentaron. Entre estos está Nietzsche. No puede negarse que él ha tenido gran influencia en el pensamiento moderno, pero, a mi ver, actúa más bien como un escritor prolífico que mira las cosas de manera interesante y llamativa, pero sin mayor fundamentación racional. Está lleno premisas de las que no da razones convincentes, por lo que sus conclusiones tienden a ser falsas. Revisemos este opúsculo a través de sus ideas básicas.

La noción del conocimiento como una creación artificiosa y por lo tanto voluntaria sólo a partir de un momento dado, omite al intelecto que él mismo reconoce y, por lo tanto, también omite el conocimiento presente. Claro que para eso necesita descalificarlo hasta colocarlo como sinónimo de fingimiento, es decir, darle esa función en hombres supuestamente débiles; porque este filósofo los desdobla como vida y razón, pero esta aparente dicotomía es la que nos da una situación privilegiada en la tierra. Si la naturaleza del hombre es su racionalidad y su condición instintiva, su conocimiento no se limita a lo sensible, a la percepción de las “formas”; no se contenta el humano con recibir estímulos “como si jugase a tantear el dorso de las cosas”, tampoco acepta una verdad limitada. Nada explica que el hombre celebre un contrato para mentir, porque por necesidad y hastío desea vivir en sociedad. Pero aún cuando sea por necesidad o hastío, si el intelecto es capaz de darse cuenta de esto, de la conveniencia de vivir en sociedad, también comprenderá y ejercerá su impulso hacia la verdad.

La idea que Nietzsche tiene de la palabra como reproducción en sonidos de un impulso nervioso, es insuficiente porque no toma en cuenta su procesamiento racional. Que no se pueda inferir a partir de un impulso nervioso la existencia de una causa externa que lo haya motivado, es realmente un subjetivismo gratuito cercano a Berkeley, por mucho que se dedique a criticar el uso del principio de razón. Que el conocimiento sea una relación no quiere decir que sea relativo. Cuando se refiere a lo duro de la piedra, él pretende que lo duro sea captado en forma pura para ser conocido. Pero tal cosa no es así ni debe interpretarse el conocimiento de esa manera. Tiene que hacerse por una relación. Lo duro es esa relación y es de suponer que es un atributo del objeto. El desconocimiento de lo lógico y ontológico del pensamiento para fijarse en lo vivencial, como en el empirismo inglés, no difiere en Nietzsche. Él supone la actividad creadora del sujeto para justificar el conocimiento, como lo hizo Hume en la creencia en el mundo exterior y Descartes en Dios.

La verdad, que Nietzsche quiere confundir con el conocimiento, no es una captación inmediata y directa de algo, sino una proposición lógica o empírica que tiene una concordancia -para usar una definición- con el pensamiento o los hechos. Entonces, las palabras no expresan por sí la verdad de las cosas.

Nuestro autor llega a preguntarse de manera concreta qué es la verdad, y la define, desde luego, como una “hueste en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismo”. Pero de acuerdo a su pensamiento resulta que esta conclusión también sería una mentira, una proposición sin pretensión de ser verdadera.

Nietzsche arriba a la idea conclusoria de que el origen del impulso hacia la verdad viene del olvido del compromiso de mentir; pero esto no es así, ya que las cosas no terminan porque son nombradas. No hay tal “mentiroso nietzscheano”. Puede haber, a lo más, un mentiroso disidente. Todo este artificio, que tiene una cierta estructura lógica, bien puede ser aplicado al desenvolvimiento real de este impulso sin tener que explicarlo torcidamente.

Cuando el filósofo al que nos estamos refiriendo nos habla de dos esferas -según él completamente distintas-, como lo son el sujeto y el objeto, afirma que “no hay ninguna causalidad, ninguna exactitud, ninguna expresión, sino, a lo sumo, una conducta estética”. Llama la atención que concluya sin más que puede haber una conducta estética, cuando no debería haber nada: Leibniz tuvo que acudir a la sincronización preestablecida por la divinidad para explicar esta conexión sugerida por la regularidad de la imagen. Parece que no le molesta aceptar que a lo largo del tiempo muchos hombres tengan que ponerse de acuerdo en la misma percepción y arremete contra la solidez de la ciencia y sus leyes, tergiversando las cosas. Huelga decir que a la ciencia no le ha sido fácil su desarrollo. Nietzsche quiere endilgarle a las leyes el mismo carácter subjetivo que al conocimiento de las cosas, y no es verdad que conozcamos a las leyes como una suma de relaciones o que tengan alguna esencia. Una ley es una proposición que explica un comportamiento que se presenta como regular.

En el opúsculo que hoy se ofrece a nuestra consideración, Nietzsche usa el espacio y el tiempo en el sentido kantiano (que por cierto ya nadie interpreta como categorías del entendimiento, sino como propiedades de la realidad) para trasladar al sujeto la regularidad en el conocimiento del mundo y no comprometer su posición, que aparenta contradecirse con esta regularidad: la creación estética y la persistencia de las mismas reacciones ante los mismos estímulos durante miles de años, que él resuelve indicando que la “producción artística de metáforas (...) supone ya esas formas y, por lo tanto, se realizará en ellas”. (En otros de sus escritos posteriores se basará en la actividad creadora de sentido a través de las reglas gramaticales del lenguaje, como condiciones inmanentes de toda posible interpretación de la realidad).

Son muchas las cosas que Nietzsche tiene que torcer para explicar el mundo según su pensamiento.

Desde el acápite 2 su argumentación se va a transformar en pura literatura. Dirá, por ejemplo, que no hay diferencia substantiva entre vigilia y sueño. Su afirmación de que el hombre tiene una “invencible inclinación a dejarse engañar”, anuncia otra vez su gusto por la literatura. Habla de las intuiciones (cuyo origen es atribuible a la razón) como si fuera obra de la actividad estética.

El final de su opúsculo es poético, pero, a mi ver, no debió desdeñar al hombre racional por ser feliz, sino, más bien, al intuitivo por la desorientación que padece.



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El pensamiento de Nietzsche

Estamos reflexionando con conceptos extremadamente sutiles que el lenguaje desea representar y sabemos -¡ay, trágicamente! diría F. Nietzsche- que es imposible hacerlo

Dijo Luis Alberto Herrero

...Quiero hacer mentiras, mentiras, sí,
pero más verdaderas que la realidad misma.
Vincent Van Gogh, Cartas a Théo


El opúsculo de Nietzsche Sobre verdad y mentira en sentido extramoral me movilizó de manera especial. Es de esa clase de escritos que, al terminar de leerlos, te cambian de por vida. Me arriesgaría a decir que a partir de ahora ya nada será igual.

Mi percepción de la Realidad, que ya intuía engañosa, se confirma ahora como tal y necesaria para la vida. Por lo tanto, mi actitud frente a ella pasó de ser un peso muerto que cargaba sobre mis espaldas (ciegamente contestataria), a ser fresca, liberadora, menos alienante (“videntemente” contestataria). Para usar un vocablo de Nietzsche: danzarina.

Siento como si la gran piedra del mítico Sísifo (en este caso, no como absurdo de la existencia, sino como peso muerto innecesario), de pronto se cayera, y renaciera, cual poética epifanía, el absurdo intento de sacudir, a toda costa (ciegamente), una tras otra, todas las apariencias, ficciones y falacias, tan útiles y necesarias para la vida.

Yo que buscaba el desenmascaramiento; eliminar el velo de la ilusión (la maya) hasta llegar a la autenticidad en la conducta. Yo que buscaba la verdad. ¡Qué iluso!

Ahora resulta que esa máscara, aquel velo, estos engaños, esa inautenticidad, aquellas formas de ver, entender o explicar la realidad; sea por símbolos, íconos, gestos o signos (semiosis ilimitada), sea como lenguaje de las ciencias, de las artes, de la filosofía, o de la literatura (logos), en síntesis, sea como sea; son erróneas perspectivas antropomórficas, hermosas ficcionalidades y demás ilusiones imaginables y por imaginar, necesarias e inevitables para soportar y justificar la existencia, la vida toda.

Dice el aforismo 107 de “La gaya ciencia".

“Nuestra postrera gratitud al arte.- Si no gustásemos de las artes y no hubiésemos inventado esta manera de rendir culto al error, no podríamos soportar ese convencimiento de que la ilusión y el error son condiciones necesarias del mundo intelectual y del mundo sensible. La sinceridad nos conduciría al tedio y al suicidio...”

1.- Otras conclusiones a las que llego después de leer el libro Sobre verdad y mentira...

Sólo las inteligencias superiores perciben la mentira como mentira y la mentira como verdad ilusoria. Sólo las inteligencias superiores hacen uso de la mentira, del error, de la ilusión (de la vida como fenómeno estético)... ¡a sabiendas! (imposible no hacerlo, no podríamos vivir de otro modo).

Sólo las inteligencias superiores perciben (“ven” sería el vocablo óntico) que se trata de una mentira aproximativa, por el simple hecho de que la Realidad (el devenir) es un río caudaloso, caótico, de múltiples e infinitas relaciones causales impredecibles, inclasificables y, por lo tanto, irrepresentable.

El hombre cree representarla, por ejemplo, a través del lenguaje. Cómo se equivoca, y lo hace porque sólo toma una fotografía (una imagen) de ese río caudaloso y con ella representa un instante detenido, muerto, de su recorrido cambiante (devenir); con ella (la imagen) se ha reconfortado y ha construido toda su arquitectura antropomórfica del saber y el percibir.

La verdad -parafraseando a Nietzsche- es sólo una necrópolis de conceptos, de proposiciones, metonimias y metáforas.

Porque la palabra -sus símbolos, íconos, signos- nunca será “la cosa”. Pero necesitamos de estos símbolos para avanzar, para investigar, para ordenar, clasificar y representarnos el mundo ¡para asirnos de algo!

Esta percepción inexorable me lleva al pathos trágico del hombre que ve, a su escepticismo con respecto al conocimiento (ciencias), a la Verdad (absoluto), a la Axiología (los valores), a la Moral, etc. Me lleva a la necesidad vital de la ilusión, de la ficción, donde el arte juega -en mi caso- el papel de actor principal.

Pero cuidado, no avancemos a ciegas, estamos reflexionando con conceptos extremadamente sutiles que el lenguaje desea representar y sabemos -¡ay, trágicamente! diría F. Nietzsche- que es imposible hacerlo. Por lo tanto, mutatis mutandi digo: una cosa es hacer uso de esas funciones ficcionales reguladoras ¡a sabiendas! (inteligencias superiores), y otra muy distinta es darles un carácter de realidad, en sentido no extramoral sino ¡de imperativo moral! (como verdades absolutas, universales). En este caso, esas ayudas conceptuales reguladoras necesarias como ilusión para la vida, se transforman -al decir de Vaihinger- en ficciones in malo sensu (propio de las inteligencias inferiores: vulgo en general, muchos filósofos y pensadores académicos, políticos, etc).

En síntesis: la lectura de "Sobre verdad y mentira..." reafirma mi percepción de finitud en sentido absoluto, trágico. Me sumerge, de lleno, en una profundidad oceánica totalizadora donde desaparece de cuajo el principio de individuación, donde lo Divino es lo que dimana, surge, ordena y donde uno sólo atina a callarse, a guardar silencio, un silencio que es sagrado y por lo tanto es también religioso.

¡Subordinación y valor! Ese es mi pathos trágico

2.- ¿Qué hacer con esta nueva percepción?

Se debe tratar por todos los medios a nuestro alcance de que los demás vean esta ficcionalidad como necesaria (la tragedia del hombre que ve, diría Krishnamurti); esto es: que se haga uso responsable y consciente de las funciones ficcionales reguladoras. Para este fin tiene un valor irremplazable la crítica, la crítica del intelectual como organon de la inteligencia, porque la mente -que es inteligencia (razón más sentimiento, logos más pathos)- contiene al intelecto, que es sólo conocimiento, información, es decir, finitud.

3.- Ventajas de la lectura de Sobre verdad y mentira en sentido extramoral.

Conocer este escrito de Nietzsche es incorporar una pieza fundamental al armazón del conocimiento y la madurez intelectual.

Se penetra en las enmarañadas reflexiones sicológicas y axiológicas del lenguaje, su genealogía, su moral.

Se toma cabal conciencia de que el lenguaje es un instrumento extremadamente peligroso cuando es empleado in malo sensu, por sus efectos dañinos y perversos,. (clase política en particular, como defensora de un statu quo).

Produce cambios de percepción en el logos -en sentido moral y extramoral- con relación a la dualidad relativa Verdad-Mentira.

Nos obliga a tomar con extrema precaución todo lo que se dice, se escucha, se formula, se asevera, se absolutiza, se "ve" a través del lenguaje, sea éste icónico, sígnico, simbólico, gestual, etc. Nos obliga a una atención permanente.

Y para terminar, desearía hacer la siguiente reflexión:

Dudo de la aparente coherencia de este escrito, porque sé de donde viene, conozco su génesis: viene del lenguaje intelectual adquirido como costumbre que, por su naturaleza irreflexiva -como ya dijimos-, es erróneo, falso, antropomórfico y “fotográfico”. Por lo tanto, desconfío plenamente de él, aunque, por cierto, traté de hablar fundamentalmente desde el corazón, único organon que percibe aquello que no se dice, ¡que no se puede decir!, que es inefable, como la Verdad misma.


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El pensamiento de Nietzsche

Nietzsche y la perdida de la vía a Dios

Dijo Marcia Gabriela Spadaro

“La Torá no escrita, una de las seis > que existían antes de que Dios crease el mundo, posee el poder innato de la > que dio origen a todos los seres. Este poder, asumiendo las formas espirituales de las letras a medida que viajaba a través de las sefirot se manifestó, finalmente en Malkut bajo la forma física de la Torá escrita. Antes de emanar hacia abajo, el poder de Jokmah asumió cuatro letras simbólicas y se autodenominó YHYH. (...). Mientras residió en Jokmah, el tetragrámaton (YHYH: nombre primordial de Dios) permaneció desencarnado, identificado con la Torá no escrita (masculina). Al revelarse a sí mismo a través de las sefirot, la Torá escrita (femenina), se convirtió en el cuerpo perceptible de Dios en el mundo creado.”

Perle Besserman, Cábala y misticismo judío.

Sin duda el lector se preguntará qué relaciones existen entre este epígrafe dedicado a la Cábala judía con Sobre verdad y mentira en el sentido extramoral de Nietzsche, sin embargo la relación es simple si atendemos a su crítica. Para el cabalista las sefirot son las cualidades y el lenguaje a través del cual se nos revela la vía a Dios, poder traducir este lenguaje, los ocultos sacronombres, es reconstruir el camino de la creación (op. cit, p.37). Descubrir en el propio cuerpo humano, en tanto semejante a Dios, las correspondencias con el cuerpo perceptible de Él en el mundo creado, pues “El cuerpo humano señala el punto de encuentro del mapa de las sefirot y el mapa de las letras” (op. cit. p.38), es trepar por el árbol divino hasta llegar a la misma Verdad.

Encontramos en la creencia del cabalista una Verdad divina que ha sido escrita, descifrarla es la tarea de su vida. Lo mismo ocurre en el cristianismo si recordamos la celebre frase de Jesús “Yo soy el camino, la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Jn. 14, 6). Cristo, Verbo (logos) encarnado, se autoenuncia la Verdad, y ella es la vía de acceso a Dios. De este modo tres conceptos en la cultura judeocristiana se implican mutuamente, a saber: Verdad, Palabra (logos) y Dios; si no pudiéramos comprender tal trinomio difícilmente podríamos tratar de interpretar el citado texto de Nietzsche, ya que el mismo nos viene a decir: “¡Inversión de todos los valores!” (Nietzsche, El anticristo, parágrafo 62).

Afirmar que la verdad es pura ficción y su búsqueda sólo un tratado de paz nos obliga a desmitificarla, a desposeerla de su impune universalidad y absolutez. Toda palabra es en esencia metáfora y metonimia incapaz de contener aquello que nombra y simplemente lo refiere sin lograr atraparlo. De este modo el lenguaje es una creación humana, y secularizarlo del ámbito eterno de lo divino será recuperar el espíritu creador del hombre que en sus viejos tiempos ha sabido inventado a Dios (op. cit. parágrafo 19).

En consecuencia, inversión de los valores significa recuperación del estatuto originario del hombre como creador, estatuto que es invertido desde la creación de los dioses y más especialmente con el Dios cristiano. Así en este contexto sostener que el lenguaje es mera arbitrariedad consensuada implica la negación de un lenguaje original (inversión de la torre de Babel, negación de una vía a Dios) y la recuperación de éste como elemento poético*.

Podemos escuchar sobre el escenario de Sobre verdad y mentira en el sentido extramoral el grito del loco “¿No oísteis hablar de aquel loco que en la mañana radiante encendió una linterna, se fue al mercado y no cesaba de gritar “¡Busco a Dios! ¡Busco a Dios!”? Y como allí se juntaban muchos que no creían en Dios, él provocó grandes carcajadas. (...) El loco saltó en medio de ellos y los atravesó con la mirada. “¿A dónde fue Dios? -exclamó-, ¡voy a decíroslo! Nosotros lo hemos matado -¡vosotros y yo! ¡Todos nosotros somos sus asesinos!” (Nietzsche, Gaya ciencia, parágrafo 125).

Dar muerte a Dios es libertar al hombre del yugo de una Verdad falsa, es libertarlo de la felicidad a ultratumba prometida. Con la Verdad han caído todas las metas y sentidos prefijados, la historia ha dejado ser mera linealidad que avanza hacia un futuro de hueros sueños para devenir Eterno retorno.

El eterno retorno es el centro de gravedad de todas las proposiciones nietzscheanas, la gran aporía o enigma que ni su propio autor pudo resolver luego de plantearla. Encrucijada entre el afán de libertad del hombre hiperbóreo y la tragedia del destino del griego clásico. Libertad que de algún modo proclama el hombre europeo moderno, pero que es consumada (en tanto superación del anterior como el superhombre del hombre- Nietzsche, Así habló Zarathustra, primera parte, parágrafo 3) por el hiperbóreo (del griego, hyper -más allá- y bóreas -norte).

Más allá del norte de los sentidos hacia la libertad absoluta de la creación, pero a la vez tragedia de repetición. Los hombres póstumos poseen la creación entre sus manos en este instante, lo que hagan de él será para la eternidad; lo doloroso y lo placentero siempre retornan.

Este instante puede ser creado, sin embargo no puede dejar de ser aquel que ya ha ocurrido.
“Y si todo ha existido ya una vez, ¿qué te parece, gnomo, este instante? ¿No debe haber existido también esta puerta ya una vez? ¿Y no se hallan todas las cosas tan estrechamente entrelazadas que este instante determina todas las cosas por venir?, ¿a sí mismo, pues?” (op. cit. tercera parte, parágrafo 2).

La obra creadora del superhombre luego de la muerte de Dios y de la sepultura de la Verdad alcanza su propio límite en su misma posibilidad. No es ajeno al hiperbóreo el afán del moderno, el espíritu de Europa aún cuando esté caduco, ni el destino del hombre trágico, pues el pasado vuelve a presentarse.

No obstante han desaparecidos los dioses de los oráculos. Sin signos ni señales debe avanzar solitario un camino que no conduce a ningún lado, una vía sin Dios, pero de reencuentro con sí mismo.
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* Poesía viene del griego póiesis, que significa creación.

Heráclito 59

J. L. Borges

Otras Inquisiciones, Emecé 1996, p.141, en su ensayo Sobre Chesterton.


Recuerdo dos parábolas que se oponen. La primera consta en el primer tomo de las obras de Kafka. Es la historia del hombre que pide ser admitido a la ley. El guardián de la primera puerta le dice, que adentro hay muchas otras* y que no hay sala que no esté custodiada por un guardián, cada uno más fuerte que el anterior. El hombre se sienta a esperar. Pasan los días y los años, y el hombre muere. En la agonía pregunta: “¿Será posible que en los años que espero nadie haya querido entrar sino yo?”. El guardián le responde: “Nadie ha querido entrar porque a ti sólo estaba destinada esta puerta. Ahora voy a cerrarla”.

* La noción de puertas detrás de puertas, que se interponen entre el pecador y la gloria, está en el Zohar. Véase Glatzer: In Time and Eternity, 30; también Martín Buber: Tales of the Hasidim, 92. (La nota es de Borges).
H 75 – 02.11.2001


El debate contemporáneo entre comunitaristas y liberales tiene tantas aristas que se llega al punto en que ambas etiquetas terminan denotando muchas confusiones. Sin embargo no dejan de ser apasionantes algunos (o la mayoría) de los campos de lucha.

El sujeto desvinculado y la ética kantiana *

Gabriel Costantino

Un frente de disputa que afecta a Kant es la crítica al ideal moderno del hombre “libre, independiente, solitario, potente, racional, responsable” (1) del cual se derivan las filosofías morales deontológicas (centradas en el problema del deber).

Esta crítica fue recientemente popularizada por Ch. Taylor en su investigación sobre las causas de la sensación de malestar en nuestra cultura. Para el canadiense, una de las razones del radical individualismo moderno es “la noción que tenemos de nosotros mismos como seres desvinculados y capaces de objetivar no sólo el mundo que nos rodea sino a nuestras propias emociones e inclinaciones, logrando una especie de distanciamiento y autocontrol que nos permite actuar 'racionalmente'”. (2)

Aunque creo que esta crítica de Taylor ilumina muchos puntos delicados de las concepciones éticas y políticas que siguen la tradición kantiana, nos parece que puede agregar confusión, e incluso menosprecio, sobre las razones implícitas de la afirmación de una imagen “desvinculada” de las personas y del análisis de la acción por deber.

El sujeto desvinculado de las éticas deónticas

En la filosofía kantiana existe una clara separación entre las relaciones de existencia en las cosas naturales y las relaciones morales en las personas. En este sentido, Kant hace una distinción lógica entre el orden del ser y del deber ser y una distinción ontológica entre el mundo fenoménico y el mundo de la libertad (esfera de la moral). (3)

Sin embargo, este aspecto de la obra kantiana no es algo que haya sido creado de la nada por el autor de las críticas. Más bien, sigue una línea de pensamiento con una larga tradición en la filosofía.

Ya en la teoría de la acción de Aristóteles se presenta una distinción entre los sucesos que son producto de la necesidad (causal) y los que son producto de la elección deliberada del hombre. Para el estagirita, las acciones son sucesos de los cuales el hombre es principio y responsable, pues sólo de él dependen que tengan o no tengan lugar. Luego, y vinculado con lo moral, para Aristóteles no se alaba ni vitupera lo que es el resultado de la necesidad sino solamente aquello que está dentro de las posibilidades de acción del hombre (lo que la persona puede hacer de una u otra manera). (4)

¿Qué pruebas ofrece Aristóteles sobre la realidad de este supuesto? Entre otras, la existencia de recomendaciones y prescripciones, de castigos y recompensas, el análisis del fenómeno de la deliberación y la elección.

Ahora, los Estoicos fueron los encargados en la antigüedad de llevar esta reflexión sobre la acción y sus implicancias morales hasta las últimas consecuencias. ¿Cómo? Dando cuenta de que no hay nada moralmente bueno más allá de actuar virtuosamente.


Lo dicho se refleja en dos elementos muy importantes (y relacionados) de su pensamiento que están presentes en las primeras páginas de la Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres.

El primero se relaciona con la crítica a la falta de consistencia de la obra aristotélica en lo que respecta a la división de los bienes. Para los estoicos Aristóteles se había equivocado al calificar como bienes propiamente dichos los relativos al cuerpo (salud, placer, fuerza, belleza) y los llamados exteriores (riqueza, buena cuna, fama, etc.). (5)

¿Por qué? Por la misma razón por la que Kant desecha como bienes sin restricción a los talentos del espíritu, las cualidades del temperamento y los dones de la fortuna. Esta razón es una radicalización del argumento socrático-platónico según el cual es el uso lo que determina la bondad o maldad de aquellas cosas. De lo que se sigue la afirmación de la existencia de un elemento controlador de la elección y el uso (la voluntad en sí misma) que es del que puede decirse que sea bueno o malo.

El segundo elemento se relaciona con la asignación de significados diferentes a dos términos que los griegos utilizaban indistintamente (skopos y telos). Con esta distinción los Estoicos separaron dos tipos de fines en las acciones: el resultado externo de la acción y el acto intentado tal como el agente se lo representa al decidirse a actuar. (6)

En efecto, podemos encontrar en los Estoicos el germen de las éticas centradas en la intención. Esto es, la diferencia entre la intención de hacer (que depende exclusivamente de la persona) y el resultado de la intención (que siempre esta sujeto a determinaciones externas). Luego, como al ser humano no se le puede pedir más que hacer todo lo que está a su alcance, se concluye que, en realidad, sólo la intención debe considerarse como el verdadero fin moral.

En palabras de Kant: “Aun cuando, por particulares enconos del azar o por la mezquindad de una naturaleza madrastra, le faltase por completo a la voluntad la facultad de sacar adelante su propósito; si, a pesar de sus mayores esfuerzos, no pudiera llevar a cabo nada y sólo quedase la buena voluntad (...) sería esa buena voluntad como una joya brillante por sí misma, como algo que en sí mismo posee su pleno valor”.

Ahora, abstrayendo dos premisa de este pequeño recorrido histórico:A) que la moral tiene como supuesto la libertad de opciones,B) que no hay nada moralmente bueno más allá de elegir correctamente entre nuestras posibilidades,

Podemos comprender por qué el problema central de la ética es, para Kant, el acto por deber. Esto es, la cuestión de cómo se explica que exista una elección correcta; cómo se fundamenta que haya una determinación necesaria para la libertad de opciones: cómo puede justificarse lo obligatorio y lo prohibido.

Finalizando con el comienzo, la crítica de Taylor no acierta con el corazón de la posición de Kant y sus seguidores y, por lo tanto, marra en comprender cual es el problema de fondo que se está intentando abordar: el espacio de la libertad y la responsabilidad que nos atribuimos como seres humanos desde que argumentamos moralmente.

1) Taylor.
2) Taylor.
3) Guariglia.
4) Aristóteles: 'Nadie hay que vitupere a quienes son deformes por naturaleza, pero sí a quienes lo son por falta de ejercicio y por descuido'.
5) Guariglia.
6) Guariglia.
* Fuente:
www.politicayactualidad.com
H 75 – 02.11.2001


Diario

Eduardo Dermardirossian

Anotación al viernes 5 de enero de 2001


Calor. No se habla de otra cosa en Buenos Aires; hombres y mujeres deambulan calcinados por las calles de asfalto, ensayando desde ahora sus mañanas en el infierno, que nos enseñaron ardiente.

Otras mentes, también acaloradas, aunque por diferentes afanes, explican desde sitios prominentes del gobierno nacional las bondades que sobrevendrán al país argentino y a sus habitantes porque las entidades financieras internacionales han sido bondadosas, han prestado al país unos dineros que no vendrán, que no veremos, que serán meros asientos contables en las cuentas grandes del Estado.

Y más allá, los otros. Ayer muriendo de frío porque su techo es precario o porque viven y duermen con sus hijos y enseres en las calles, bajo las autopistas urbanas; hoy achicharrándose al calor por esas mismas razones; siembre hambrientos, iletrados y enfermos, desempleados productos del desarrollo global y destinatarios de promesas vanas de bonanzas por venir. Ahí están; unos esperando todavía, otros desesperanzados, ya.

Calor, frío, dineros que no verás, desarrollo que no te alcanzará, panzas que chirrian de hambre, enfermos que no pueden sanar, conciencias blancas todavía que no hallarán otro destino que el delito y la prostitución para procurarse el pan. Y el otro pan, el que precisa el espíritu, ese quizás nunca llegará.

Unos hombre han anudado entre sí alianzas mal habidas. Digamos de una sola vez: son gentes que acometen sin más sus fechorías conciliares. Y los otros, los que por ser ajenos a esas alianzas han devenido en sus víctimas, los que se gobiernan por unas leyes diferentes, las que rigen sus necesidades cotidianas de pan, trabajo, salud, educación, abrigo; estos últimos -unos desesperanzados y otros esperando todavía- miran el banquete obceno que aquellos procuran cohonestar con tecnicismos e irremediabilidades mentidas. Y también hay quienes -¡ay!- esperan su tiempo para tomar revancha.

Hace calor, mucho calor en Buenos Aires.

© 2001 especial para Heráclito.
H 75 – 02.11.2001


Altruismo, espiritualidad y religiones

¿Quién es el otro?

José Carlos García Fajardo *

En Occidente existe una tradición religiosa que proclama "amarás al prójimo como a ti mismo" como expresión de su espiritualidad. (Hay textos hindúes y budistas que la expresaron centenares de años antes). Encontramos la síntesis en la parábola del Buen Samaritano como respuesta al fariseo que pretendía zafarse de toda responsabilidad con quienes no fueran "los suyos", sus relativos, con los que se relacionaba.

Tanto en la tradición judía como en el calvinismo, que va a dar origen al capitalismo deshumanizado, el concepto de pueblo, de familia, de relación tiene algo de contractual y de mutuo beneficio: te doy esto para que me des aquello o no te hago esto para que no me lo hagas tú. Ahí tiene su origen el individualismo más feroz que se va a confundir con el modernismo surgido de la Ilustración que se atreve a separar religión y cultura, reduciendo aquella a una ideología. Se pueden distinguir pero no separar, pues lo religioso es una dimensión del hombre que se ha expresado, en el curso de los siglos, en las diferentes religiones institucionalizadas. En la India sería imposible hacerlo pues lo religioso es un estilo de vida que impregna de sentido a nuestra existencia. La religión confiere a la cultura su sentido último mientras que la cultura presta a la religión su lenguaje para que pueda expresarse en un contexto cultural. Todo lenguaje está determinado culturalmente y toda cultura está informada en último término por una visión última de la realidad. De ahí que ninguna religión pueda tener el monopolio de lo religioso, de la dimensión trascendente del ser humano y de su expresión por medio de ritos, culto o celebraciones para acercar lo humano a su más plenaria dimensión. Por eso, es de necios (ne scire) sostener que pueda existir una sola religión verdadera considerando falsas a todas las demás con las que no han sabido establecer un diálogo "intrarreligioso", (que fecunda las culturas) y que va más allá del interreligioso que trata de ponerse en el lugar del otro para considerar la realidad desde sus categorías y circunstancias culturales. La sabiduría está en aceptar y en respetar las diversas tradiciones religiosas como fenómenos que expresan diferentes expresiones de religiosidad. Ese es el sentido auténtico de las diversas "moradas" a las que alude Jesús. Y el profundo significado del silencio como ambiente de sabiduría: "No decían palabra el anfitrión, el huésped y el crisantemo", reza un viejo haiku.

No es de recibo admitir la pretensión que hacen algunos seguidores del hinduismo, del budismo, del judaísmo, del cristianismo o del Islam, por citar algunas más conocidas, de que la suya es el culmen de las demás religiones. Todas las religiones arrancan de un sentimiento religioso humano primordial, sin embargo, cada tradición religiosa tiene fronteras determinadas con sus límites geográficos e históricos. La pretensión de universalidad y el concepto de misión han llevado a los desarraigos y a explotaciones inhumanas e injustas. De la misma manera que los pueblos poderosos han pretendido "civilizar" (porque vivían en ciudad civitas) a quienes consideraron "salvajes" porque vivían en las selvas, los misioneros de esas tradiciones prepotentes entraron a saco en otras culturas tratando de paganos y de supersticiosos, cuando no de ateos y de idólatras, a quienes no pensaban como ellos: destruían sus símbolos calificándolos de ídolos y los obligaban a arrodillarse ante dos palos cruzados, o ante una caja de metal que guardaba un trozo de pan o ante una imagen de escayola. Renegaban de sus cultos con fuego y resinas aromáticas y ellos usaban incienso, velas y agua. Otros los obligaban a cercenarse el prepucio o a postrarse en dirección a la Meca. ¿Qué fue el colonialismo sino un monoculturalismo cuya esencia es creer que desde una sola cultura se puede abarcar la gama total de la experiencia humana?

El culto verdadero se practica en "espíritu y en verdad". En espíritu, no importa dónde ni bajo qué forma porque todo lugar es santo. En verdad, o autenticidad porque toda verdad se inscribe en una relación inter personal. La verdad es siempre concreta. Todo está relacionado con todo, de manera que nuestra responsabilidad es universal. Sin sincretismo ni relativismo alguno.

"Amar al prójimo como a uno mismo" no agota la relación de alteridad, de beneficencia o de generosidad sino que entraña una relación de reciprocidad. Porque "el otro" nunca podrá ser objeto de nuestro amor ya que siempre será sujeto que interpela. El objeto es medio o instrumento para un fin y el otro, quien quiera que sea y donde sea y en las circunstancias que sean, es siempre un fin en sí mismo.

El ser humano es persona (red de relaciones, nudo de encuentros) y no mero individuo (mónada independiente). El individuo no desaparece en la nada, pero la persona se transforma en la plenitud de saberse el otro, el uno y el todo.

Ante el egoísmo de la búsqueda de las virtudes, o no digamos del soborno de invertir en un hipotético más allá, está la plenaria dimensión del "tuve hambre y me diste de comer..."

No es recomendable preocuparse por hacer el bien, sino hacerlo. Si se busca el mérito de las acciones, éstas se prostituyen. De ahí que el justo no se preocupe por hacer cosas buenas sino que "bueno es lo que hace el justo". Justo es el término bíblico para sádhaka, el que se ha puesto en camino descubriendo que camino, verdad y vida son la misma realidad.

¿Cómo sabría el uno que es uno sino fuera por el dos? ¿Cómo sabría yo quién soy sino fuera por tú? Luego, ante la pregunta farisaica del título se alza la evidencia que descubren los sabios, los niños y los limpios de corazón: El otro, el próximo soy yo.

Es preciso encender un fuego para quien sea y donde sea, sin esperar nada a cambio, por el placer de compartir. Porque la esperanza no es de lo futuro, sino de lo invisible. Y en esa donación se descubre la plenitud del regalo como presente. Pues si siempre hay más gozo en dar que en recibir, esta es una asignatura pendiente: cuando se aprende a recibir se enriquece al donante que se desborda, se vierte y así se establece la conversación (cum versare, verternos juntos) y la conversión o metanoia que nada tiene que ver con la idea de penitencia impuesta por un cierto cristianismo algo distante del mensaje y la conducta del joven carpintero de Nazareth.

* Presidente de la ONG Solidarios Para el Desarrollo y profesor universitario.
H 75 – 02.11.2001


Los retos del voluntariado

Luis A. Aranguren Gonzalo*

El voluntariado social es un fenómeno que día a día va cobrando mayor fuerza. Y sabemos que la fortaleza de una realidad social no depende tan sólo del número de personas o de grupos que la secundan sino del grado de cambio social que logran realizar, influir o canalizar. Ciertamente pueden existir -y existen- formas de voluntariado que nada tienen que ver con cambios sociales: el voluntario que enseña un museo o el jubilado-voluntario que ayuda a regular el tráfico a la puerta de los colegios. Este voluntariado cultural, deportivo, hasta podríamos llamarlo cívico es legítimo. Sin embargo, el voluntariado de acción social es heredero de una solidaridad radical que se hermana con dimensiones esenciales del ser humano y de la convivencia entre las personas y los pueblos. Quien trabaja como voluntario con las personas sin hogar, con jóvenes próximos a la exclusión social, con inmigrantes o con prostitutas sabe que su gota de agua solidaria ha de englobarse en una búsqueda de cambios sociales amplios, aunque sean lentos; sabe que su aportación ha de sumarse a la búsqueda de condiciones de vida justas para quienes más sufren la tragedia de un tipo de sociedad excluyente y despersonalizadora.

El voluntariado es la expresión de una forma concreta de vivir la solidaridad que tiene su residencia en el acontecimiento del encuentro radical con la persona que sufre, que se descubre orillada en los márgenes de la sociedad y que vive lejos del ejercicio de su derecho al empleo, a la cobertura sanitaria, a la educación o a la vivienda. De esta forma, el voluntariado de acción social se asemeja a un colchón solidario que permite no hundirse a las personas excluidas; pero, con ser importante, el voluntariado ha de proyectarse igualmente como vehículo de transformación social y de incidencia real en las políticas sociales en favor de los más desfavorecidos.

El voluntariado de acción social nace de una determinada manera de ver la realidad. Siguiendo a Benedetti, todo depende del dolor con el que miramos a lo que se nos pone delante de nuestros ojos y de nuestra vida. Desde esta mirada, nada humano nos es ajeno. Aquí acontece la primera fuente de donde mana la acción voluntaria. Ser voluntario no es primeramente un acto de bondad, sino un acto de humanidad. Las personas somos constitutivamente realidades sociales; desde nuestro nacimiento el encuentro con los demás constituye el ámbito propicio para el crecimiento personal y para reordenar nuestros mundos vitales.

En segundo lugar, el voluntario cuenta en su haber con una convicción de partida: no estamos condenados a que las cosas sean como nos las encontramos día tras día; las cosas pueden ser de otro modo. El voluntario, así, se enfrenta a ese clima cultural que vivimos que abona la ideología de lo inevitable, la ideología que proclama que quien cae en la exclusión está ahí y no le demos más vueltas; por el contrario, el voluntario se siente responsable de un mundo que no le gusta y que no tiene por qué repetir. No estamos condenados al inmovilismo sino, al contrario, nos encontramos abocados al cambio, a la transformación social.

Con estos dos materiales primeros, la conciencia de que somos seres sociales y que la realidad social es siempre modificable, el voluntario actúa desde una característica que le marca con fuerza: la gratuidad. En una primera aproximación la gratuidad se puede entender como realizar una acción sin recibir a cambio compensación económica alguna, o dar gratis lo que uno ha recibido gratis. Y esto está bien, pero es insuficiente. La gratuidad se sumerge en la experiencia del encuentro personal con quien sufre. Esto es más que tener interés por otros; en nuestra sociedad de consumo nos acostumbramos con frecuencia a interesarnos por las desgracias ajenas de quien aparece en el televisor. El encuentro con el otro excluido no es tangencial sino nuclear y no admite suplencias.

El encuentro con el excluido, en efecto, enciende en el voluntario una chispa que destartala nuestro equipaje mental y actitudinal. La chispa encuentra en la compasión el camino de ida hacia la realidad personal, familiar, ambiental y estructural del excluido. Pero la chispa ha de propagarse en el camino grupal, comunitario y estructural que tiene en la justicia la meta de la acción voluntaria. Se podrá ser voluntario de dos horas a la semana o de veinte; lo importante será la trayectoria y el sentido de la acción voluntaria. De esta forma podemos concluir que la acción voluntaria no radica tanto en la acción individual cargada de generosidad sino en la acción colectiva de un grupo de personas que trabaja en la dirección de desarrollar redes de solidaridad efectivas que dinamicen el tejido social de nuestros barrios.

Evidentemente este tipo de voluntariado de acción social, que tiene en la justicia hacia los excluidos su punto de mira, puede que sea a veces molesto y poco grato a los ojos de los poderes públicos. En este momento, además, hemos de estar atentos a los retos que desde múltiples instancias se plantean en el mundo del voluntariado social.

El mundo del voluntariado, que en tiempos bien recientes era considerado mero apéndice del Estado que llegaba donde éste no podía llegar, vive en la actualidad un momento dulce y aparece radiante en los medios informativos, se le cita continuamente desde los poderes públicos y es seducido cotidianamente por las fuerzas del Mercado. Ciertamente, la solidaridad no es cosa de héroes ni se ve reducido a un solo campo de actuación; el mundo del voluntariado ha de encontrarse y dialogar tanto con las Administraciones Públicas como con aquellas parcelas del Mercado que en verdad quieran ser solidarias tanto hacia fuera como hacia dentro de sus propias empresas. Pero el diálogo y la negociación no debe culminar en la sumisión y en la pérdida de credibilidad cuando lo que intentamos defender es la vida digna de los últimos.

Existen grupos de voluntarios trabajando en barrios marginales que, ante la progresiva domesticación del voluntariado desde las leyes y la publicidad de voluntariado "ligth" que se ofrece desde los medios de comunicación, deciden darse de baja de esto del voluntariado. Se sienten "militantes" y no tapagujeros del sistema. Ahora bien, ciertamente estamos asistiendo a la "muerte" de una cierta forma de entender la militancia: aquella que se basa en la entrega absoluta, la disponibilidad sin límite, la renuncia y casi el heroísmo; hay que estar atentos a la nueva sensibilidad solidaria que no niega la realización personal ni renuncia a los espacios de descanso en medio de la autopista del vertiginoso trabajo cotidiano. La dicotomía o voluntario o militante me parece hoy fuera de lugar. Tan peligroso es caer en un voluntariado "ligth" que atonta conciencias como desear regresar a una elitista militancia de escogidos. Por el contrario, la acción voluntaria se alimenta tanto de las distancias largas que esbozan la utopía necesaria como de las distancias cortas que se expresan en la proximidad y el valor de lo concreto, por pequeño que sea.

El voluntario no nace, se hace. El voluntariado no tiene exclusivamente su punto de mira en la tarea que se debe realizar sino en la persona voluntaria. Estas dos cuestiones acrecientan la necesidad de que las organizaciones sociovoluntarias, las pequeñas y las grandes, abordemos la realidad del voluntariado desde la creación de itinerarios educativos donde la acogida, la formación , la experiencia en la acción, el acompañamiento personal y/o grupal y la propia organización del voluntariado tiene su clave de comprensión en el crecimiento de los voluntarios, en la posibilidad de que sus actitudes, acciones y compromisos crezcan y se desarrollen con el tiempo.

Este 2001, en el que se celebra el Año Internacional del Voluntariado, puede ser ocasión para la banalización, domesticación e instrumentalización del voluntariado, que rinde pleitesía a la moda solidaria que fabrica voluntarios sin raíces y sin horizontes, o tal vez nos encontremos ante un año que nos ofrece como una oportunidad para reflexionar y volver sobre las raíces de una realidad tan dada a las manipulaciones y a las facilonas alabanzas. Por eso, vengo proponiendo que este año sea el año del RE: re-situar, re-pensar y re-crear el voluntariado. Veamos.

Re-situar al voluntariado en un espacio social que tradicionalmente se vive en conflicto. Para unos el voluntariado es la mano amiga de los técnicos contratados, los ayudantes de los que "oficialmente" saben. Para otros, el voluntariado ha de ser el "santo y seña" de los proyectos y acciones, de manera que de ellos han de emanar las decisiones principales en las organizaciones de voluntariado. En ambos casos se legitima una ideología perversa. El voluntariado ha de resituarse en la acción que comparte en el seno del mismo equipo de trabajo con otras personas contratadas y con las que realiza una misma acción diversificada en actividades, momentos y especifidades diferenciadas y, al tiempo, complementarias.

Re-pensar , en segundo lugar, el voluntariado en tanto que las raíces de su acción se hermanan en otros gestos de carácter solidario que viven otras gentes y grupos que también trabajan por la paz, por la justicia y la igualdad. Pensemos que el voluntariado se ha identificado en muchas ocasiones como la expresión más genuina de la solidaridad. Y en mi opinión, se trata de una forma, ni mejor ni peor que otras. El voluntariado participa de la construcción de una solidaridad en la que se encuentran grupos movimientos, asociaciones y personas que no necesariamente pasan por la experiencia del voluntariado.

Por último, Re-crear el voluntariado desde la experiencia de que en estos nuevos tiempos los voluntariados no funcionan solos, sino que deben crearse itinerarios educativos que les permitan transitar por procesos formativos que nazcan de la acción y reviertan a ella enriquecida. En estos procesos se deberán vincular los momentos tradicionales de formación inicial o formación específica, con oros elementos de carácter informal, que tienen en el acompañamiento personalizado su elemento clave.

Las personas y los grupos de voluntarios están de enhorabuena, porque nos hacen creer que es posible cambiar las cosas, y que no estamos condenados a pensar que "ya nada se puede hacer". Al contrario, el voluntariado expresa un "nosotros queremos" que camina por la senda de la posibilidad que se esconde tras cualquier realidad, por dura que ésta sea.

* Responsable del programa de voluntariado de Cáritas - España
H 75 – 02.11.2001


Los griegos y sus dioses

Psique *

Psique es el nombre del alma. También es el de la heroína de una leyenda que nos ha sido transmitida por Apuleyo en sus Metamorfosis. Psique, hija de un rey, tenía dos hermanas. Las tres eran hermosísimas, pero la belleza de Psique era sobrehumana; de todas partes acudían a admirarla. Sin embargo, mientras sus hermanas se habían casado, a Psique nadie la quería por esposa, pues su misma belleza asustaba a los pretendientes. Desesperado de poder casarla, su padre consultó al oráculo, el cual le aconsejó que ataviase a su hija como para una boda y la abandonase en una roca, donde un monstruo horrible iría a posesionarse de ella. Sus padres quedaron desolados; sin embargo, vistieron a la joven, y, en medio de un fúnebre cortejo, la condujeron a la cima de la montaña indicada por el oráculo. Luego la dejaron sola y se retiraron a su palacio. Psique, abandonada, era presa de desesperación. Y he aquí que de pronto se sintió arrastrada por el viento y levantada por los aires. El viento la sostuvo suavemente y la depositó en un profundo valle, sobre un lecho de verde césped. Psique, extenuada por tantas emociones, se quedó profundamente dormida y, al despertar, encontrose en el jardín de un magnífico palacio, todo él de oro y mármol. Penetró en las habitaciones, cuyas puertas se abrían a su paso, y fue acogida por unas voces que la guiaron y le revelaron que eran otras tantas esclavas a su servicio. Así transcurrió el día, de sorpresa en sorpresa y de maravilla en maravilla. Al atardecer, Psique sintió una presencia a su lado: era el esposo de quien había hablado el oráculo; ella no lo vio pero no le pareció tan monstruoso como temía. Su marido no le dijo quién era, y le advirtió que era imposible que ella le viera si no quería perderlo para siempre. Esta existencia continuó por espacio de varias semanas. Durante el día, Psique estaba sola en su palacio, lleno de voces; por la noche su esposo se reunía con ella, y Psique se sentía muy feliz. Pero un día sintió añoranza de su familia y se puso a compadecer a su padre y a su madre, que sin duda la creían muerta, y pidió a su esposo permiso para volverse por un tiempo a su lado. Tras muchas súplicas, y a pesar de que se le hicieron ver los peligros que esta ausencia significaba, Psique acabó saliéndose con la suya. De nuevo el viento la transportó a la cumbre de la peña donde le habían abandonado, y desde ella le fue muy fácil regresar a su casa. La recibieron con gran alegría, y sus hermanas que residían por su matrimonio lejos de allí, fueron a visitarla. Cuando vieron a su hermana tan feliz y recibieron los regalos que les había traído, se apoderó de ellas una gran envidia, y extremaron su ingenio para hacer surgir la duda en su alma y hacerle confesar que jamás había visto a su marido. Finalmente, la convencieron de que ocultase una lámpara durante la noche, y, a su luz, mientras él durmiese, contemplase la figura de aquel a quien amaba.

Volvió Psique a su morada, y descubrió, dormido a su lado, a un hermoso adolescente. Emocionada por el descubrimiento, le tembló la mano que sostenía la lámpara y dejó caer sobre él una gota de aceite hirviente. Al sentirse quemado, Amor –pues tal era el monstruo cruel a quien se había referido el oráculo- despertó y, cumpliendo la amenaza que le había dirigido a Psique, huyó en el acto para no volver jamás.

Al faltarle la protección de Amor, la pobre Psique se lanzó a errar por el mundo; la perseguía la cólera de Afrodita, indignada de su belleza. Ninguna divinidad quería acogerla. Finalmente cayó en manos de la diosa, que la encerró en su palacio, la atormentó de mil maneras y le impuso varias obligaciones: seleccionar semillas, recoger lana de corderos salvajes, y, finalmente, descender a los Infiernos. Allí debía pedir a Perséfone un frasco de agua de Juvencia. Le estaba prohibido abrirlo, mas, por desgracia, Psique desobedeció cuando regresaba y quedó sumida en un profundo sueño.

Mientras tanto, Amor estaba desesperado; no podía olvidar a Psique. Al verla sumida en un sueño mágico, voló hacia ella y la despertó de un flechazo; luego subió al Olimpo y suplicó a Zeus que le permitiese casarse con esta mortal. Zeus le otorgó lo que pedía, y Psique se reconcilió con Afrodita.

La pintura pompeyana ha popularizado la figura de Psique, representándola como una joven alada semejante a una mariposa –en las creencias populares, el alma solía imaginarse como una mariposa que escapaba del cuerpo después de la muerte-, jugando con Amores, alados como ella.

* Pierre Grimal, Diccionario de mitología griega y romana, Paidós, Buenos Aires 1981. Traducción de Francisco Payarols.
H 75 – 02.11.2001